11-S
El pasado 11 de septiembre recordamos aquel fatídico martes de hace dos décadas, esa mañana en que fuimos testigos de uno de los acontecimientos más trágicos de la historia reciente de la humanidad.
A veinte años de distancia, todavía nos preguntamos el por qué la inteligencia y todas las capacidades de un grupo de personas tanto logísticas como económicas pudieron enfocarse hacia el fin de perpetrar un plan cuasi perfecto, dirigido, pensado y ejecutado con el único propósito de lastimar y privar de la vida a miles de personas totalmente ajenas a las causas que motivaron aquel atentado.
Ante la premeditación de tan artero ataque, no podemos esquivar preguntarnos ¿por qué?, es decir, la interrogante nos conduce de modo necesario a los terrenos de la ética filosófica respecto a preguntas tan elementales como el sentido mismo bondad o maldad de la naturaleza humana.
Sin dejar de lado por supuesto, la absurda carga religiosa de una contienda milenaria entre el islam y el sionismo, donde participa también la geopolítica relacionada con el reparto del poder económico mundial, así como la imposición de una forma de mirar el mundo.
Las víctimas, pasajeros en los aviones, trabajadores en las torres, bomberos, policías y socorristas, ninguno de ellos esa mañana despertó con la conciencia de ser responsables por agravios milenarios, su simple residencia les condenó, el sólo vivir y trabajar en una nación cuyos gobiernos -y no sus habitantes- han pretendido en ocasiones, por la fuerza imponer una visión política en regiones donde simplemente la vida se entiende de otra manera.
Así, estimado lector, el recuerdo del 11 de septiembre debe dejarnos como lección a toda la humanidad, el voltear hacia el prójimo, a buscar permanentemente la empatía con el otro, con el diferente, con el distinto, con el que no piensa, no cree, no comulga con mis valores; porque los míos no son ni pueden ser mejores ni peores que el del otro, porque ser cristiano o musulmán no debería ser jamás causa de fractura entre homo sapiens, somos todes seres de una misma especie, nacimos y moriremos, pero no esperamos que la vida nos sea cegada por causas tan estúpidas como los efímeros poderes políticos, económicos o religiosos.
Madres y padres murieron esa mañana, sus hijos ya no pudieron volver a abrazarlos, lo más difícil fue explicarles a las y los miles de huérfanos como sus amados progenitores no volvieron nunca más a sus hogares, por una razón sin razón.
La reacción de la guerra fue aún peor, Irak y Afganistán meses después tuvieron el terror en la puerta de sus hogares, misiles y una venganza disfrazada de justicia, nuevamente la Ley del Talión, otros huérfanos y en cada bomba una semilla de rencor sembrada hacia una nación que, desde miles de kilómetros de distancia alteró otra vez la vida de personas inocentes.
Guantánamo y una prisión de vergüenza donde por decreto se legalizó la tortura, convirtiéndose en lo que en apariencia se combate, y así, como efecto domino la violencia y el odio diseminados otra vez entre hermanos.
En la recapitulación, ninguna de las causas ni las de Al Qaeda ni las de los Estados Unidos, pueden justificar ni una sola de las miles de vidas humanas interrumpidas, y cada guerra sea entre naciones o contra conceptos -como lo fue la del terrorismo-, todas absolutamente todas nos llevan a los mismos escenarios que la historia ya registró y en la que todos pierden(emos), porque no hay ni pueden existir guerras justas, ninguna lo es, así como tampoco hay sistemas políticos, económicos ni religiosos que puedan considerarse verdaderos, pues todos pasarán.
Luego entonces, la reflexión del día es para nosotros, tanto Usted como yo, humanos al final de cuentas, llenos de vicios y virtudes, seres finitos en lo corpóreo, a cuya última morada nos iremos sin nada, desnudos tal como llegamos.
Humanos, acaso es tan difícil, sólo, tan sólo, aceptar al otro.
Por el Amor Libre y Fraterno dador de la Paz Humana, en el recuerdo de aquel Avándaro de 1971, también de un 11 de septiembre.
Hasta la próxima, excelente inicio de semana.



