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Años desérticos

Por Yolanda Camacho Zapata

Octubre 04, 2022 03:00 a.m.

A

Hay dos figuras de la historia que me parecen fascinantes. La primera es Winston Churchill y la segunda es Álvaro Obregón.  Ambos poseían una inteligencia aguda que iba a la par de un humor mordaz de la que nadie se libraba, incluyéndose ellos mismos. Bien conocidas son las bromas auto infringidas que Obregón hacía sobre su brazo, o más bien sobre la falta de él, y Churchill sobre su nada delicado físico. 

Ambos personajes encabezaron en diferentes, pero no tan lejanas épocas sus respectivos países y, sin embargo, resultan mucho más interesantes sus  años de sequía política; es decir, aquellos donde no figuraron mayor cosa en un primer plano del escenario.  Para el caso de Churchill, Martin Gilbert, uno de sus biógrafos, bautizó a este período como “Los años en el desierto”. La franqueza del político inglés y su testarudez habían hecho que el hombre acumulara un buen número de adversarios que preferían verlo de lejos o no verlo. Así, de 1920 a 1930, Churchill vivió una especie de exilio político que incluso le hizo  quedar prácticamente en bancarrota. A pesar de seguir siendo miembro del parlamento, ningún líder le invitó a formar parte de gabinete y le evitaban sin disimulo. Tal era la gravedad de sus finanzas que incluso decidió ir a Estados Unidos a buscar ciertas inversiones en las cuales depositó todos sus ahorros que, para su mala suerte, perdió durante la Gran Depresión de 1929. La amenaza nazi, mientras tanto, prosperaba y Churchill predicaba desde su desierto alertando sobre el poderío que Hitler acumulaba y no había quien le tomara en serio. 

Por su parte, la vida de cualquier ex presidente de México suele estar llena de intenciones para borrarlos de la historia o bien satanizarlos, y el caso de Obregón no fue excepción. El sonorense volvió a su natal cuasi desértica, donde imprimió tarjetas de presentación que aún se conservan, en las que simplemente se lee “Álvaro Obregón, Agricultor”. Si bien es cierto nuestro paisano tuvo un productivo destierro en el cual pidió créditos para fomentar en su rancho el cultivo de garbanzo, trigo y algodón e incursionó en el muy novedoso negocio de la compra venta de combustible para vehículos motorizados; lo cierto es que sus energías las enfocaba en planear el regreso  que al principio se antojaba fácil pero que luego fue entorpecido por el presidente Calles, que en cierto momento había sido su claro heredero.

Ahora bien, ambos políticos enfrentaron en esos años áridos, la dureza del inevitable abandono de quienes en cierto momento catalogaron como amigos o por lo menos, aliados. Después, la realidad se impuso. Los amigos resultaron no serlo y los aliados decidieron que al no haber utilidad alguna en ambos personajes, desaparecerían. Churchill pidió préstamos a quienes consideraba íntimos y se le hicieron ojo de hormiga. Obregón buscó alianzas políticas con liderazgos locales y hubo muchos que cual Judas, lo negaron tres veces, a pesar de deberle mucho. Con el tiempo, Obregón fue reelecto Presidente y Churchill Primer Ministro. A Obregón lo asesinaron antes de volver a ser la cabeza del Estado Mexicano; Churchill vivió para liderar a su país contra la Alemania nazi. 

La referencia a estos personajes resulta oportuna para  recordarnos que en política, nadie que haya probado las glorias del poder, será excluido de ser enviado por temporaditas al desierto más hostil. Pocos son los y las políticas que avientan (porque nadie se inmola solito) desde el techo y caen parados. El resto, aunque muestren genio extraordinario, tendrá que vivir en el desolado purgatorio del poder. Eso sí, sólo los listos sobrevivirán, entenderán la belleza del desierto y aprenderán a vivir a pura dieta de biznagas.