Se cuenta que la variedad de uva viognier fue plantada en el Valle del Ródano hacia el siglo III d.C., quizás por el emperador Probus Gothicus Maximus antes de que su propia tropa se amonitara y lo asesinara, quizás por unos piratas rodanienses que se las robaron a los romanos, pero su origen parece ser griego o croata, su florecimiento alrededor de Condrieu y su nombre a partir de la localidad de Vienne, antigua ciudad que fue un destacamento latino. Sean cual fueren sus ancestros, afortunadamente esta prima del syrah ha resurgido en su cuna francesa y alrededor del mundo en los últimos 50 años: en los sesenta del siglo pasado sólo quedaban unas 14 hectáreas en producción.
Los ejemplos más clásicos de la viognier provienen de la citada Condrieu y de la AOC más pequeña de Europa: Chateau Grillet, un monopole de sólo 3.8 hectáreas. Aunque también acompaña algunos de los mejores syrahs del mundo, se vinifica como varietal en muchas regiones y se convierte en uno de los vinos blancos más aromáticos y cautivadores que uno puede probar o se mezcla con otras uvas del Ródano, marsanne y roussanne principalmente, para componer el vino blanco típico de Chateauneuf du Pape. Hay muy buen viognier en México, como veremos, también en California, Australia, Argentina, España…
En estos días he tenido la oportunidad de probar una serie de viogniers de distintas procedencias y precios, todos de buenos a extraordinarios. El Don Luis 2017 de L.A. Cetto es un ejemplo balanceado aunque un poco tímido en nariz, ganó medalla de oro en el reciente concurso de Bruselas para México; tiene una frutalidad tropical, notas especiadas, con el tiempo se alcanza a atisbar algo floral y un final algo sódico; un viognier simple y fácil de beber, que abre muy lindo con un rato en copa, ampliamente disponible en el mercado.
La gran sorpresa llegó con un viognier potosino, faltaba más: una muestra de tanque del Pozo de Luna Viognier 2018. A pesar de ser un vino que no está terminado aún, me dejó muy intrigado e interesado. El vino tiene una paleta frutal muy amplia en la nariz: manzana roja, durazno blanco, tangerina, melón chino; y según va subiendo su temperatura, frutas tropicales como piña y mango. Tiene también una expresión floral muy atractiva, de rosas y madreselva; como es natural, están presentes las levaduras, pero con un twist de masa fresca muy lindo. El vino tiene su cuerpo, es potente, con un final muy largo, mineral, muy equilibrado entre lo frutal y el amargor fenólico, acidez media (justísima para la variedad), cremosidad y equilibrio. Promete, tiene mucha personalidad, de verdad que si el vino se mantiene en este camino hasta que esté embotellado y a disposición del mercado, puede igualar, quizás incluso superar a su premiado hermano, el Pozo de Luna Sauvignon Blanc.
Probamos también la versión 2017 de uno de nuestros viogniers consentidos, el Jaffurs del viñedo Bien Nacido. Este blanco de Santa Bárbara, Califonia, es un vino muy intenso, equilibrado y “crujiente”, justo en el límite del alcohol que soporta, que presenta todas las virtudes de la variedad, flores blancas, fruta de huesito, riqueza en el paladar… un clásico para quienes disfrutamos de este terruño californiano.
Finalmente llegó el “Romanee Conti” de los viogniers: su majestad de Condrieu, Francia, E. Guigal La Doriane en una añada lista para disfrutarse en estos días, 2012. De inicio, era la primera vez que tendría la oportunidad de probar este legendario vino, que ha obtenido 99-100 puntos de la Wine Advocate en varias ocasiones, por lo que las expectativas estaban por los cielos; aun así, el deslumbramiento que me produjo fue nerudiano, me hizo recordar aquel poema de Memorial de la Isla Negra […mi corazón desnudo, y cae, cae del cielo: en una copa bebo la alegría]…
De un color dorado muy atractivo, el primer acercamiento olfativo fue similar al de otros grandes vinos del mundo: una impresión un tanto extraña, algo que no esperas, un aroma que se distingue y, a la vez, capta a todos los demás ejemplos que habías paseado por tu nariz… Categóricamente elegante, sutil, la copa al cabo de unos minutos comenzó a dosificar recuerdos florales, no de florería ni de perfume, más bien de campo, de un prado de flores blancas y amarillas, de madreselva y azahar; junto a esto, se mezclaban frutas perfectamente maduras, quizás albaricoque y cítricos confitados, con los tostados de una barrica en perfecta proporción. En boca era muy suntuoso, equilibrado, cremoso y dócil, con un final largo y gracioso, sublime, de una elegancia que le mordía la cola a la elegancia de su aroma. Qué le cuento, caro lector, un vino de antología que nunca olvidaré, ojalá le inspire a probar estos u otros viogniers.
