Los tiempos que corren actualmente, con estos fuertes vientos electorales que mueven salvajemente el sentir y el pensar en nuestro país, son consecuencia de una serie de factores que, al conjuntarse, dan como resultado un paso peligroso a nuestro futuro.
Yo no creo, sinceramente, que, dependiendo del resultado de la elección presidencial, tengamos ya hipotecado el porvenir; no creo que el dos de julio amanezcan los cielos cerrados por negros nubarrones y en la tierra los demonios persigan con tridentes a los mexicanos; no creo que nuestra patria sea tan frágil y sus instituciones hayan sido construidas con arena, de tal manera que se desmoronen entre nuestros dedos.
No soy un optimista desmañanado que quiera ver que todo está bien y que nada pasa; por el contrario, sí creo que lo que debe ocuparnos es que, sea cual sea el resultado, los agravios se depositen en la urna, junto con la boleta el próximo primero de julio, marquemos con el sentir y el rencor que queramos la casilla del candidato que nos de la gana y luego, al salir de la casilla, veamos en los demás electores a esos otros mexicanos que, como nosotros, habitamos esta tierra, compartimos sus espacios, respiramos su aire, sentimos su calor.
México no es Peña Nieto, el señor López, Anaya, Meade o El Bronco. México es más, mucho más.
Apenas ayer, domingo diecisiete de junio, en buena medida nos unió un sentimiento de esperanza en la selección mexicana, quien abrió su participación en el mundial de futbol que se celebra en Rusia enfrentando al, tal vez, más temido adversario, que es la selección alemana.
Fuera de todo, de apreciaciones futbolísticas, de anécdotas o de preferencias personales, yo, por lo menos, pude sentir que flotaba en el aire un extraño aroma de unidad, de empatía, de sentir que, con un balón, se jugaba mucho más que un partido.
¿Puede más lograr por el sentimiento de lo mexicano un partido de futbol, que la decisión de elegir a quien tendrá a su cargo la conducción de las políticas públicas de un país que sangra, que siente, que ríe, que trabaja, que es solidario cuando se requiere juntar el hombro y levantar las piedras de la tragedia?
Hay muchos Méxicos, pero todos tienen en común algo: los mexicanos. Todos nos sentimos mexicanos y, como tales, somos pasajeros del mismo barco, un barco un tanto abollado, con algunas entradas de agua, pero nuestro, muy nuestro. Hagamos lo necesario para mantenerlo a flote, para que sigamos a flote.
Son tiempos difíciles, pero, como dice Enrique Bunbury en una canción, “ningún mar en calma hizo experto a un marinero”. Son temporales que podrán agitar nuestra nave, pero no hundirla.
Tomo las palabras de Abraham Calvo, de su libro Sentimientos del Pensamiento Humano, en su poesía El Sonoro Suspiro del Patriota: “Mirándonos los unos a los otros hallaremos los grandes lienzos del espíritu divino de la mente soñadora y forjadora de una raza nueva y de nombre mexicana.”
Lo mismo ocurre con nuestro querido San Luis Potosí, en los vaivenes de una elección municipal que debemos sobrevivir.
Se preguntará el lector la razón del título de esta columna. Le explico: justamente con su desdén al debate organizado por la sociedad civil y, al día siguiente, su intervención con denostaciones y ataques en todas direcciones, un inmaduro candidato a la presidencia municipal de San Luis Potosí, verde de partido y de conducta, nos demuestra justamente lo que no queremos, lo que, conforme hemos expuesto, representa lo peor de estos tiempos y el obstáculo principal a los futuros; no merece siquiera que le dediquemos más allá de un párrafo. Es joven, aun puede rectificar y madurar, que lo verde se quita con el tiempo y la experiencia.
Yo no creo, sinceramente, que, dependiendo del resultado de la elección presidencial, tengamos ya hipotecado el porvenir; no creo que el dos de julio amanezcan los cielos cerrados por negros nubarrones y en la tierra los demonios persigan con tridentes a los mexicanos; no creo que nuestra patria sea tan frágil y sus instituciones hayan sido construidas con arena, de tal manera que se desmoronen entre nuestros dedos.
No soy un optimista desmañanado que quiera ver que todo está bien y que nada pasa; por el contrario, sí creo que lo que debe ocuparnos es que, sea cual sea el resultado, los agravios se depositen en la urna, junto con la boleta el próximo primero de julio, marquemos con el sentir y el rencor que queramos la casilla del candidato que nos de la gana y luego, al salir de la casilla, veamos en los demás electores a esos otros mexicanos que, como nosotros, habitamos esta tierra, compartimos sus espacios, respiramos su aire, sentimos su calor.
México no es Peña Nieto, el señor López, Anaya, Meade o El Bronco. México es más, mucho más.
Apenas ayer, domingo diecisiete de junio, en buena medida nos unió un sentimiento de esperanza en la selección mexicana, quien abrió su participación en el mundial de futbol que se celebra en Rusia enfrentando al, tal vez, más temido adversario, que es la selección alemana.
Fuera de todo, de apreciaciones futbolísticas, de anécdotas o de preferencias personales, yo, por lo menos, pude sentir que flotaba en el aire un extraño aroma de unidad, de empatía, de sentir que, con un balón, se jugaba mucho más que un partido.
¿Puede más lograr por el sentimiento de lo mexicano un partido de futbol, que la decisión de elegir a quien tendrá a su cargo la conducción de las políticas públicas de un país que sangra, que siente, que ríe, que trabaja, que es solidario cuando se requiere juntar el hombro y levantar las piedras de la tragedia?
Hay muchos Méxicos, pero todos tienen en común algo: los mexicanos. Todos nos sentimos mexicanos y, como tales, somos pasajeros del mismo barco, un barco un tanto abollado, con algunas entradas de agua, pero nuestro, muy nuestro. Hagamos lo necesario para mantenerlo a flote, para que sigamos a flote.
Son tiempos difíciles, pero, como dice Enrique Bunbury en una canción, “ningún mar en calma hizo experto a un marinero”. Son temporales que podrán agitar nuestra nave, pero no hundirla.
Tomo las palabras de Abraham Calvo, de su libro Sentimientos del Pensamiento Humano, en su poesía El Sonoro Suspiro del Patriota: “Mirándonos los unos a los otros hallaremos los grandes lienzos del espíritu divino de la mente soñadora y forjadora de una raza nueva y de nombre mexicana.”
Lo mismo ocurre con nuestro querido San Luis Potosí, en los vaivenes de una elección municipal que debemos sobrevivir.
Se preguntará el lector la razón del título de esta columna. Le explico: justamente con su desdén al debate organizado por la sociedad civil y, al día siguiente, su intervención con denostaciones y ataques en todas direcciones, un inmaduro candidato a la presidencia municipal de San Luis Potosí, verde de partido y de conducta, nos demuestra justamente lo que no queremos, lo que, conforme hemos expuesto, representa lo peor de estos tiempos y el obstáculo principal a los futuros; no merece siquiera que le dediquemos más allá de un párrafo. Es joven, aun puede rectificar y madurar, que lo verde se quita con el tiempo y la experiencia.

