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Una agenda de transición

Por Marco Iván Vargas Cuéllar

Julio 11, 2024 03:00 a.m.

A

 Parte 1

¿Qué es lo que se debe cuidar en un proceso de transición entre un gobierno saliente y uno entrante? ¿Existen riesgos que prevenir en esta etapa? ¿Qué situaciones presenta el contexto actual, anticipando alguna continuidad en el ámbito del ejecutivo federal con un escenario distinto de una nueva mayoría en el legislativo federal? Estas cuestiones las abordaré en dos entregas, comenzando con el texto que hoy tienen en sus manos. Propongo iniciar una reflexión sobre los desafíos políticos, económicos y de política pública, colocando como objeto de estudio el proceso de transición entre gobiernos.

He estado observando los procesos de transición entre un gobierno saliente y otro popularmente electo durante algunos años. Suele ser más sencillo hacerlo a nivel nacional porque, según la experiencia, gran parte de lo que se sabe sobre este proceso responde a la relación entre las expectativas de la ciudadanía y el seguimiento que hace la prensa sobre el asunto.

Uno de los períodos de transición que generó más atención fue el de Vicente Fox Quesada, por la carga simbólica que representó en el año 2000. La historia usted la conoce y recuerda. Hay quienes vieron en la elección del 2 de julio de 2000 como el punto culminante de la transición a la democracia mexicana. Otros opinan que solo fue una etapa más de un proceso aún inconcluso. Soy de la idea de que cualquier persona que quiera tomarse esto con mediana seriedad se alejaría de señalar una fecha o momento concreto como el pináculo de la democratización de nuestro país. Estas cosas constituyen procesos y hay que verlos como tales.

Regreso al punto de origen. En días posteriores a la victoria electoral de Vicente Fox, se estableció un proceso interesante donde el presidente electo definió un “equipo de transición” que permitió el control de los asuntos importantes del país; una novedad tras 71 años de gobiernos del PRI. Este equipo incluyó a Jorge Castañeda (asuntos internacionales), Luis Ernesto Derbez (temas económicos), Francisco Gil Díaz (finanzas públicas), Santiago Creel Miranda (gobernabilidad), entre otros. El trabajo se enfocó en preparar políticas iniciales, abordar retos inmediatos y establecer relaciones clave con el gobierno saliente, el sector privado y la comunidad internacional. Los resultados incluyeron una transición pacífica, estabilidad económica y el inicio de reformas institucionales en áreas como transparencia y combate a la corrupción. Quiero destacar este proceso desde la importancia de planificar y cuidar los cambios de gobierno para garantizar continuidad y estabilidad en las políticas públicas, marcando un precedente positivo para futuras transiciones en México.

No hay que olvidar que en ese tiempo, México se venía reponiendo de una severa crisis económica (1994-1995) cuyos efectos aún se recuerdan dolorosamente. Tampoco hay que olvidar que en nuestro país se vivieron etapas de una enorme fragilidad político-institucional, que tuvo como resultado que los cambios de gobernantes, sin alternancia, provocaban inestabilidad económica y, en consecuencia, las temidas devaluaciones del peso mexicano. Para prevenir ese fenómeno, el gobierno de Ernesto Zedillo formuló una estrategia de “blindaje económico” que consistió en un paquete de asistencia financiera internacional, reestructuración de la deuda y políticas fiscales y monetarias restrictivas para estabilizar la economía tras la crisis de 1994. Se implementaron reformas en el sistema bancario y privatizaciones para fortalecer el sector financiero y atraer inversión extranjera. Además, México firmó acuerdos comerciales como el TLCAN para impulsar las exportaciones y diversificar la economía. Estas medidas restauraron la confianza y estabilizaron la economía mexicana.

Tengo la impresión de que ni la transición del 2000 ni las transiciones posteriores plantearon cambios disruptivos que generaran inestabilidad política o económica, y que tuvieran como resultado una crisis. Parte de este efecto positivo, en mi opinión, tiene que ver con el cuidado que se le debe poner a los asuntos importantes. Priorizar la estabilidad económica a través de las medidas de blindaje económico, así como la estabilidad política, haya o no alternancia, habla del cuidado que se le ha puesto a estos procesos y, en cierta forma, a la solidez de las instituciones que soportan la gobernabilidad de nuestro país. Lo que quiero sugerir es que esta estabilidad no depende de un color o un partido político, sino de un compromiso que se encuentra muy por encima de las banderas y las disputas.

Es ese mismo compromiso el que debe motivar a los equipos de transición a hacerse cargo de estos procesos, definiendo agendas pertinentes y responsables. Quiero ilustrar como ejemplo el posicionamiento que emitió el líder de la mayoría legislativa en el Congreso de la Unión para anunciar cambios inminentes al Poder Judicial, así como otras reformas constitucionales, y la inmediata reacción de los mercados internacionales. La respuesta de la virtual presidenta electa no se hizo esperar. La estabilidad es fundamental en un sistema de reglas donde la forma, decía Reyes Heroles, es fondo.

En la siguiente entrega detallaré algunos aspectos que considero relevantes en esta etapa de transición, insisto, sin alternancia. De momento, dejo sobre la mesa la idea que titula a un libro publicado hace unos veinte años por Mark Payne, Daniel Zovatto y Mercedes Mateo Díaz: la política importa.

X (antes twitter). @marcoivanvargas