Los ejemplos más clásicos de la viognier provienen de la citada Condrieu y de la AOC más pequeña de Europa: Chateau Grillet, un monopole de sólo 3.8 hectáreas. Aunque también acompaña algunos de los mejores syrahs del mundo, se vinifica como varietal en muchas regiones y se convierte en uno de los vinos blancos más aromáticos y cautivadores que uno puede probar o se mezcla con otras uvas del Ródano, marsanne y roussanne principalmente, para componer el vino blanco típico de Chateauneuf du Pape. Hay muy buen viognier en México, como veremos, también en California, Australia, Argentina, España…
En estos días he tenido la oportunidad de probar una serie de viogniers de distintas procedencias y precios, todos de buenos a extraordinarios. El Don Luis 2017 de L.A. Cetto es un ejemplo balanceado aunque un poco tímido en nariz, ganó medalla de oro en el reciente concurso de Bruselas para México; tiene una frutalidad tropical, notas especiadas, con el tiempo se alcanza a atisbar algo floral y un final algo sódico; un viognier simple y fácil de beber, que abre muy lindo con un rato en copa, ampliamente disponible en el mercado.
La gran sorpresa llegó con un viognier potosino, faltaba más: una muestra de tanque del Pozo de Luna Viognier 2018. A pesar de ser un vino que no está terminado aún, me dejó muy intrigado e interesado. El vino tiene una paleta frutal muy amplia en la nariz: manzana roja, durazno blanco, tangerina, melón chino; y según va subiendo su temperatura, frutas tropicales como piña y mango. Tiene también una expresión floral muy atractiva, de rosas y madreselva; como es natural, están presentes las levaduras, pero con un twist de masa fresca muy lindo. El vino tiene su cuerpo, es potente, con un final muy largo, mineral, muy equilibrado entre lo frutal y el amargor fenólico, acidez media (justísima para la variedad), cremosidad y equilibrio. Promete, tiene mucha personalidad, de verdad que si el vino se mantiene en este camino hasta que esté embotellado y a disposición del mercado, puede igualar, quizás incluso superar a su premiado hermano, el Pozo de Luna Sauvignon Blanc.
Probamos también la versión 2017 de uno de nuestros viogniers consentidos, el Jaffurs del viñedo Bien Nacido. Este blanco de Santa Bárbara, Califonia, es un vino muy intenso, equilibrado y “crujiente”, justo en el límite del alcohol que soporta, que presenta todas las virtudes de la variedad, flores blancas, fruta de huesito, riqueza en el paladar… un clásico para quienes disfrutamos de este terruño californiano.
Finalmente llegó el “Romanee Conti” de los viogniers: su majestad de Condrieu, Francia, E. Guigal La Doriane en una añada lista para disfrutarse en estos días, 2012. De inicio, era la primera vez que tendría la oportunidad de probar este legendario vino, que ha obtenido 99-100 puntos de la Wine Advocate en varias ocasiones, por lo que las expectativas estaban por los cielos; aun así, el deslumbramiento que me produjo fue nerudiano, me hizo recordar aquel poema de Memorial de la Isla Negra […mi corazón desnudo, y cae, cae del cielo: en una copa bebo la alegría]…
De un color dorado muy atractivo, el primer acercamiento olfativo fue similar al de otros grandes vinos del mundo: una impresión un tanto extraña, algo que no esperas, un aroma que se distingue y, a la vez, capta a todos los demás ejemplos que habías paseado por tu nariz… Categóricamente elegante, sutil, la copa al cabo de unos minutos comenzó a dosificar recuerdos florales, no de florería ni de perfume, más bien de campo, de un prado de flores blancas y amarillas, de madreselva y azahar; junto a esto, se mezclaban frutas perfectamente maduras, quizás albaricoque y cítricos confitados, con los tostados de una barrica en perfecta proporción. En boca era muy suntuoso, equilibrado, cremoso y dócil, con un final largo y gracioso, sublime, de una elegancia que le mordía la cola a la elegancia de su aroma. Qué le cuento, caro lector, un vino de antología que nunca olvidaré, ojalá le inspire a probar estos u otros viogniers.

