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3am

Por Marta Ocaña / PULSO

Octubre 06, 2021 03:00 a.m.

Me despiertan los lengüetazos de Tomás- uno de nuestros cuatro Shih Tzu-. Después de 30 segundos frente al tazón del agua, y de escucharle un suspiro de satisfacción, mi mente le dice al cuerpo que las horas de sueño se agotaron. No es ni el segundo ni el tercer día consecutivo o alternado con el mismo desfase de sueño. 

En cuestión de segundos, empiezo a crear listas en el pensamiento, fechas de corte, mensajes de agradecimiento, listas de súper, menús semanales, cumpleaños próximos y pasados olvidados, visitas pospuestas y oportunidades por decantarse.

Deambulo en el éter interno mientras el ruido externo es mínimo, la oscuridad perfecta y el silencio es casi el rey de la noche. Disfruto la quietud que no compite con la revolución que sucede tres dedos hacia dentro de mi frente, internándose como un suave cincel que esculpe pronósticos, soluciones o ideas.

Teorizo sobre la posibilidad de estar preparada ante anunciados y bruscos cambios hilando mis horizontes personales. Pero la preparación nunca es la necesaria y por más intentos del intelecto por ampliar o reducir rutas y mapas, algo inesperado surge.

Los minutos avanzan a pesar del psicoanálisis que mi narrador omnisciente relata y de lo se produce en la maraña de pensamientos. Así, el sueño se aleja y la oscuridad se mantiene estacionada milímetros fuera de la ventana, mientras me convierto en trasnochada poeta de ocasión, a la espera de la nada o de la languidez, que debiera llenar mi cuerpo, en las noches cotidianas.

Me dieron las cinco y las seis y los perros reclaman jardín y aire. Las listas y los cumpleaños se quedan anotados en una noche más de insomnio sin fantasmas.