Bajo fuego, el hospital de Yenín está sobrepasado por la operación militar israelí

YENÍN, Cisjordania (EFE).- La camilla cubierta de sangre entra y sale del hospital Ibn e Sina de Yenín, mientras los disparos han rozado de cerca en varias ocasiones las puertas de su sala de emergencias, desbordada ante el creciente número de víctimas que va dejando la operación militar a gran escala del Ejército israelí en el campo de refugiados adyacente.
“¡Dios nos proteja!”, grita una palestina bajo su velo negro, mientras corre detrás de los paramédicos que, con casco y chaleco antibalas, transportan a su hijo inconsciente y totalmente pálido hasta el equipo de médicos que lo esperan.
Tres muertos y 21 heridos han llegado solo a este hospital, desde que las fuerzas israelíes incursionaron esta madrugada en el campo de refugiados de Yenín, para ejecutar una agresiva operación militar por aire y tierra, inédita desde la Segunda Intifada y que continúa tras más de 18 horas.
Los enfrentamientos desatados con milicias palestinas han dejado ocho muertos -entre ellos tres menores- y más de 50 heridos, diez graves, según el recuento del Ministerio de Sanidad, pero las cifras pueden aumentar porque los combates no han cesado.
YENÍN, BLANCO DE ISRAEL
“Los israelíes han hecho de Yenín su principal blanco, pero los hombres y jóvenes de aquí son valientes”, comenta a EFE la palestina Dalal Abu Jamis, mientras llora a su sobrino, Majdi Arawi de 17 años, en la morgue del hospital.
“Era huérfano, siempre estuvo con los jóvenes buscados (por Israel). Quería convertirse en mártir y Alá respondió", contó esta mujer de 53 años, bajo su velo rosado.
Junto al cadáver de Arawi, se apilan en los cajones refrigerados los de Ali Hani al Ghoul, también de 17 años, y de Muhamad al Shami, de 23, cuya cabeza fue totalmente cubierta con vendas.
“Estamos muy tristes por perder a todos estos jóvenes, es realmente desgarrador”, dice llorando Abu Jamis.
Entre constantes estruendos y el estridente sonido de ráfagas de fuego, enormes columnas de humo negro emanan del campo de Yenín, mientras médicos y enfermeras del hospital Ibn e Sina corren por los pasillos para atender a las víctimas, abriéndose paso entre los desesperados familiares, muchos con la ropa empapada en sangre.
“Esta es la situación más difícil que hemos tenido recientemente. Los pacientes están heridos en órganos vitales, en la cabeza y el pecho”, denunció el doctor Tawfeeq al Shobaki, jefe del departamento de cirugía del hospital.
Ante esta situación crítica, el Ministerio de Sanidad palestino ha enviado desde Ramala cuadrillas de médicos y enfermeros, junto con suministros médicos, sangre y ambulancias a hospitales de no solo de Yenín, sino también de las ciudades cercanas de Nablus y Qalquilya, aunque los centros médicos están sobrepasados.
“La mayoría de estas heridos fueron abandonados sangrando sin atención médica y hubo retraso en el traslado al hospital” por la falta de acceso a las ambulancias en la zona de conflicto, lamentó, justo antes de que una ráfaga de disparos impactara muy cerca de la puerta del hospital.
“Eso es fuego. La última vez, el vidrio de la puerta de la sala de emergencias se rompió y tres personas fueron heridas ahí mismo por fuego israelí”, cuenta el médico, sobre la última incursión, el 19 de junio, cuando un helicóptero israelí bombardeó la zona por primera vez en casi dos décadas, en una operación que dejó siete muertos y noventa heridos.
OPERACIÓN INÉDITA
Ese día los helicópteros solo dispararon para dispersar a milicianos; dos días después un dron llevó a cabo el "asesinato selectivo" de tres miembros de la Brigada de Yenín -que aglutina a todas las milicias del campo de refugiados-; pero hoy la aviación israelí atacó más de una decena de veces en la mayor operación militar en dos décadas en esa zona, "principal foco de terrorismo" según Israel.
“Ahora tenemos que vivir todos los días con esta situación. Implica daños psicológicos y retrasos en la llegada de gente esencial, como médicos y enfermeros. Hemos tenido que traerlos en ambulancias desde su casa porque no podían llegar acá en auto”, cuenta Al Shobaki, antes de entrar corriendo a la sala de reanimación.
Las caras afligidas en una de las salas de espera miran al televisor, que transmite en vivo las escenas de guerra que ocurren a pocas calles más allá del hospital, dentro del campo de refugiados, con una voz en off que asegura que las fuerzas israelíes podrían prolongar su operación durante 48 horas.
En medio del caos, una mujer con flores y su recién nacido en brazos se abre paso para intentar llegar a su casa.
Entre una urgencia y otra, los exhaustos médicos -muchos de ellos de guardia ininterrumpida durante las 18 horas que ha durado la operación israelí- se reparten tazas de café y pitas con queso.
Por su parte, el director del Hospital Gubernamental de Yenín, Wissam abu Bakr, denunció ante medios que “la mayoría de los muertos fueron heridos por metralla de misiles de aviones israelíes”, y que “los insumos médicos no son suficientes para enfrentar una agresión prolongada”
Afuera del hospital, un palestino que vende galletas y agua fría ya está acostumbrado al caos y la tragedia alrededor del hospital de Yenín, tras las cada vez más frecuentes operaciones militares.
“Nosotros aquí no tenemos opción, es morir o morir”, asegura mientras despacha un paquete de cigarrillos.
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