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Familia y escuela Capítulo 207: Ciencia con conciencia

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Marzo 27, 2024 03:00 a.m.

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Ya desde el siglo pasado, Edgar Morin en su libro “Ciencia con consciencia” advertía de los beneficios y adelantos que la ciencia y la tecnología habían logrado, pero que este progreso iba aparejado a una ceguera, tanto de los propios científicos, como de las personas a quienes beneficiaban, al tomar todos estos adelantos, por un lado, de manera fragmentada sin la comprensión de un “todo” integrador; por el otro lado, sin la capacidad de reflexionar, cuestionar y autocriticar al respecto del propio conocimiento y todas las formas humanas en las que éste se convierte.

Todos los portentosos descubrimientos, artefactos, modos y formas de desarrollarlos y adaptarlos a la vida cotidiana, son creados, ejecutados y asimilados de manera incuestionable, espontánea y natural, sin reflexionar o ir “más allá”, sin detenernos a pensar si toda esta ciencia va a ser aplicada de manera consciente hacia la integridad del ser humano; es decir, si su uso solo obedece a criterios económicos, de poder hegemónico o de mercadotecnia, dejando de lado criterios de bienestar ecológico, cultura, valores y costumbres que han caracterizado a la humanidad.

Muestra de lo anterior lo tenemos ante el descubrimiento y la generación de la radioactividad, con sus innegables usos benéficos para la ciencia; sin embargo, su uso negativo y consecuencias mortales pasó de ser una decisión de investigadores y científicos a emplearse de manera que recae en la consciencia política y hegemónica, reflejada en ambas bombas atómicas arrojadas en territorio japonés, de lo cual el mismo creador de esta arma, Oppenheimer, manifestaba ser solo responsable de: “El científico sólo es responsable ante la ciencia”  y reflexionar posteriormente: “Al utilizar por primera vez este tipo de armas nos alineamos con los bárbaros de las primeras edades”.

Con todos estos adelantos, es fácil entender el por qué, ante todos los conflictos armados que en estos tiempos se están presentando y alarmando al mundo, se tiene en constante amenaza el inicio de una guerra mundial encabezada por la ciencia y la consciencia de algunos líderes en el planeta.

De igual forma ocurre con toda la serie de medicamentos y sustancias que se utilizan para el área biomédica, los cuales son generados y aplicados con un fin benéfico, pero que a final de cuentas, están en el terreno de la consciencia del hombre, en sus valores, acciones proactivas o perversas, ocupando su uso para beneficiar sectores de narcotráfico y corrupción, como ocurre con todas las sustancias químicas, como el fentanilo.

Desde luego que, esta aseveración evocada por la obra de Morin, no buscaba negar la insoslayable importancia que la ciencia ha reportado para el crecimiento y desarrollo del hombre en sociedad; más bien, resulta de afirmar que todo acto científico lleva aparejado, a veces de manera no aceptada y hasta negada, un acto de reflexión y consciencia: “…las teorías científicas, como los icebergs, tienen una enorme parte sumergida que no es científica, pero que es indispensable para el desarrollo de la ciencia”.

Haciendo una revisión a algunos de los postulados que, en su momento, realizó Albert Einstein, nos damos cuenta que atribuye a la actividad científica, otra parte que la complementa y que se encuentra en el terreno de la consciencia del hombre, de su cultura, su fe y creencias, así como en sus valores y actitudes: “Se ha vuelto terriblemente obvio que nuestra tecnología ha superado nuestra humanidad” “El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir”. Estoy seguro que, si Einstein hubiera vivido unos años más, hubiera presenciado el descubrimiento de los científicos correspondiente a la chispa subatómica que dota de masa al universo llamada: “La partícula de dios”.

Guardando toda proporción y distancia debida, este conflicto entre ciencia y consciencia lo encontramos de manera clara en los procesos educativos, mediante los cuales se está más preocupado y otorgando la mayor importancia en que todos los alumnos tengan mejores resultados en las evaluaciones matemáticas y aumentando el nivel de lectura de comprensión, en donde hemos salido reprobados por las evaluaciones internacionales.

Desde luego, considero importante que todos tengan las suficientes bases científicas para el dominio de la técnica que mejore su inserción en la sociedad del conocimiento y su desempeño profesional; sin embargo, considero también, de igual o mayor relevancia el desarrollo de su consciencia.

¿De qué serviría alguien con una preparación académica impecable, si en su consciencia se encuentra la carga de miles de personas que, fruto de una brillante y científica decisión, pierden todos sus ahorros bancarios o se ven agobiados por la inflación que lastima sus bolsillos, incluso, con las prácticas de corrupción para beneficio personal de unos cuantos?

Me refiero a la educación integral diversificada, como aquel fomento, paralelo al científico, de valores, habilidades, virtudes, cultura y artes, además de actitudes proactivas, que lleven a tomar decisiones adecuadas y fundamentadas en el bienestar personal, familiar y social, de manera contextualizada al tiempo y espacio donde se habita.

Ser educado y formado por un sistema social y escolar, que solo privilegia la ciencia y el dominio de la técnica, sería tanto como crear seres insensibles, fríos y mecánicamente predecibles hacia la búsqueda de la felicidad en la obtención de bienes materiales, concordantes con el daño que hizo la bomba atómica o con la mortandad que causa el fentanilo.

Einstein ya lo vaticinaba: “La palabra progreso no tiene ningún sentido mientras haya niños infelices”.

Comentarios: gibarra@uaslp.mx