logo pulso
PSL Logo

Falsa crónica de unas cuantas verdades

Por Marta Ocaña

Noviembre 23, 2022 03:00 a.m.

A

Guacamole visual, así se refiere su autor a Bardo y la va definiendo con palabras que pueden construir imágenes en nuestros oídos y nuestra cabeza que es más que una gran pantalla de cine

Recorrido interno y no categóricamente 

autobiográfica.

Delirante y dislocante, además retadora.

Compleja como la mente y las ideas imparables en la mente de creativos y de todos los humanos.

Sin estructura convencional, sin una cronología de pasado, hoy y futuro. Como las historias de bardos medievales, trasmitiendo su propia historia: la que imagina y vive en su imaginación a partir de experiencias propias y ajenas.

Aquí no hay nada que entender y no hay necesidad de entrar al cine con un perfil racional.

Hay que conectarse a lo incoherente de la vida, a lo incongruente de las emociones personales por que se entra en un sueño: libre, fluido e ilógico que nos lleva a un viaje sensorial con un centro de gravedad emocional. Ahí, en lo que coincidimos como si nos quitaran a todos la ropa para entender qué somos sin todo el adorno del mundo.

Llena de humor y ternura y con acentos que me hicieron reír en una sala de cine en la que solo estaba yo, y las más de cien butacas vacías como si estuviera prohibido volver a conectar con uno mismo.

Dos horas y cuarenta y nueve minutos de una perspectiva muy personal que nos compete universalmente como lo dictan los clásicos.

Una experiencia de liberación, trabajo de catarsis e introspección que el autor comparte para jugar junto a nosotros a sentirnos más humanos, menos perfectos.

En sus niveles de lectura, sentimos el fenómeno de la migración, la pérdida de padres o hijos; la política chusca y chafa, el gran tema de cientos de desaparecidas, la conquista desde el operador de ésta, la iglesia y su falta de soluciones.

Hay un discurso en imágenes dislocadas que permite esbozar en nuestras entrañas el desarraigo por necesidad o por elección. La factura que cobra en todos: los que se quedan, los que se van y los no nacidos.

Una narración pérdidas, memorias y de lo que pudo ser. Y el efecto en un sentido de la patria que transforma al protagonista en un mexicano más patriota debido a la distancia y a la ausencia de lo que deja en otro territorio.

Imágenes de eventos enormes que, desde la mirada del autor, son los que esculpieron nuestro perfil como mexicanos. Secuencias que van desde lo íntimo a hasta los más grandes hitos de la memoria colectiva.

Una peli que le apuesta a la imagen para sumergirse en imágenes gigantes, un trabajo monstruoso para ser cinematográficamente construido por un famoso de la pantalla grande. Y que retrata un paisaje de arquitecturas emocionales que denuncian más de una vez, la percepción del éxito.

La belleza de la no historia y de la no autobiografía tiene a decir de su creador, origen en las heridas, las incertidumbres; en emociones, reflexiones, temores y arrepentimientos siempre pendiendo de un alfiler, como lo es la vida.

Carlos Fuentes, Octavio Paz, la invasión México norteamericana, hablan de las heridas de una nación, una cultural o un grupo de tribus que se exponen y se aparean con la violencia contemporánea manifiesto en las estadísticas de desapariciones y los crímenes a la mexicana, que han infectado a esta sociedad.

Yo quiero verla tantas veces como pueda para quedármela en el alma; que se me quede como una especie de salvavidas que me conecta con la verdad del ser humano compartiendo esta marca de la que no somos conscientes, pero sabemos que es parte de nosotros y de cada uno. 

Una sola sala, un solo horario hablan de la apatía por vernos al espejo que con su voz cuentan los bardos.