Agandalle político
Para Max Weber, la vía parlamentaria era una opción democratizadora frente a la creciente burocratización del poder público, a condición de que se fortaleciera el pluralismo partidista y, sobre todo, la formación político-ideológica de sus miembros para que la representación de las masas no fuera pasiva. Sin embargo, desconfiaba de dicha vía, precisamente por la tendencia de los representantes populares a corromper esa función, burocratizándose, para terminar en una suerte de “representación de la representación”, esto es, en la conversión de un mandato amplio en una delegación de interés sectario. Esa vía -así como la plebiscitaria- eran las formas de una democracia “posible” frente al riesgo de la dictadura burocrática; sin embargo, hacer “mucha administración” pareciera el tipo ideal de ejercicio del poder estatal de nuestro tiempo.
El caso de la pugna por la presidencia de la mesa directiva en el congreso potosino, pareciera otro botón, de una muestra cada vez más amplia, del “agandalle político” en el ámbito del rejuego parlamentario. Esto es, que cada vez se hace menos política y se busca regentear más la administración de la cosa pública por medio de una burda burocratización. En el congreso local ha escalado el escándalo por la disputa, cada vez más cínica y desvergonzada, de prebendas y privilegios personales y de facción, al extremo de que no importe si la ropa sucia se lava fuera o dentro de esa “casa”. Weber advertía que la burocratización no era exclusiva del poder ejecutivo y, en efecto, pareciera que la ocupación primordial en el poder legislativo local no es tanto hacer leyes y vigilar a los demás poderes del Estado, sino aprovechar al máximo el dardo envenenado de la burocratización.
Y así ha ocurrido desde hace rato en el congreso potosino. No hay partido que escape a la tentación de negociar cuotas y cuates dentro de la estructura burocrática de ese poder, así como con la correspondiente a otras instancias del Estado. “Pragmatismo”, le llamaba Weber a esa caracterización de la política moderna que no siempre se muestra razonable, sino como expresión de una “fuerza objetiva”. En el caso del “agandalle” de la presidencia de la mesa directiva, ciertamente no imperó la razonabilidad que descansaba en un acuerdo previo, sino la “fuerza objetiva” de contar con más votos, “de donde y como fuera”, para “ganar” esa “representación de la representación” que se conoce como mesa directiva. Y cuando la fuerza es objetiva, no hay objeción que valga, so pena de que se tenga por “objete” al que lo haga, tal y como se aprecia en los muy francotes diálogos de un chat filtrado de diputados locales.
En este 2020 se cumplen 100 años del fallecimiento de Max Weber, reconocido pensador alemán que, entre otros temas, se refirió al proceso de burocratización creciente de las instituciones del Estado capitalista. Guardadas las proporciones de tiempo y lugar, se podría conceder que buena parte de sus observaciones acerca de la política “burguesa” son aplicables a nuestra peculiar circunstancia, toda vez que, por ejemplo, la democracia puede ser cada vez más racional en su forma (técnicamente planeada) pero irracional cuando se vacía de contenido por pragmatismo y demagogia de no pocos actores políticos. En el caso que nos ocupa, la democracia parlamentaria se ha degradado por causa de esa deleznable subcultura del “agandalle”.
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