Aniversario
En un abrir y cerrar de ojos han pasado ya catorce años desde que escribí aquella primera columna, que nació sin serlo y que de manera inesperada fue publicada la segunda semana de enero del 2008.
En catorce años, hemos usted y yo, pasado por todo. Iniciamos esto (yo escribiendo y usted leyendo), cuando Felipe Calderón era presidente, pasamos por Enrique Peña Nieto y andamos ahora con López Obrador. San Luis era gobernado por Marcelo de los Santos. Pasamos ya por Fernando Toranzo, Juan Manuel Carreras y estamos atestiguado el inicio del sexenio de Ricardo Gallardo. En aquél entonces vivíamos en el estado poco más de dos millones cuatrocientos mil habitantes, contra los dos millones ochocientos veintidós mil que tenemos ahora.
Empecé a escribir con un esposo que sigo conservando porque me ha salido bastante bueno. Yo creo que él piensa lo mismo, porque aquí me tiene todavía. Escribía en aquél entonces con un bebé de menos de un año que se divertía viendo aparecer las letras en la pantalla de la computadora. En el ínter, tuvimos a otro bebé, que toda su vida ha sabido que su mamá escribe en el periódico y que le gusta fisgonear mientras tecleo. Ambos ahora, son ya unos chavitos divertidos que generalmente nos caen bastante bien a su papá y a mí. Mi abuelo y mi tío Fausto vivían y me leyeron. Murieron y los sigo extrañando. Ya no está la casa de Vista Hermosa, ni las jacarandas que plantó mi bisabuela. El candil de mi bisabuelo sigue iluminando las fiestas familiares ahora desde la casa de mi hermana.
Hace catorce años los libreros de la casa tenían todavía amplios espacios vacíos que ahora ya son ocupados por amigables habitantes que de cuando en cuándo reciben su sacudida de uno por uno. No se cuantos he leído en catorce años, pero han sido suficientes para haber sido citados aquí, en cualquiera de las más de setecientas columnas que he escrito. Mis amigos, los entrañables, siguen aquí. Se casaron, tuvieron hijos, otros se divorciaron, algunos se volvieron a casar. En ínter añadimos otros y algunos decidieron irse, así como las hojas de los árboles. Fueron amigos de temporada. Unos cuantos, afortunadamente los menos, se fueron de este mundo dejando un sentimiento de dolor por las cosas inconclusas que dejaron. Hemos visto partir también a la generación de arriba de la mía, inaugurando la segunda temporada de la vida con la espantosa certeza de tener frente a nosotros inminentes despedidas y entendiendo que en la fila, después seguimos nosotros.
He tenido en este tiempo tres trabajos y lo que más me ha gustado es que cada uno ha sido interesante y he dejado amigos en cada lugar. Comencé a dar clases y no he parado. Calculo haber tenido unos 450 estudiantes universitarios. De mis mayores orgullos, es ir por la calle y escuchar que me llaman a la voz de “¡Maestra, Maestra!”. Tenía ya dos maestrías, hice el Doctorado. Aprendí a estar frente a grupo y a estar frente a pantallas. Ya vivimos, increíblemente, dos pandemias, la de la gripa AH1N1 y la del Covid, que se ha hecho eterna, pero por lo menos hemos podido seguir vivos para preguntarnos cuándo demonios va a acabar.
Hemos visto noticias de todo tipo: desastres naturales, guerras estúpidas, noticias superfluas. Siguen vivos Chabelo y la Reina Isabel. Se murieron Michael Jackson, Vicente Fernández y Juanga. He escrito con dolor, con humor, con ironía, con seriedad y bobadas. Pero, sobre todo, he escrito por placer, por dicha, por este gozo infinito que me causa juntar palabras y hacerlas mías por unos segundos a sabiendas que en cuanto se publican, dejan de serlo, se liberan de mí y de mi teclado y entonces quien las lee hace de ellas lo que quiera. He sentido entonces el vértigo de la caída libre, la adrenalina del teclado, la rudeza de la página en blanco. Catorce años de placer puro.




