Errare humanum est

Pocos conocen la segunda parte de la expresión latina: Sed perseverare diabolicum. Es decir, equivocarse es humano, pero persistir en el error es diabólico.
Todos los días nos equivocamos. La búsqueda de la perfección y la aceptación social han dañado a muchos. Los errores son parte importante del aprendizaje y solo reconocemos parte de ellos como vía de pensar y mejorar. Lo más cómodo es quedarse callado o charle la culpa al de al lado. Lo vemos a la hora de decidir prioridades, poner funcionarios de esos que no necesitan elección, o a la hora de quitar personas que sí hacían bien su trabajo.
Tampoco está bien burlarse del que se equivoca o, peor, de quien creemos que se equivoca. Los “te lo dije” no son muy positivos que digamos; ni el estar corrigiendo todos los errores de dedo de los prójimos.
Asegún. En escritura se dice, mejor dicho se escribe: hay de erratas a herratas.
Las decisiones conscientes o inconscientes bifurcan el camino y, como dicen en la serie El buen lugar (The good place), cada vez es más difícil ser bueno o al menos tomar decisiones que no afecten vidas o ecosistemas.
Algunos recordarán El ruido de un trueno, el cuento de Ray Bradbury de 1952 y lo recordamos porque venía en uno de los libros de lectura de primaria. En este cuento, escrito en 1952, el protagonista decide tomar un safari al pasado, con una compañía que maneja máquinas del tiempo. Se va a cazar un tiranosaurio, pero el encargado del viaje le advierte:

«No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. […] No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. […] Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies. […] Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!»

No se salga del sendero. Y ya se imaginarán. Las decisiones deben tomarse a conciencia, previendo las posibilidades, las realidades alternas. Algo así como en El fin de la eternidad, de Isaac Asimov.
Con tropezones, los nuevos gobiernos van aplicando lo que consideran transformaciones o continuidades, que a veces no son ni lo uno ni lo otro, pues todo es del cristal con que se mira. Los cambios presupuestales, salariales y de trabajo ya se empiezan a aplicar en diversas dependencias de gobierno. Ya la semana pasada hablamos de Dr. House, un médico especializado en diagnósticos.
¿Quién decide y qué tanto asume los costos? Ya se sabe que hay quienes no trabajan, hay de plano aviadores, unos más son recomendados o colaboradores del nuevo jefe, y quienes (los más) ganan poco, pero espero que quienes han llegado a los puestos de decisión no se vayan con la finta y sieguen cabezas según lo primero que les digan.
En Twitter se habló del caso del Servicio de Administración Tributaria (SAT), del Instituto de Seguridad Social al Servicio de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) y más recientemente de la Biblioteca Vasconcelos. El recorte en ciertos programas, en algunos sectores, como cultura y ciencia, es motivo de análisis que deben ser neutrales. La fusión de algunos programas, el cambio de lugar de las dependencias, los nombramientos, todo tendría que hacerse con pinzas, para no lesionar a quienes son la base, a quienes no se habla en los grandes círculos, porque están en lo suyo, trabajando.
Hace poco despidieron a un buen amigo, muy chambeador. Otro amigo, con mucha sorna, solía decir: “El que sabe, sabe, y el que no, es jefe”; y no siempre, porque he tenido jefes maravillosos y que gustan de compartir conocimientos y mejorar la situación laboral de sus empleados. Alguien más, que no era amigo, llegó a un nuevo empleo pidiendo el expediente de todos y queriendo cortar cabezas, solo porque se le ocurrió adelgazar la nómina: se quedaron los que no producían.
Sí, a la hora de llegar a un lugar y proponer cambios, conviene saber historias y saberes, necesidades. Entre lo más reciente, está el nombramiento de funcionarios presuntamente implicados en la Estafa Maestra. Ojalá rectifiquen y se empiece a castigar a los que nos han estafado por décadas.
Los consejeros y asesores a veces son más de cuidado que los funcionarios. Los nuevos Richelieus son los que mueven las decisiones, para bien o para mal.
Miguel León Portilla, a quien deseo se restablezca, pues está internado en un hospital, lo dice en Libro IV Códice Florentino; Huehuetlahtohllii, testimonios de la antigua palabra:

«Acércate a quienes por todas partes van haciendo lo excelente, dando brillo, dejando lo bueno, imponiendo orden con prudencia, alegría y serenidad. A quienes son cofre y caja, sombra y abrigo, gruesa ceiba, sabino generoso que da brotes y se yergue poderoso, firme».

Acercarse y oír, no quedarse con lo que dicen los cercanos. Cambiar es atreverse, aventurarse para que los cambios no sean superficiales. Mejor, algo como lo que dice TS Eliot:

«¿Me aventuro yo acaso a perturbar el universo?
En un minuto hay tiempo suficiente
para decisiones y revisiones que un minuto rectifica…»

Equivocarse y seguirle, ni modo. En política y en amor, en todo. (O en la escritura: errata humanum est.) Lo importante es que nos sirva de experiencia. Hasta el siguiente domingo.

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