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Nomofobia: cuando la conectividad se vuelve una obsesión

Desde hace unos años a lo largo del mundo comenzó a estudiarse una conducta que nadie anticipó: usuarios de dispositivos móviles totalmente dependientes al aparato.

Por Rubén Pacheco

Abril 29, 2026 03:00 a.m.

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Nomofobia: cuando la conectividad se vuelve una obsesión

Si es recurrente que percibas la "vibración fantasma", te alteras cuando no lo encuentras o no tienes acceso a internet u otra aplicación, podría interesarte el término nomofobia, es decir, el miedo a quedarse sin la posibilidad de acceder a las funcionalidades del teléfono celular.

Mientras en el 2008 se desarrollaban los Juegos Olímpicos de Beijing, China, los estadounidenses elegían como presidente a Barack Obama, en la Gran Bretaña una organización creó un instrumento para medir el nivel de ansiedad en personas con teléfono, resultando como hallazgo la presencia de signos de ansiedad ante la ausencia del teléfono celular, la falla de señal o la falta de batería, fenómeno que hoy está presente alrededor del mundo globalizado.

No todo acabó con este ejercicio, pues en el 2010 se propuso formalmente, desde el área de la salud mental, la introducción de dicho término, lo cual no necesariamente implicó que se acepte, pero ya existían profesionales de la salud hablando del tema.

Derivado de los avances alcanzados, en 2015 académicos generaron un instrumento para medir tal comportamiento humano, principalmente en personas jóvenes.

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Para Víctor David Sandoval Navarro, profesor de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), la nomofobia puede conceptualizarse como una reacción donde se manifiestan miedo o ansiedad ante la percepción real o imaginaria de quedarse sin posibilidad de acceder a las funcionalidades o facilidades de un teléfono celular.

Entiéndase, la posibilidad de comunicación, acceso a la información, ubicación, seguridad, así como la conexión para realizar todo lo anterior.

Matiza que no se trata solo del miedo a la ausencia del aparato, sino al temor de no saber qué hacer sin las funciones que otorga.

De entrada, sentencia que no corresponde a un trastorno clínico en un sentido psicológico-psiquiátrico, pero sí evidencia el desarrollo y permanencia de un fenómeno de carácter social o cultural. Es decir, no fue creado en principio por psicólogos ni psiquiatras, sino evidenciado en la cotidianidad.

"La nomofobia ha pasado o ha transitado por una dinámica entre cultural y social, en donde evidencia un fenómeno que sí se presenta en la realidad, pero que no es necesariamente una patología", subraya el especialista.

NO TODO ES PATOLÓGICO 

¿Cómo se define que alcanza o no alcanza ese grado? ¿A partir de qué depende del nivel del estado de ánimo, de los niveles de estrés? o ¿cómo ustedes lo determinan? 

Principalmente en psicología y psiquiatría lo que ocurren son consensos. En estas dos ramas, hay dos manuales que salen periódicamente, que incluyen todos los trastornos habidos.

Y ha habido varias fases de estos, por ejemplo, el famoso DSM, que empezó con la versión uno y ahorita actualmente está en la versión cinco, revisada, en donde se van quitando y se van poniendo nuevos trastornos. 

Entonces esto no es nada más que el consenso entre profesionistas de la salud mental, en donde dicen: ´bueno, esto sí es un trastorno y esto no´. Ahora, ha habido una evolución en el sentido de que antes, por ejemplo, la homosexualidad estaba contemplada en el DSM. Ya no, precisamente porque se ha normalizado, se ha evidenciado que no es una enfermedad mental ni una patología.

Expone que este concepto relacionado con la pérdida o la incapacidad de acceder al teléfono, tiene una relación con algo llamado fobia específica de corte situacional, por ejemplo, miedo a las alturas, a las personas o a los elevadores. 

Enfatiza que, en salud mental existe un término llamado patologización de la conducta, y actualmente, el sector salud mental pretende no patologizar lo cotidiano. Aunque no necesariamente se trata de una perspectiva de enfermedad mental, sí es necesaria una atención. 

