Cinco con todo
Mexicano que se respeta tiene su taquero de cabecera. Es más, depende el tipo de taco, deberá de haber varios proveedores a la mano, porque no es lo mismo un taco sudado, que dos de bistec, tres de pastor, y otro de barbacha, por fa, joven.
Los taqueros en México son tan necesarios como contar con a un médico de confianza. Para la salud del cuerpo, es indispensable tener siempre con un Doc que te saque de apuros, que conozca la historia de cómo se apachurró el dedo chiquito del pie y que también reconozca cuando sale el pequeño hipocondriaco que todos traemos dentro. Nuestro médico de confianza es aquél que, mal cruzando el umbral de la recepción de su consultorio, nos empezamos a sentir mejor, aunque todavía ni nos revise. Con la simple sonrisa de Juanis atrás del mostrador, mas el familiar olor a alcoholito y Cloralex basta. Para todo lo demás, están los taqueros.
Ellos no lo saben, pero nos acompañan en los momentos de miseria absoluta, gozo indescriptible o hastío profundo. Cuando andamos quebrados ajusta para los tacos, cuando hay bonanza, también. Nada mejor hay para equilibrar la vida, que una orden de cinco tacos con todo. Si el llanto está al borde, pero uno se siente estúpido de soltar la lágrima, lo mejor es echarle harta salsa martajada al taco: empiezan a fluir mocos y lágrimas y ya no se necesita pretexto. Si uno anda festivo, hay que acompañar el gozo con cebolla sancochadita y un chile toreado, nomás por el mero gusto de decir riéndose “¡Uta, nu, ma, está bien che picoso!”. Si la vida dio vueltas sin sentido y quedó desacomodada, ahí están los taquitos de bistec con queso, para que todo vuelva a ponerse en su lugar.
No hay nada más democrático que un taco. Ahí, en el puesto más fregado de la esquina, bien que pueden compartir banca despintada el maistro que acabó la jornada, o el chavo más fresón, unidos por la necesidad que les rellenen la cazuelita con limones partidos en cuartos.
Desde bien chavillas mi papá se encargó de que mi hermana y yo formáramos panza de músico en gira. Nos llevó a probar tacos en lugares insospechados y bajo dudosas condiciones sanitarias. Buenísimos. Hasta ahora, conservo unas defensas estomacales dignas de envidia. Ahí, en las taquerías, comenzó mi gusto por la comida y la desconfianza por la gente a la que no le gusta comer. Nada más sospechoso que dejar una de las dos tortillas del taco, cuando todavía sobra carne. Por su modo de morder el taco los conoceréis, debió decir la Biblia.
Yo tengo dos taqueros de cabecera. Para taquitos de bistec, nadie como Guicho, ahí por la Garita. Yo tenía como 13 años cuando mi papá nos llevó a probar las gringas que prepara y se volvió un mandato ir por sus tacos cada que llegábamos de viaje. Guicho cambió su carrito por otro más reluciente y se dio el lujo de rentar el local de enfrente para poner mesas y sillas para comer más cómodamente. Amplió el menú con tortas, y ahí sigue, con el refri lleno de Boings, abriendo cada noche.
Para la mañana, nada como los tacos de canasta de Leo, en Balcones del Valle. A él lo descubrí ya de adulta y en la vida que tenemos los Godinez. Me lo presentó Chikis, una amiga que hice en un trabajo anterior. En ese entonces, Leo era un chavito bastante joven, con necesidad de dinero y un chorro de ganas de salir adelante. Le entró al guisado de huevito rojo, revoltillo de albañil, chicharrón, cochinita, papas y frijoles con manteca y lo hizo su negocio, que después se convirtió forma de vida. Empezó con una mesita enclenque y una hielera. Con el paso del tiempo ya había dos hieleras y una novia a lado, igual de trabajadora que él. Ahora ya atiende con su esposa, tres hielerotas donde quepo acostada y un toldo muy nice. Los fines de semana anda por ahí su hijo, que es la viva imagen de su papá, pero versión mini. Si uno le va a encargar hartos tacos, hay que apartarlos un mes antes, porque no le gusta quedar mal. Yo ya soy de confianza, me presta su hilera y aún así, he ido a comprarle a las nueve y media de la mañana en fin de semana y con la pena me dice que ahí para la próxima, porque ya se le acabaron.
El éxito de los taqueros resulta reconfortante y esperanzador. Si la vida se desgracia o si hay que festejar, ahí están ellos, sabiendo que eventualmente cada quien encontrará la salsa que aguante, que a veces hay que dejar la cebolla y el cilantro a lado, que ocasionalmente uno anda de humor para una coquita de vidrio, pero que a veces hay que decantarse, de plano, por una cerveza bien fría. Ahí andan los taqueros, dándole continuidad a la vida, sabiendo que todo pasará, un taco a la vez.
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