Pillos
Déjeme contarle, lectora, lector querido, que por diversos azares de la vida, en la casa que habito en compañía de Club de la Testosterona, hay siempre ¡quién sabe por qué maldición ancestral!, una actividad bestial desde tempranas horas del día. Sale el sol, y nosotros ya estamos acabando de lavar los platos del desayuno. No es que formemos parte de un culto en honor a las madrugadas, pero siempre acabamos organizándonos huateques de temprano inicio.
Total, que este domingo, poco antes de las ocho y media de la mañana, había ya despachado a los tres muchachones de la casa a diversos encargos, y yo me había quedado para ponerme a calificar. Estaba, eso sí, en cómoda pijama de molletón que, confieso, dista mucho de ser sexy, pero está rete calientita. Incluso portaba con mucha dignidad, una bata peludita muy apta para que no se enfríen mis cada vez más ancianos huesos. Complementaba el atuendo con sendas pantuflas rellenas de borreguito. Es decir, la epítome de la fodonguez. Estaba como Dios me permite despertar: con una greña tipo elote sin desgranar y con cara lavada sin pizca de maquillaje.
Me preparaba entonces para juntar todas mis chivas y llevaras a la mesa para ponerme a trabajar, cuando sonó el timbre de la casa. Me extrañó porque, bueno, la gente normal, no como uno, amanece mas tarde, sobre todo en domingo. Total, me asomé por la ventana y vi a un hombre que debía tener unos cincuenta años, alto y delgado, canoso, de tez morena. Llamó mi atención el atuendo: pantalón de mezclilla y una especie de gabardina negra, larga, al estilo del Inspector Gadget, pero en tono oscuro. En su mano portaba dos palos, uno metálico, que pudo ser un tramo de tubo metálico, y otro de madera, ambos como de metro y medio: “-Buenos días, ¿qué se le ofrece?-“ Dije desde mi ventanita. “- Buenos día, mija, acabo de colgar con tu papá, para lo de la pintura de la casa. Ya vengo tarde. Quedé con él que pasaba para comenzar, entonces me dijo que me adelantara, para que me abras.-“ ¡Miiira nomás!, ¡qué agusado!, pensé. Este bruto no sabe que llevo casi veinte años que no vivo con mi papá, y por andar zarracuastrosa y ser de estatura subnormal, me confundió con escuincla ingenua. ¡Ándale sí, compadre, orita te abro!
Como se imaginarán, despaché al tipo en un dos por tres y mal se largó me entró una oleada de indignación. En estas épocas, que tantos niños y niñas se quedan en sus casas, es tan fácil que en un descuido cualquier maldito les haga caer en engaños y acaben haciendo sus fechorías y poniendo en peligro a los más vulnerables de la casa. Porque así como se quedan niños, se quedan también adultos mayores y ambos pueden ser sobrepasados en fuerza física y en enredos. Ni los infantes ni los ancianos son idiotas, pero desafortunadamente, las historias para enredarlos se vuelven cada vez más complejas para hacerlas más creíbles; no como el baboso que tocó en mi casa en domingo, y, aun así, un chavito, una niña, bien pudieron haber caído.
Así que, lectora, lector querido, póngase al tiro, porque la gente sin escrúpulos anda muy activa. A veces por un sentido mal entendido de protección, no le contamos a quienes se quedan en casa, las maneras que los maldosos se inventan para engañarnos; pero creo que esto en lugar de ayudar, perjudica. Los que se quedan deben de estar prevenidos por su propia seguridad.
Y bueno, una vez pasada la indignación, me quedé pensando que debí invitarle algo de tomar al tipo, nomás por haberme confundido con chavilla. Detallazos así, como quiera se agradecen.



