Un gran honor
Ser abogado me ha permitió a lo largo de ya más de treinta y cinco años conocer a gente muy valiosa, juristas de talla extraordinaria que me han otorgado el privilegio de su amistad.
Uno de ellos ha ingresado recientemente a la Academia Mexicana de Ciencias Penales el pasado ocho de enero y desgraciadamente mi actividad profesional no me permitió acompañarlo en el solemne acto de su recepción en esa destacada agrupación.
La Academia Mexicana de Ciencias Penales fue fundada a finales de mil novecientos cuarenta, en la etapa posterior a la reforma penal de mil novecientos treinta y uno que modernizó el derecho penal mexicano. Un grupo de juristas importantes, muchos de ellos que intervinieron en la elaboración del Código Penal de ese mismo año y en la revista Criminalia, fundada en mil novecientos treinta y tres, se reunió el veintiuno de diciembre de mil novecientos cuarenta en casa del abogado Francisco González de la Vega para acordar la creación formal de la Academia. Los doce miembros fundadores de la Academia incluyeron a José Ángel Ceniceros, Francisco González de la Vega, Alfonso Teja Zabre, Raúl Carrancá y Trujillo, Luis Garrido Díaz, Emilio Pardo Aspe, Carlos Franco Sodi, José Ortiz Tirado, Francisco Argüelles, Javier Piña y Palacios, y los médicos José Gómez Robleda y José Torres Torija.
Desde su origen, la Academia Mexicana de Ciencias Penales se propuso orientar el rumbo de las disciplinas penales en México, nació con el objetivo de ser un foro de estudio, debate y difusión de las ciencias penales (Derecho Penal, Criminología, Derecho Procesal Penal, Política Criminal, etc.), de tal manera que contribuyera al desarrollo científico de estas disciplinas y a la mejora de la legislación y la justicia penal en México.
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Hoy la Academia sigue comprometida con las mejores causas de las disciplinas penales y se ha renovado constantemente hasta nuestros días, desde la presidencia de José Ángel Ceniceros en mil novecientos cuarenta hasta hoy que la preside Miguel Ontiveros Alonso. Entre sus miembros, a los cuales tengo la fortuna de conocer y con algunos de ellos mantener una relación de amistad se encuentran Rodolfo Félix Cárdenas, María de la Luz Lima Malvido, René González de la Vega, Luis Rodríguez Manzanera, Manuel Vidaurri Aréchiga, Alberto Nava Garcés, Jesús Zamora Pierce, Juan N. Silva Meza y Luis Rodríguez Manzanera.
A esta lista se suma el pasado ocho de enero el nombre de un abogado que, en lo particular me dispensa su amistad ya desde hace varios años y que sin duda viene a significar una adición notable a la Academia.
Víctor Oléa Peláez es, sin duda, uno de los grandes abogados penalistas de la actualidad, además de reunir en su persona las cualidades de bonhomía, amabilidad, altos valores y congruencia que le hacen ser muy apreciado por sus amigos y respetado por sus contrincantes profesionales.
Durante la presidencia de Víctor al frente de la Barra Mexicana Colegio de Abogados asumí la presidencia del Capítulo San Luis Potosí de esta institución, lo que me permitió tener contacto más frecuente con él, no obstante que desde antes ya éramos amigos.
En enero de dos mil veinticinco, la Editorial Porrúa publicó un texto monográfico de hondo calado titulado "El Delito de Despojo" que a lo largo de sus doscientas noventa y siete páginas demuestra palabra por palabra que los merecimientos de su autor, Víctor Oléa Peláez son mas que suficientes para justificar que, junto con su destacada carrera profesional y textos de menor extensión en obras colectivas, la Academia Mexicana de Ciencias Penales hoy lo incluya entre sus miembros numerarios, un año después.
Para Víctor es un gran honor y reconocimiento ser admitido en la Academia; para la Academia es una afortunada decisión y, por supuesto, también un honor, contar con él en sus filas.
Para mí es un inmerecido honor y privilegio contar entre mis amigos a Víctor, a quien desde aquí mando un fuerte abrazo y mi sincera felicitación.
X: @jchessal



