Aprendiz de albañil
Desde que en mi más tierna infancia me encargaron escribir unas calaveritas en verso, supe que lo mío no era andar componiendo poesía. Mi mamá acabó encargándose de ese tipo de tareas durante los primeros años de la primaria; después, hacía como que me dejaba sola, pero siempre acababa soplándome las rimas: “- A ver, tuerto rima con muuuu..-“ “-¡Muerto!-“ respondía yo triunfalmente y por dos segundos creía que la idea había sido mía.
Luego, entendí que habría cosas en la vida para las cuales yo sería una verdadera inútil, pero que quizá estaría alguien a mi lado para ayudar a compensar mis incapacidades.
Antier puse el altar de muertos. No fue gran cosas, no había tenido tiempo en la semana, por lo que me encontré sin cempasúchil, ni cal, ni papel picado. Pero tenía lo más importante: los muertos y ganas de que volvieran. Fui viéndolos de uno en uno y recordé que en algún momento leí un texto que hablaba sobre la tendencia a casi santificar a los que se murieron antes que uno: el borracho insoportable, de muerto se convierte en “el alma de las fiestas donde iba”; la chismosa consumada, en “la mujer más al pendiente de los demás”. En mi caso, poseo una políticamente incorrecta tendencia a no filtrar las cosas. Tengo a mis muertos bien mediditos. Así me entiendo mejor con ellos. Hasta no haber prueba en contra, no creo que estén en ningún lugar. Ni mejor, ni peor. Para mí, estuvieron y se acabó. Sin embargo, eso no me ha impedido aventarme largas pláticas con ellos. Creo que muchas veces, son los que me soplan el final de las rimas que no me salen.
El viernes al conectarme en clase, la pantalla me mostró de trancazo a 40 espíritus chocarreros que un día antes eran mis muy normales alumnos. A iniciativa de uno de ellos, ese día a las tres de la tarde, decidieron ser todos fantasmas. Se pusieron sobre la cabeza una sábana, lentes y algún sombrero. Tuve la mejor carcajada de todo el bendito año. La puntada me devolvió de golpe la alegría que a ratos se esconde entre estos meses difíciles. Reí hasta llorar. Agradecí en el alma que por mas azotado que esté el mundo, siempre hay alguien, algunos, que optan por la sencillez que es madre de toda alegría. Entre el dolor, la enfermedad y la muerte, hay quienes se ufanan en encontrar la dicha. Es más, no es que la encuentren, es que ellos deciden construirla.
De marzo para acá, queridos amigos han perdido a causa del Covid, a sus padres, hermanos, primos, amigos. Lo peor, coinciden todos, fue no poder estar con ellos en sus últimos momentos. Se queda un sentimiento que ni siquiera tiene nombre, pero donde anida un eterno inconcluso. “-En mi caso, desde junio hay momentos donde me quedo sin aire. Así, sin nada en los pulmones, como si no les cupiera nada, como si se hubieran sentando sobre mí. Me asusto. Pienso que ya me contagié, pero luego se que no, que es la ausencia de mi papá, que ya no está. Y entiendo que ahora cargo conmigo una especie de oscuridad que me quita el aire.”- La escucho mientras veo cómo me acomoda en bandejas la comida que de cuándo en cuándo le compro para casa y pienso en Tita, la protagonista de Como Agua para Chocolate, que mezclaba lágrimas con guisos. El mole de esta nueva Tita tiene tintes de almendra y chocolate, pero desde mediados de año, sabe también a lágrimas de ausencia.
Prendo las veladoras y se viene un vientecito frío, típico del otoño de San Luis. Fuera creyente, diría que me están enviando un mensaje de ultratumba: “-Estamos aquí, venimos a visitarte-“. Lo cierto es que dejé una pequeña rendija abierta por donde se cuela el frío. Me río de mi propio cinismo y volteo a ver las fotos de ellos, que creo también se ríen conmigo, porque el fruto no cae lejos del árbol.
El martes volveré a clases, prenderé mi computadora y mis alumnos ya no serán fantasmas. Volverán a ser lo que siempre han sido: constructores de alegría y yo, su aprendiz de albañilería.



