El sol naciente

A-AA+

En el Dojo

Querido amigo,
¿Recuerdas cuando entrenábamos Judo y Karate Do? Fue hace ya muchos años, cuando llegó a San Luis el profesor Masamobu Kimura e ingresamos a estudiar “el camino de la mano vacía”, en la escuela Kusyu Kan. Desde ese entonces había tenido el deseo de un día poder entrenar o participar en un torneo en Japón, y hoy que estoy aquí, no puedo hacerlo, ya estoy mayor y hace años que no entreno, pero además vinimos a pasear y no para andar como el Karate Kid buscando un torneo.

Esta noche caminábamos por una calle de Tokio cuando de pronto vi un Dojo en donde un grupo de karatekas estaban entrenando. Me quedé allí, extasiado, admirando las katas y luego el combate. Charis me insistía en que nos fuéramos, pero en ese momento me encontraba lo más cerca posible de aquel sueño de juventud, pues al menos hoy lo veía, aunque no era yo protagonista.

Un Dojo es el espacio en donde se práctica y enseña la meditación y/o las artes marciales, su nombre significa “el lugar en donde se práctica la Vía” o “El lugar del despertar”, y se refiere a la búsqueda de la perfección física, moral, mental y espiritual. El trabajo en el Dojo es supervisado por un maestro de la vida al que se le llama Sensei y no cualquiera puede llegar a serlo.

En un Dojo se practican las artes marciales del Japón como lo son el Karate Do, el Judo, el Aikido, el Kendo, el Laido, el Kenjutsu, el Ninjutsu y el Jiujitsu, las que en su conjunto son conocidas como Budo, que es el conjunto de las normas éticas para los practicantes de las artes marciales japonesas y se refiere a lo que era el bushido para los guerreros samurái.

Cuando terminó la práctica de Karate Do que observábamos, y los estudiantes meditaban al lado de su Sensei, guardé silencio cerré mis ojos y recordé aquellos años en que tuve la oportunidad de aprender algo que me dejó marcado.

Al retirarnos, Charis me dijo que si le hacía otra jugada de esas, ella se iba a pasear por su cuenta y no me esperaría. Entonces fue cuando le recordé que la conocí un día que regresaba de mi entrenamiento en el Dojo de Kusyu Kan Karate Do, y que a ella le llamó la atención que llevara mi karategui amarrado con la cinta de mi grado. Solo se sonrió y me dijo, que así había sido pero que ya no estaban los tiempos para que volviera a sentirme el Karate Kid.