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Claudia Hyde

Por Jorge Chessal Palau

Abril 13, 2026 03:00 a.m.

A

Dos escenografías del poder. En la tribuna propia se cultiva la serenidad y en la intemperie del cuestionamiento emerge el carácter duro.

La frase viene bien para pensar algo que muchos hemos notado al ver a Claudia Sheinbaum. En la mañanera suele aparecer como una presidenta más ordenada, técnica, sobria, casi de laboratorio, con datos, cifras, tono controlado, gesto medido. Pero cuando la pregunta llega desde fuera del guion amable, cuando el cuestionamiento no entra en la lógica del atril ni en el ritmo del micrófono oficial, la escena cambia. La voz se endurece, el gesto se cierra, manotea más y la respuesta se vuelve menos cortés y más defensiva. 

No hace falta ser crítico suyo para advertirlo, basta con haber visto videos, recortes de prensa y algunas de sus respuestas más tensas en las últimas semanas. La propia cobertura periodística ha subrayado que sus mañaneras tienen un estilo más sobrio y ecuánime que las de López Obrador, y que ese formato además le ofrece un terreno bastante más controlado

Pero está el otro registro. Ahí sigue reciente su reacción al informe del Comité de la ONU contra la Desaparición Forzada. En esa ocasión ya no vimos a la doctora de tono técnico y compostura académica, sino a una presidenta irritada, elevando el tono, rechazando el diagnóstico y sugiriendo una intencionalidad política detrás del señalamiento. ¿Y qué tal con los transportistas y agricultores y el flamígero dedo índice autoritario presidencial? 

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¿Significa que Sheinbaum tiene una doble personalidad? No necesariamente. Significa algo quizá más añejo e interesante: que el poder cambia de modales según el escenario. Y para entenderlo, curiosamente ayudan más Batman y Robert Louis Stevenson que muchos analistas de café.

Tomemos primero a Harvey Dent. Para quien no viva metido en el universo de Batman, vale una explicación rápida. Harvey Dent es el fiscal brillante de Ciudad Gótica, el hombre correcto, la cara decente de la ley, el funcionario en quien todavía puede depositarse algo parecido a la esperanza institucional. Después de una agresión brutal, queda desfigurado de un lado del rostro y termina convertido en Dos Caras, un personaje que decide el destino ajeno lanzando una moneda. El hombre público de la ley y el hombre herido que ya no cree en ella.

No se trata de decir que Sheinbaum sea Dos Caras ni de caer en la tontería de comparar a cualquier político con un villano de cómic. La utilidad de Harvey Dent está en otra parte, pues nos recuerda que el poder siempre trabaja con dos rostros, una cara para la ceremonia, otra para la confrontación; una para el discurso, otra para el momento en que alguien le pega a la autoestima del mando. 

La otra referencia es todavía más clara. El doctor Jekyll y Mr. Hyde, para quien sólo conozca el nombre, trata de un médico respetable, educado, perfectamente integrado a la sociedad, que logra separar de sí mismo un lado oscuro y brutal, encarnado en Hyde. La novela se volvió un clásico porque entendió que debajo de la compostura puede vivir una fuerza mucho menos amable, y la civilización no siempre elimina esa fuerza, a veces sólo la maquilla.

El formato, el protocolo y la tribuna funcionan como maquillaje institucional. Afuera, cuando la crítica no viene domesticada por la liturgia oficial o los coordinadores de comunicación social, aparece el temperamento sin tanto filtro, el real.

Por eso la discusión interesante no es si Sheinbaum es una en la mañanera y otra en la calle, sino más bien cuánto de la política actual consiste en gobernar y cuánto en controlar el escenario desde la que se gobierna. Porque una cosa es responder desde el podio propio, con la utilería acomodada, el foco correcto y el turno previsible y otra muy distinta es responder cuando alguien te arranca media escenografía y te obliga a hablar sin esa protección.

Estamos viendo dos escenografías y a veces basta con que se mueva el telón un poco para que el carácter verdadero entre en escena.

X: @jchessal