Refugio
En los pasillos de la historia y el pensamiento político, solemos buscar estructuras sólidas: instituciones, leyes, pactos que den orden al caos social. Sin embargo, hay momentos en que la realidad se agrieta con tal violencia que las categorías del análisis tradicional resultan insuficientes. Hoy, el mundo observa con el aliento contenido la escalada de tensiones entre Irán y Estados Unidos, un tablero de ajedrez geopolítico donde los movimientos se miden en amenazas y despliegues que ponen en vilo la paz global. Mientras tanto, en nuestra propia casa, México sigue doliendo en las cifras de una violencia que se ha vuelto paisaje cotidiano.
Es en esta geografía del espanto donde la voz de Alejandra Pizarnik cobra una vigencia casi mística. La poetisa argentina escribió: "Escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea". En su obra cumbre, Extracción de la piedra de la locura, esta premisa no es un ejercicio de estética pura, sino un acto de resistencia vital. Para ella, el quehacer poético era una labor de reparación ante la "herida fundamental". Pero, ¿cómo hablar de reparación cuando los titulares nos bombardean con estruendos de guerra y relatos de impunidad?
La academia ha debatido largamente sobre la "función terapéutica" del poema, viendo al poeta como un exorcista que conjura sus demonios. No obstante, al sumergirnos en la lectura de Pizarnik, descubrimos que la reparación no es una cura definitiva que borra la cicatriz, sino una sutura delicada sobre una piel que se sabe frágil. En un mundo que parece romperse en pedazos —ya sea por el choque de potencias o por la ruptura del tejido social en nuestras calles— la poesía intenta "coser" los fragmentos de nuestra humanidad disuelta.
Hay quienes dirán que la belleza es un lujo innecesario frente a la urgencia de la política y el conflicto. Yo sostengo lo contrario. La belleza, entendida como la búsqueda de la verdad a través de la palabra precisa, es el último reducto de lo humano. Pizarnik no buscaba la felicidad en la escritura; buscaba la permanencia. Escribía para que el miedo no tuviera la última palabra. Del mismo modo, ante el asedio de la violencia y la incertidumbre internacional, la cultura y la memoria son los puentes que nos impiden caer al abismo de la indiferencia.
¡Sigue nuestro canal de WhatsApp para más noticias! Únete aquí
Hoy, cuando la inmediatez de la guerra y la nota roja nos impiden reflexionar sobre nuestras propias fracturas, volver a la poesía es un acto de rebeldía. Reparar la herida no significa ignorar el conflicto en el Medio Oriente o la inseguridad que nos acecha; significa reconocer que, pese a todo, existe un lugar en nosotros donde lo bello permanece invicto. Escribimos y leemos para que lo que nos hiere "no sea" el todo de nuestra existencia.
Porque, al final del día, en esta compleja cartografía del siglo XXI, todos estamos, de un modo u otro, heridos. Pero es precisamente en la palabra donde encontramos la fuerza para no dejar que la desgarradura se convierta en silencio.




