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Barbarie

Por Miguel Ángel Hernández Calvillo / PULSO

Marzo 08, 2022 03:00 a.m.

Rosa Luxemburgo planteó el di-lema “socialismo o barbarie”, luego de la primera gran guerra mundial, precisando su postura de apostar por la maduración de las contradicciones del capitalismo y esperar su derrumbe: había que acelerar el proceso, pero sobre todo precisar su dirección: el socialismo era una alternativa que podría no ser inevitable, pero la barbarie sí era una realidad concreta y, por tanto, un subjetivismo crítico tendría que abrirse paso entre el economicismo imperante. A Rosa le costaría la vida ese posicionamiento que advertía del riesgo de que la barbarie llegara a extremos insostenibles -como luego se confirmaría con los horrores del nazismo-, incluso para la vida entera del planeta, no sólo por la expansión imperialista sin freno y su cauda de violencia a personas y pueblos -sobre todo los más débiles en las periferias-, sino hasta por la agresión a la naturaleza que conlleva la devastación de bienes comunes, en aras de acumular, incesantemente, una riqueza económica desmesurada en pocas manos. 

Frente al peso de las condiciones de fuerza impuestas por intereses económicos, políticos y de cualquier otra índole para avasallar nuestra subjetividad, la opción de la barbarie tenía que ser desterrada y traducirse en rechazo, resistencia, condena; empero, lamentablemente, la violencia extrema siempre está latente como posibilidad para la degradación de lo que conocemos como “humanidad”, ese paradigma que se pretende como absoluto en la denominada “modernidad”, como epítome del “progreso”, pero que la terca realidad desmiente de manera reiterada. Toda violencia es condenable, desde la simbólica hasta la física, pasando por la económica, sea cual fuere su grado de afectación, de crueldad, de brutalidad. Como sea, la barbarie es, en efecto, la negación de cualquier sentido de humanidad, de indignación amplia ante el dolor de los demás, así sea que la violencia provenga de los propios propagandistas de un presunto progreso general.  

La “mirada del ángel de la historia” que refiere Walter Benjamín en su Tesis IX “Sobre el concepto de la Historia”, a propósito de un famoso cuadro de Paul Klee, vuelve a recordarnos que el presunto progreso de la humanidad puede darse sobre las ruinas de un pasado que, empero, vale la pena mirar para no dejarse llevar por el canto de las sirenas de un futuro que se ofrece como exento de violencia extrema: “el ángel de la historia quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido, pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas, arrastrándolo hacia el futuro al cual vuelve las espaldas”. Benjamin observaría a las revoluciones ya no tanto como parteras violentas de la historia, de cierto marxismo ortodoxo, sino como “las formas en que la humanidad, que viaja en la locomotora de la historia, jala el freno de emergencia”. Pugnar por la paz, por la no violencia en cualquiera de sus manifestaciones, teniendo presente el dolor tributado por tantos en el pasado, evitando el arrastre a un futuro que se presume como progreso ilimitado pero, en el fondo, de beneficio (político, económico, etcétera) para unos cuantos. Con independencia de las alternativas que se ofrezcan para el futuro, desterrar la barbarie como opción es más que necesario, empezando por fortalecer la subjetividad crítica de propios y extraños.