ESPECIAL: El valor de la parternidad y la convivencia con los hijos

Cuestionar la paternidad y el papel que ésta juega en la formación de una sociedad más equitativa es el proceso por el que Jaime atraviesa en compañía de un colectivo de hombres.

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ESPECIAL:  El valor de la parternidad y la convivencia con los hijos

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Jaime no se planteó si quería o no convertirse en padre, sucedió "de la noche a la mañana” dos años después de casarse. Esa primer experiencia la describe como traumática.

A su primera hija, la dejó de ver cuando tenía tres años, en aquel momento él atravesaba por problemas con el alcohol, su relación con su primera esposa terminó y tras la ruptura Jaime regresó a su lugar de origen en una entidad distinta a la en que había formado una familia.

Tras siete años, se reencontró con su primera hija, en un contexto en el que tendría que despedirse de ella otra vez, para ese momento Jaime había formado una nueva familia y había resuelto su problema con la bebida.

“Fue algo bonito reencontrar a mi hija, poderla abrazar, besar, convivir con ella, ahí fue cuando sentí ese rompimiento de padre e hija. Fue duro porque fue ahí cuando me di cuenta que a la hija no la tomamos en cuenta en el rompimiento”, reconoce.

Jaime forma parte de un colectivo de hombres denominado “Dejar de Chingar”, en el que se cuestionan sus privilegios y su papel en la lucha por la equidad de género, él otorgó su testimonio en un ejercicio llamado VACA (Vatos haciéndose Cargo de sus Violencias), realizado en la víspera del Día del Padre.

Entre las reflexiones que Jaime compartió a una audiencia que le escuchaba a través de la plataforma de vídeo en tiempo real de Facebook, destacó reconocerse como padre ausente porque tenía dos trabajos y casi no veía a su familia y que, pese a que no lo deseaba, repitió conductas autoritarias que su padre ejerció con él, pero ha buscado mejorar en su paternidad.

UNA NUEVA OPORTUNIDAD

“Con mis (otros) tres hijos fue diferente porque ahí sí tuve ese cuestionamiento de si quería ser padre; me cuestioné si quería ser como mi padre fue conmigo, él fue autoritario, no hubo contacto físico, siempre fueron los golpes cuando te reprendía. Yo decidí no ser así con mis hijos”, reveló.

A partir de esas reflexiones e impulsado por las cartas que compartía con su primer hija que siempre cerraban con un “te amo”, Jaime se dio la oportunidad de ser sensible, de también decir “te amo”, algo que antes solo destinaba a sus parejas sentimentales; se permitió no solo decirlo, sino también sentirlo y expresarlo a sus hijos e hijas.

“Cuando abres los ojos tus hijos ya son grandes, ya crecieron y te diste cuenta que no estuviste mucho tiempo con ellos de acompañamiento por estar pensando que tu chamba era proveer, porque es parte del mandato de la masculinidad, porque para ser hombre tienes que ser proveedor”, lamenta.

Este proceso de cuestionar la paternidad, reconoce Alejandro Ortiz Hernández, director de Atención Ciudadana del Instituto de las Mujeres del Estado (IMES) es difícil pues el machismo que impera en la sociedad, moldea a los futuros padres de una forma rígida, violenta que no se permite adquirir roles diferentes a los de proveedor y  coloca a las mujeres en una relación de subordinación.

“Todos los hombres tenemos características machistas, incluso los más reflexivos, los más concientes, (…) hay que hacer una revisión crítica de esos espacios de socialización de los cuales formamos parte, porque tenemos seguramente amigos o conocidos que nos tratarán de obligar a regresar a prácticas tradicionales”.

También advierte que las paternidades ausentes tiene repercusiones emocionales y de salud en las personas, “los hombres que se separan de la familia, pareciera que tienen un aspecto positivo, pero en realidad no es así (…) Los hombres que rompen los lazos con las hijas y con los hijos suelen sentirse deprimidos, no establecen lazos afectivos adecuados, hay sentimientos de soledad, no hay un sentido de pertenencia. No es exactamente una vida muy feliz aunque nos tratemos de convencer que así es”.

LA NECESARIA INFLUENCIA DEL ESTADO EN LA FORMACIÓN DE PATERNIDADES POSITIVAS

No solo los roles que se aprenden y designa la sociedad influyen en que los padres se involucren poco en la crianza de los menores o incluso en el cuidado de otras personas, también es necesario contar con políticas públicas, normas y leyes que otorguen esta posibilidad, apunta Ortiz Hernández.

“Se trata de hacer esta reflexión crítica de nuestras propias trayectorias como hombres, empezar a valorar el trabajo doméstico y de cuidados en nuestro hogar, mirar de una manera distinta la parte de los afectos, nuestras emociones y cómo nos podemos involucrar con nuestras hijas e hijos”.

A nivel institucional, subraya, se ha avanzado en las licencias de paternidad, con cinco días, que considera insuficientes, observa que se requiere la construcción de licencias de enfermedad para las hijas y los hijos, licencias que permitan al hombre participar en espacios colectivos, la colonia, el barrio, la escuela, lo que aunado a políticas públicas para que las mujeres no carguen con la responsabilidad del espacio doméstico.

También desde el colectivo “Dejar de Chingar”, observan la necesidad de incidir con cambios en normativas pues lo consideran como un pendiente que se relaciona con la voluntad de las personas que toman decisiones.

“Muchas de estas decisiones (de políticas púbicas y normativas) están influenciadas por la masculinidad, tendríamos que plantearlo desde ahí”.

LA OPORTUNIDAD PERDIDA DE LA PANDEMIA.

Alejandro Ortiz Hernández, plantea que este periodo de aislamiento voluntario derivado de la aparición de COVID-19, debió generar una reflexión sobre la importancia de participar en el espacio doméstico y en las labores de cuidados.

“Si estás como hombre en confinamiento no debería de haber pretexto de involucrarte en las labores de cuidado de las niñas y los niños como del propio espacio (…) esta pandemia abrió la oportunidad de hacer reuniones familiares en la comida. Vivimos en una dinámica en la que estamos tan inmersos en el trabajo, que esos espacios que deberían ser un lugar para poder convivir, conversar entre quienes forman parte de la familia parecen estar negados ante una dinámica altamente productiva”.

Desafortunadamente, lamenta, no todos los hombres están en la disposición de reflexionar sobre eso y esta pandemia ha acentuado rasgos de control de los hombres sobre sus parejas, esto ha llevado a un aumento de la violencia en contra de las mujeres, “aunque no necesariamente se ha traducido en denuncias puesto que el agresor está en el espacio doméstico”.

Finalmente meditó sobre este proceso para promover las masculinidades no superiores, no violentas o por lo menos más flexibles, es complicado porque se trata de cuestionar construcciones muy arraigadas en el sistema social, de creencias y prácticas en una mayoría de hombres.

“No es puramente un asunto de responsabilidad individual sino que requiere de la participación de toda la sociedad y del Estado (…) pero debemos seguir abonando para lograr las transformaciones necesarias, entre ellas la formación de paternidades más activas”.