Reflexión y democracia
La semana pasada se registró el deceso de Jürgen Habermas, filósofo de la segunda generación de la Escuela de Francfort y reconocido por una diversidad de textos que han servido para la discusión de distintas temáticas relacionadas con el derrotero de diversos campos de las relaciones sociales en el capitalismo liberal y las expectativas de su desenvolvimiento en el denominado capitalismo tardío con el papel jugado por el Estado.
Dentro del amplio catálogo de problemáticas abordados por Habermas, controversiales algunas, está el de rescatar la reflexión como "una experiencia (que devino) olvidada" al reducir la ciencia a un modelo de producción de saberes convertido en una "metafísica de lo homogéneo", al conocimiento como algo dado y no susceptible de ser reformulado como "trascendente" (en sentido ético), capaz de responder a preguntas que debieran interesar a una comunidad. El valor de la reflexión como legitimación de la discusión pública, para la construcción de la democracia como deliberación.
Las posibilidades de la reflexión para una deliberación democrática y crítica, quedaron de manifiesto en el célebre debate sostenido en 2004 por Habermas y el cardenal Joseph Ratzinger (entonces cardenal prefecto de la "Congregación para la Doctrina de la Fe", sucedánea del "Santo Oficio" y, luego investido como Papa Benedicto XVI), acerca de la recurrente pregunta sobre las bases morales que posibilitan que una norma jurídica pueda tener alcances distintos a los que se han logrado mediante un procedimiento (en teoría) racional y democrático, por ejemplo en el problema de la relación entre la fuerza y el derecho (como cuando algún gobernante asume que puede violentar las cosas en cualquier parte del mundo porque alega que tiene un derecho ganado en un presunto juego democrático).
Aunque Habermas planteaba que un procedimiento democrático, creador de normas jurídicas, podría ser suficiente para dotar de legitimidad al derecho, no dejaba de reconocer que, el Estado liberal no siempre puede garantizar el cumplimiento de los distintos derechos porque sus fuentes o motivaciones se retrotraen a un fundamento pre-político específico; esto es, que, por ejemplo, el Estado debe garantizar la pluralidad y libertad de creencias, pero el origen de ésta garantía contiene una historicidad que obedece a intereses específicos (de una cierta creencia) en un contexto dado. Y es que, "aún llenando los requisitos de formación inclusiva y discursiva de la opinión y la voluntad, la democracia y los derechos del hombre están, desde el origen, mutuamente implicados en el proceso creativo de una Constitución".
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Lo anterior implica que los "derechos humanos", por ejemplo, tienen que ser considerados como un pre-requisito ineludible al momento de plantearse cualquier procedimiento de modificación constitucional o legal de relevante impacto social, aún y cuando se trate de principios que aspiran a ser "universales" pero son valores insertados en Occidente (catálogo que en Oriente puede ser distinto). Por su parte, Ratzinger planteaba que ciertas "patologías de la razón" han "derrumbado las certezas morales" y la coexistencia de culturas no alcanza para el logro de un "ethos mundial" (como lo sugería otro teólogo famoso, Hans Küng), por lo que es necesario "volver la mirada hacia el conjunto de las dimensiones de la realidad humana y en las que la razón muestra aspectos parciales". El punto de encuentro entre esas dos posturas, tendría que ver con la necesidad de que la razón (incluida la razón científica) y la moral (incluida la moral cristiana), vayan de la mano en un diálogo comprehensivo de sus limitaciones y aprendizajes, corrigiendo las desviaciones de cada cual.
Así las cosas, "cuando se garantiza la contribución común a la creación del derecho y a la justa administración de la fuerza, se tiene a la democracia como una forma de orden político apropiada" (Ratzinger); pero como las mayorías no son uniformes en su actuar, subsiste la cuestión de los fundamentos éticos del derecho. Por tanto, en la relación fuerza-derecho, Ratzinger concluía que "el deber de la política es poner a la fuerza bajo el control del derecho y reglamentar su uso sensato, prevaleciendo la fuerza del derecho como contrapunto de la violencia (fuerza sin derecho) para vivir en libertad". En suma, la reflexión como base para dialogar críticamente.
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