Las ovejas aprenden a contar pastores

Las ovejas aprenden a contar pastores

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Toma el salero, el vidrio de los días, 

la costra de la palabra en las paredes. 

Todo fluye, 

menos el negro río de piedra pervertida 

que construyó la cárcel de Penélope. 

La soledad es de sal, 

un arco sin tensar, 

el abandono. 

Una mujer lanza una moneda, 

cara o cruz,

contra una lluvia de navajas patriarcales.

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Algo diría de los alerces y las jacarandas, 

o del mar en el cuenco de una mano. 

El poema es una cárcel, una escudilla, 

una trampa que casi siempre falla. 

Por ejemplo; caminas contra el viento de marzo, 

sin brújula, 

sin un ovillo para marcar la ruta de regreso. 

En fin, una puerta, una escalera y el pan sobre la mesa, 

la sombra del amor para esculpir fantasmas:  aquí, 

en la ciudad que acostumbra el silencio*.

Ida Vitale