Extravagancia
La extravagancia es algo así como estar fuera de rumbo o de sentido (común), como un deambular perdido, pero que no necesariamente implica estar medio loco, sino -en todo caso- hacerle al ídem. Pero hay casos notables de personajes que hicieron de ese rasgo personal hasta una virtud encomiable, sobre todo considerando que respondía a un espíritu de procurar un bienestar generalizable en la sociedad, aún y cuando se tuviera como empresa utópica o irrealizable. Uno de estos casos es el de Juan Nepomuceno Adorno, un ingeniero mecánico mexicano de mediados del siglo XIX, que ha sido descrito por don Pablo González Casanova como un destacado impulsor de la innovación tecnológica de su tiempo que, empero, no tuvo mayor suerte de aterrizar sus inventos por la situación de caos imperante en el México de entonces, pero que mostraba, sobre todo, la fe inquebrantable en el avance del “progreso” que una época auroral del capitalismo industrial estaba tomando su lugar en nuestro país (“Un utopista mexicano”, Lecturas Mexicanas, SEP, México, 1986).
Se trataba, pues, de un espíritu “creativo” que lo mismo planteaba diseños de carruajes que no fueran fácilmente asaltados en los peligrosos caminos plagados de gavillas de bandoleros, que fusiles sofisticados para protección personal y generalizada de la población, sin contar con máquinas para fabricar cigarrillos que contribuyeran a disminuir el contrabando de tabaco y, por ende, a fortalecer la economía nacional, o bien, molinos de vapor para procesar trigo y asegurar el abasto de pan para la población de la capital mexicana, sobre todo de los pobres que padecían más gravemente las cotidianas convulsiones sociales y políticas de la época. En suma, un espíritu innovador pero con orientación social y utópica en el sentido de aspirar a la felicidad de todos, así fuera que se desdeñaran cuestiones decisivas como las condiciones de competencia entre agentes económicos y su “racionalidad” en términos de un costo-beneficio, situación ésta última en la que, refiere González Casanova, “Adorno mostró (…) que era el perfecto encubridor-descubridor, y si dio amplias pruebas de preocuparse por abastecer el vientre de la ciudad (…) también puso a don Quijote de molinero, en un negocio próspero quizá (…) pero que lo incapacitaba para luchar contra los molinos verdaderos o de viento” (Ibid., p. 39).
En una época caracterizada por la prevalencia del caos, de interminable lucha de facciones que trataban de orientar el rumbo del país y apropiarse del Estado como entidad política que (im)pusiera “orden y progreso”, la utopía de Adorno resultaba impracticable, pero denotaba el nuevo espíritu de transformación en las instituciones que empujaba una nueva generación de mexicanos que, desde el inicio del movimiento de Independencia y aún con sus diferencias y vaivenes ideológicos, lograron construir un poder capaz de determinar a la economía y no sólo ser determinada por ella. El nuevo Estado nacional sería un poder centralizado, ciertamente autoritario, pero impulsor de reformas materiales -que no pocas veces chocaría con reformas legales- y que, para Adorno, significaban la posibilidad de alcanzar la utopía de salvar de la degradación y miseria a la mayoría de la población. Terminar con tanta vagancia y vandalismo que pululaban por doquier, planteando una teoría del valor que tenía el trabajo como fuente de riqueza, pero sin considerar al otro polo y sujeto de la relación, es decir, del capital, se convirtió en una suerte de redención utópica anclada en el providencialismo del hombre-gobernante sumado a la gracia de Dios y la armonía de la Naturaleza, en línea con el romanticismo social de la época.
Lo anterior viene a cuento para reflexionar sobre casos de nuestra realidad actual en los que, luego, se advierte un peculiar protagonismo de actores políticos que hacen de la extravagancia un medio para llevar agua a su molino, pero sin un ápice de interés genuino para resolver los problemas que aquejan a una comunidad; nada que ver, en suma, con historias como la referida líneas arriba que, utópicas y todo, respondían a un espíritu de solidaridad.




