Piromanía y populismo geopolítico
Lo que ha ocurrido desde el atril presidencial en Palacio Nacional en las últimas dos semanas abre frentes adicionales en una agenda con Estados Unidos que se está empezando a salir de control, con ramificaciones que van más allá de lo meramente bilateral. Y es que el rifirrafe constante del presidente con EU está profundizando los costos diplomáticos bilaterales para nuestro país en esta coyuntura. La diatriba presidencial de la semana pasada en respuesta al informe anual sobre Derechos Humanos del Departamento de Estado, regurgitando la tesis conspiratoria cilindrada por Rusia de que EU habría sido el responsable de sabotear el gasoducto Nord Stream, ha generado una reacción de molestia profunda en la capital estadounidense. Esta dinámica, en un contexto global volátil, al final del día solo abona, cara a EU, los objetivos geopolíticos, estratégicos y económicos e ideológicos de tres naciones, respectivamente: China, Rusia y Cuba.
Para China, la brecha discursiva entre Washington y Ciudad de México abona a sus diseños geopolíticos al ofrecer la oportunidad de debilitar y minar la capacidad de Norteamérica de consolidarse como un polo de la transición a la economía digital con un paradigma global de competitividad basado en la sustentabilidad, resiliencia, independencia y seguridad energéticas. Para Rusia, el que se mine y socave la relación bilateral le permite a Moscú sugerir que Washington tiene un vecino que no es su aliado, ayudándole a crear distractores —de seguridad nacional, políticos, sociales y económicos— al sur de su frontera. Como si ello no fuera suficiente, le permite seguir atizando la polarización partidista, política e ideológica al interior de esa nación rival, abonando a la narrativa de que la verdadera amenaza a su seguridad nacional proviene de la frontera con México y no de la agresión rusa en Europa del Este. Y para Cuba, un enfriamiento o distanciamiento de México con su vecino y socio comercial norteamericano facilita su labor de anclar a un aliado que sin cortapisas abone a su narrativa “anti-imperialista” y de paso le genere sí, réditos ideológicos, pero sobre todo económicos, particularmente con respecto al acceso a energía y exportaciones agropecuarias subsidiadas. El que además de manera creciente inteligencia cubana esté jugando un papel en proveerle al presidente mexicano lo que un CISEN eviscerado y disfuncional ya no puede generarle al Estado mexicano, es un gana-gana para La Habana.
Bien puede haber muchos que en México aplaudan las implicaciones de todo lo anterior, ya sea por razones ideológicas —trasnochadas— o por que crean —de manera miope— que estratégicamente conviene a nuestros intereses nacionales ese desacoplamiento con EU. Pero entonces tienen que tener claro que las premisas sobre las que se ha asentado la relación con EU desde la suscripción del TLCAN —y ahora con el TMEC— y la agenda norteamericana serán insostenibles yendo hacia adelante. No se puede chiflar y tragar pinole a la vez: México no puede estar picándole el ojo constantemente a EU y a la vez asumir que los beneficios que le ha traído al país la vertebración comercial y económica con ese país —cosa que el propio López Obrador entiende y valora, como lo demuestra su decisión de apoyar la conclusión exitosa de la renegociación del TLCAN— continuarán sin afectación. En el escenario internacional, las baladronadas y el discurso imprudente tienen consecuencias. Y aquí sí que México pierde solito.
(Consultor internacional)



