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Que el pueblo elija

Por Miguel Ángel Hernández Calvillo

Marzo 03, 2026 03:00 a.m.

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La postura presidencial, con respecto a los cuestionamientos a la iniciativa de reforma electoral, que tiene que ver con eliminar la representación plurinominal por lista de élites partidarias es más que contundente. Se trata de que esas representaciones, para que sean efectivamente "populares", sean votadas por el pueblo y no un mero producto de las decisiones personales de unos cuantos dirigentes de partidos políticos. Don Pablo González Casanova se refería a eso como "una democracia de pocos y para pocos"... pero no por poco tiempo; por el contrario, para no pocos líderes partidistas fue un "modus operandi" para disfrutar las mieles del poder por mucho tiempo, impidiendo relevos generacionales de liderazgo político. 

En el origen, favorecer la representación de minorías en el sistema político mexicano fue más un proceso de liberalización política que de una democratización plena. Así fue con la reforma de Reyes Heroles en 1977 para contener la crisis de legitimidad del entonces sistema de partido hegemónico-pragmático (Sartori, dixit) que dejó al candidato del PRI para contender sin oposición en la elección presidencial de 1976. Veinte años después, en 1996 se avanzó en el Senado de la República para que se tuviera un pluralismo más competitivo con 64 senadores de mayoría y 32 de minoría como resultado de la votación en las urnas. Pero después vendría la inclusión de los senadores plurinominales por lista, llegando a 128 legisladores en la Cámara Alta que, sabido es y experimentado está, no siempre se conducen como el factor de prudencia que requiere el país.

Pero, además, la memoria de la oposición es flaca y basta recordar que, cuando el gobierno de Pela Nieto se empeñó en imponer su reforma energética, la izquierda mexicana se planteó la necesidad de consultar al pueblo de acuerdo con los mecanismos ya estipulados en la Constitución Federal para votar en "temas de trascendencia nacional"; pero allí tienen que los partidos gobernantes del PRI y el PAN se les ocurrió proponer sus propias consultas apelando a temas en los que, evidentemente, habría un consenso unánime popular, como lo era la eliminación de escaños plurinominales en el Senado y hasta el tema de reivindicar el salario mínimo. Se trataba de mosquear la consulta propuesta por la izquierda y lo lograron, además, con la decisión final de una tremenda Corte que, ahora se entiende, jugaba siempre de lado del poder. 

Ahora, estos temas les causan escozor a los partidos de derecha porque, sin duda, representa un golpe a los privilegios a los que se había acostumbrado una minoría política, en el sentido estricto en el que Gaetano Mosca definió a lo que conocemos como clase política. En suma, el planteamiento de la presidenta es, como ella misma lo refiere; sencillo: quien pretenda se representante popular que se gane el voto de sus representados, lo que exige tener propuesta coherente, firme y convincente para que los electores otorguen la confianza, que no es de una vez y para siempre, para ver por el bien de todas y todos, sobre todo de los más débiles. Implica cuestión de principios éticos y valores morales; el problema es que nos siempre se puede alardear de contar con esas prendas entre cierta clase política.  

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