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Chi’i’ibal

Por Marta Ocaña / PULSO

Noviembre 17, 2021 03:00 a.m.

Afuera una boca de lobo se humedece por la vecindad -con una selva- que linda con el urbanismo carretero del siglo XXI.

Es el sur del país, el sur maya y el sur de un sobre desarrollado territorio, que experimenta desgarros en favor de algo indecible, llamado progreso.

Antaño, tierra de una mítica civilización que, en su prehispanidad, no conoció de países o naciones, más fue cuidadosa del perímetro conquistado a la selva y a los reptiles. Tierra de la serpiente emplumada, del misterio sobre el conocimiento astronómico, de la orfebrería, el alto relieve y la conexión con el infinito, visible solamente desde primitivos observatorios, creadores de mágicas estrategias para leer el universo.

Camino mitad selva, mitad asfalto y concreto se adereza con casetas de peaje, servicios y paraderos para consumir coca colas, marinela, sabritas y sus derivados. Chatarra comestible que transmite saciedad y placer al paladar.

La región maya experimenta un tiempo que a su vez, es sobrante de un tiempo que se agota a cuentagotas en una pernocta sobre ruedas.

En viaje de trabajo por el placer y porque sí. Porque Mérida seduce y deslumbra con tan solo deletrear sus patronímicos o sus gentilicios. Ciudad con gramática estética, paseos blancos bajo la palma o la sombrilla, con el sol a plomo; mercenario de todas las especies de sombras.

Tierra lejana “pa’ los” del centro y el norte. Atractivo “pa’l” turista propio y ajeno. Litoral sin mares o ríos, enmarcado por el alba en las guayaberas y las ceibas.

El mundo es bello y México también, tanto si es una boca de lobo a mitad de la noche o un paseo por el deslumbrante otoño en el sur mexicano. 

Chi’i’ibal, vocablo que evoca la unión entre algo más que ciudadanos o miembros de alguna comunidad. Interpretado como identidad, chi’i’ibal desdibuja las barreras entre personas. Pronunciarlo lleva a tejer comunidad y olvidarse de los individualismos retrogradas que nos retuercen la existencia.