Pesimismo de la voluntad
La célebre frase “pesimismo de la razón, optimismo de la voluntad”, planteada por el italiano Antonio Gramsci, en el contexto de la resistencia al fascismo de la década de los años veinte del siglo pasado, ha sido muchas veces guía para la acción política… a partir del reconocimiento de la realidad, por más dura y adversa que pudiera presentarse. Sin embargo, luego sucede que, deliberada o inconscientemente, se revuelven o invierten los términos del contenido de alguna frase, como si por el simple acomodo de esos términos los resultados fueran mejores. Pareciera que algo así ha ocurrido con las posturas de cierta oposición política en el plano nacional, confundiendo los términos de una frase como la antes citada, asumiendo un “pesimismo de la voluntad y un optimismo (desmesurado) de la razón”, cuestión que se advierte en el tema de la presunta “sobrerrepresentación” en el Congreso Federal que, dicen, pretende la coalición “Sigamos haciendo historia”.
El problema es que una postura tan controvertida y que de entrada no tiene una base sólida en el texto constitucional federal, toda vez que, como ya lo han observado especialistas en la materia, la denominada “sobrerrepresentación” tiene como límite el ocho por ciento de asignación de curules por representación proporcional (luego de aplicar las correspondientes fórmulas de cociente natural y resto mayor), siendo por partido y no por coalición, pero como los partidos que integran la otra coalición, la opositora de “Fuerza y corazón por México”, obtuvieron votaciones tan bajas que, incluso alguno de esos partidos quedó listo para la extinción (no diremos cual, pero había señales desde hace tiempo por doquier), señalan ahora que se trata de una sobrerrepresentación por coalición, desvirtuando las cosas y asumiendo una conveniente argumentación que desborda el razonable contenido de lo que plantea la propia Constitución.
Se advierte en la oposición un optimismo (desmesurado de la razón) y, en consecuencia, un “pesimismo de la voluntad”, esto es una incapacidad para concitar un amplio apoyo de la sociedad para cuestionar algo que no tiene base de razonabilidad contundente como para ser asimilado como un agravio generalizado. Por el contrario, en el imaginario popular se sigue alimentando la idea-fuerza de que se trata de meras disputas de las élites políticas para ganar espacios de poder en beneficio de las burocracias partidistas. Aquí es donde entra en contradicción el discurso de la señora X que se asume como promotora del “despertar ciudadano” pero duerme “el sueño de los justos” cuando se trata de cuestionar, de fondo, a las élites partidistas que… ¿la apoyaron?
En suma, el problema de una cierta oposición política estaría en no contar con un “optimismo de la voluntad” que se traduzca en amplio movimiento social de inconformidad, por la simple razón de que no se asume un “pesimismo de la razón” en términos de reconocer que sólo llevar las contras por mera emoción personal o por frío cálculo de interés de facción no se traduce en amplio respaldo popular (con el riesgo adicional de caer en el otro extremo del exceso discursivo del tan traído y llevado “populismo”), ya no digamos el carecer, además, de una identidad política que, en aras del pragmatismo, se ha desdibujado al grado de que la migración de un partido a otro sea cada vez más común que cambiar de calcetines.