De acuerdo con el investigador, no es necesario incluirla dentro del Manual de Trastornos Mentales (DSM), porque se puede abordar desde otra perspectiva, sobre todo, ayuda a no patologizar toda la conducta, porque en ocasiones las personas pueden adherirse a la patologización de lo que no va de acuerdo con sus expectativas y generar estereotipos.

Contextualiza que el fenómeno primordialmente tiene presencia en países mucho más desarrollados en tecnología, es decir, Estados Unidos, China, Japón o naciones europeas. En México, primero hay que considerar la brecha regional, digital, generacional, estatus socioeconómico, y otros fenómenos que inciden para observar este fenómeno conductual en la sociedad.

POTENCIALES NOMÓFOBICOS

Sandoval Navarro describe que la sintomatología inicia con la presencia de ansiedad intensa o pánico ante la posibilidad de perder el teléfono o quedarse sin batería, sin cobertura, sin datos o no poder acceder a algún servicio que te brinde el teléfono. 

Después vendría la revisión compulsiva del dispositivo. Bajo estas circunstancias, las personas verifican que traigan el teléfono y que ante la menor sensación de aburrimiento lo sacan para consultarlo.

Incluso nada más para ver la hora, pero simplemente el hecho de tomarlo y sacarlo ya representa una situación. Llevar el teléfono a todas partes, incluido al baño y a la cama. "Esos pequeños momentos en donde nosotros decimos: ´¡Bueno, es momento de checarlo!´".

Los síntomas físicos se presentan cuando no se tiene en el área o se perdió; taquicardia, sudoración, temblores, alteraciones de sueño, disminución de la interacción cara a cara y deterioro del rendimiento académico. 

"Aun estando ahí, aun estando uno al lado del otro, ya prefieren mandarse mensajes que hablar. Esto ya habla de una dependencia para una actividad súper básica que se le habla", refiere el experto.

Quizá algo cada vez más frecuente: la vibración fantasma, consistente en que las personas perciben que les vibra, les llega un mensaje o imaginan el sonido el teléfono, indicativo de una necesidad y un condicionamiento.

Por lo anterior, alerta que, desde una perspectiva social o de falta de políticas públicas, no existe una regulación y mas bien, se impulsa a seguir utilizando estos dispositivos, más allá de la reflexión crítica en donde se desconoce qué sucederá.

"No sabemos cómo nos va a afectar si vamos a desarrollar este tipo de dependencia. Simplemente desde la parte gubernamental o desde la parte social se nos dice tienes que tenerlo y tienes que usarlo", lamenta.

Frente a que el 79.2 % de la población potosina tenía un celular hasta el 2023, según la Encuesta Nacional de Disponibilidad y Uso de Tecnologías del Inegi, recomienda que los padres puedan orientar a los jóvenes y ponerles límites, como sucede con el uso regulado por tiempo o la prohibición de entrar a ciertas páginas. 

En pocas palabras, todo se reduce a la alfabetización digital crítica, es decir, no utilizar tales herramientas solamente como un medio de consumo, sino también de manera crítica y de participación ciudadana.

En otros países existen estos movimientos de desconectarse. O sea, ¿La idea sería como ir hacia allá? Ir buscando ese equilibrio entre, de repente, la desconexión es sana, por cuestiones de todo lo que explicaba, de que llega un punto en que, ahora sí es necesario desintoxicarse. 

Sí, de hecho, estos movimientos son muy comunes en Europa, por ejemplo, en donde un jefe ya no te puede mandar un correo después de tu hora de trabajo. Aquí la cuestión es, ok, ya no recibo correos de trabajo, pero sí estoy revisando Facebook, o estoy en el TikTok, o estoy platicando en WhatsApp.

Entonces, a eso se refiere la alfabetización digital crítica, a que no nada más es un tema laboral, es un tema que abarca todas las áreas de desarrollo del ser humano, desde la afectividad, desde la conexión humano-humano, desde la perspectiva educativa

Mientras lees todo esto quizás te encuentras desde la tablet o el celular y formas parte de este segmento social digitalizado que, sin darse cuenta, ha llegado a desarrollar una dependencia irracional a los dispositivos tecnológicos. Por ello, tal vez sea tiempo de desconectarse y volver a la cotidianidad.