Lo que ocurre en el caso de Venezuela es una muestra más de cómo se las gasta el poder del capital financiero internacional asociado con gobiernos imperialistas, como el gringo que encabeza Donald Trump, para desestabilizar a esa nación en aras de la riqueza petrolera que representa. Ciertamente, en el país sudamericano se vive una polarización social grave pero el extremo de la guerra civil es auspiciado, perversamente, por el gobierno trumpista, so pretexto de “restaurar la democracia”, “recuperar la libertad” y demás abstracciones que, con todo y lo cuestionables que sean en la realidad, deben ser resueltas por los propios venezolanos. Como diría un clásico “la novedad del método no cambia la historicidad del objeto” y el “viejo imperialismo” sigue presente como siempre, así sea que ahora vaya envuelto como un dulce.
Aquí lo que interesa destacar es la manera en que se remozan los discursos del poder financiero y político trasnacionales para tratar de justificar el intervencionismo en una nación soberana. En ese orden de ideas, es alarmante que ya el gobierno de Trump haya emplazado a sus homólogos europeos, con los que mantiene alianzas de negocios, como Alemania, Francia y Reino Unido, para que apoyen un eventual derrocamiento de Nicolás Maduro (“La Jornada”, 27 de enero de 2019), dando por descontado que otros como el brasileño Bolsonaro y el argentino Macri son aplaudidores oficiosos de sus políticas derechistas. Haciendo el trabajo sucio, esos países están urgiendo a Maduro para que convoque a elecciones en un plazo de ¡una semana!... o se atenga a las consecuencias.
En tal contexto, la posición del gobierno mexicano ha sido la correcta. El presidente López Obrador ha sido enfático en respetar los principios de política exterior contenidos en el artículo 89, fracción X, de la Constitución General de la República, como “la autodeterminación de los pueblos; la no intervención; la solución pacífica de las controversias; la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales; la igualdad jurídica de los Estados; la cooperación internacional para el desarrollo; el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos y la lucha por la paz y la seguridad internacionales”. Una postura prudente y, sobre todo, apegada a la legalidad; aunque no pasiva porque, incluso, se ha ofrecido mediar entre las partes y eso hace una enorme diferencia con gobiernos que han rayado en la indecencia, practicando lo que James Petras ha denominado, crudamente, como “lamebotismo”.
Una postura pasiva de los Estados de la región latinoamericana va con esos nuevos ropajes que se le han pretendido colocar a las viejas prácticas intervencionistas de ciertos países imperialistas, como sería el caso recurrente del gobierno estadounidense. Así, por ejemplo, referirse a la noción de “imperio” (Hardt y Negri) y no como “imperialismo”, puede parecer una diferencia menor, pero contiene una carga justificadora del intervencionismo extranjero, bajo el supuesto de que los Estados han perdido poder político y no les ha quedado de otra que subordinarse al poder del capital trasnacional, representado por grandes empresas multinacionales, pero en nombre de cuyos intereses comerciales hablan gobiernos que, como el gringo, terminan reconociendo, en los hechos, que “no tienen amigos, sino intereses”.
¿Y cómo se puede catalogar el autonombramiento de Juan Guaidó como “presidente interino” de Venezuela? ¿Cómo “golpismo suave”? ¿Cómo una dizque “vuelta a la democracia”… demoliendo la democracia? El punto es que, mientras resuelven su crisis los venezolanos, intereses externos acechan como buitres. Maduro ha ofrecido dialogar pero a eso “se oponen los opositores” (no es perogrullada) de dentro y fuera de su país. Y esa oposición es promovida por personajes impresentables de la vieja guardia imperialista estadounidense, como el “reaganiano” Elliott Abrams, célebre por llevar a la práctica la doctrina del “gran garrote” que postulara el presidente gringo Theodore Roosevelt a principios del siglo pasado pero que, como puede verse, sigue más que presente los días que corren. Por todo esto, es de aplaudirse la postura del presidente AMLO de no allanarse a las bravatas del imperialismo trumpista, reivindicando el sentido de la “Doctrina Estrada”, antes perdido y traicionado por los últimos gobiernos “prianistas” que, como los de Fox, Calderón y Peña Nieto, no se midieron en tanta indignidad que ofrecieron.
Aquí lo que interesa destacar es la manera en que se remozan los discursos del poder financiero y político trasnacionales para tratar de justificar el intervencionismo en una nación soberana. En ese orden de ideas, es alarmante que ya el gobierno de Trump haya emplazado a sus homólogos europeos, con los que mantiene alianzas de negocios, como Alemania, Francia y Reino Unido, para que apoyen un eventual derrocamiento de Nicolás Maduro (“La Jornada”, 27 de enero de 2019), dando por descontado que otros como el brasileño Bolsonaro y el argentino Macri son aplaudidores oficiosos de sus políticas derechistas. Haciendo el trabajo sucio, esos países están urgiendo a Maduro para que convoque a elecciones en un plazo de ¡una semana!... o se atenga a las consecuencias.
En tal contexto, la posición del gobierno mexicano ha sido la correcta. El presidente López Obrador ha sido enfático en respetar los principios de política exterior contenidos en el artículo 89, fracción X, de la Constitución General de la República, como “la autodeterminación de los pueblos; la no intervención; la solución pacífica de las controversias; la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales; la igualdad jurídica de los Estados; la cooperación internacional para el desarrollo; el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos y la lucha por la paz y la seguridad internacionales”. Una postura prudente y, sobre todo, apegada a la legalidad; aunque no pasiva porque, incluso, se ha ofrecido mediar entre las partes y eso hace una enorme diferencia con gobiernos que han rayado en la indecencia, practicando lo que James Petras ha denominado, crudamente, como “lamebotismo”.
Una postura pasiva de los Estados de la región latinoamericana va con esos nuevos ropajes que se le han pretendido colocar a las viejas prácticas intervencionistas de ciertos países imperialistas, como sería el caso recurrente del gobierno estadounidense. Así, por ejemplo, referirse a la noción de “imperio” (Hardt y Negri) y no como “imperialismo”, puede parecer una diferencia menor, pero contiene una carga justificadora del intervencionismo extranjero, bajo el supuesto de que los Estados han perdido poder político y no les ha quedado de otra que subordinarse al poder del capital trasnacional, representado por grandes empresas multinacionales, pero en nombre de cuyos intereses comerciales hablan gobiernos que, como el gringo, terminan reconociendo, en los hechos, que “no tienen amigos, sino intereses”.
¿Y cómo se puede catalogar el autonombramiento de Juan Guaidó como “presidente interino” de Venezuela? ¿Cómo “golpismo suave”? ¿Cómo una dizque “vuelta a la democracia”… demoliendo la democracia? El punto es que, mientras resuelven su crisis los venezolanos, intereses externos acechan como buitres. Maduro ha ofrecido dialogar pero a eso “se oponen los opositores” (no es perogrullada) de dentro y fuera de su país. Y esa oposición es promovida por personajes impresentables de la vieja guardia imperialista estadounidense, como el “reaganiano” Elliott Abrams, célebre por llevar a la práctica la doctrina del “gran garrote” que postulara el presidente gringo Theodore Roosevelt a principios del siglo pasado pero que, como puede verse, sigue más que presente los días que corren. Por todo esto, es de aplaudirse la postura del presidente AMLO de no allanarse a las bravatas del imperialismo trumpista, reivindicando el sentido de la “Doctrina Estrada”, antes perdido y traicionado por los últimos gobiernos “prianistas” que, como los de Fox, Calderón y Peña Nieto, no se midieron en tanta indignidad que ofrecieron.

