logo pulso
PSL Logo

Familia y escuela Capítulo 98: En peligro de extinción: La dignidad

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Febrero 09, 2022 03:00 a.m.

Tal como está ocurriendo con algunas plantas y animales, las cuales, ante el embate de la modernidad, de los avances y desarrollo tecnológico con mayor daño ambiental; además, con el crecimiento demográfico y con ello de las manchas urbanas e industriales, muchas de estas especies se encuentran amenazadas y condenadas a su extinción.

Desde luego que para quienes tenemos consciencia de la importancia que para este planeta y todos los que habitamos en él, tiene el equilibrio de la vida en todas sus manifestaciones, así como de su preservación y cuidado, el hecho de mencionar el término “extinción” suena francamente escalofriante, nos remite a la muerte, a la partida sin retorno y desde luego, a la pérdida lamentable de biodiversidad limitándonos a solo conocer a esos seres en grabaciones y nunca más en vivo.

Ante el peligro que representa esta pérdida, afortunadamente se ha acrecentado el número de personas y grupos ambientalistas, ecologistas y otros que, preocupados por nuestro futuro, han emprendido acciones heroicas en contra del crecimiento y desarrollo no sustentable y contra todo aquello que atente contra la naturaleza y quienes la habitamos.

De manera muy similar a lo que ocurre con el peligro de extinción con seres vivos, encontramos que muchos de los usos y costumbres, elementos culturales e ideológicos de convivencia social armoniosa y otras acciones, producto importante del y para el desarrollo de los pueblos, están sujetos al mismo riesgo de desaparecer; tal es el caso de la dignidad.

Me refiero a ese derecho de las personas a ser reconocidas, apreciadas y valoradas, precisamente por el simple hecho de ser humanos, como principio fundamental de equidad, igualdad y paridad.

Consiste en el respeto por uno mismo y por los demás; por reconocer el derecho a nuestra individualidad y autonomía; decisiones, perspectivas y formas de pensar y actuar; y por supuesto, que se apunta hacia nuestra libertad como derecho inalienable.

Históricamente, la dignidad de personas y pueblos enteros ha sido solapada y pisoteada de múltiples formas, desde la práctica de la esclavitud pasando por invasiones bélicas territoriales, imposiciones transculturales que establecen regímenes políticos, religiosos, económicos y hasta la desaparición de costumbres arraigadas y arrancadas de tajo, con el menoscabo hacia el valor simbólico que representa para quienes por años las han practicado y difundido generacionalmente.

Mención aparte, por la importancia que reviste, merece la degradación que se ha hecho hacia los pueblos rurales y originarios; el olvido hacia ellos data ya de cientos de años y se ve representada por su disolución vital, la invasión, desalojo, la expropiación o compra de su territorio en “aras del progreso”, que por supuesto ampara a los centros comerciales y fraccionamientos exclusivos, repitiendo esa escena mítica de la llegada de españoles a América, cambiando espejos por el oro, piedras preciosas y la riqueza de nuestro territorio; ahora se cambian plásticos y monedas por ello.

Más allá de su pérdida territorial, resulta de mayor importancia la extinción de su cultura y tradiciones; éstas, como parte de su pureza y orgullo de pertenecer a su núcleo étnico; agravado por la marginación social del que son objeto, mediante el desprecio a sus costumbres, vestuario, color de piel y hasta por su olor. No cabe duda que esta marginación es la mayor ofensa y pérdida de dignidad a la que están expuestos.

Por otro lado, acorde con el crecimiento de las ciudades y centros urbanos, acompañados del desarrollo de la tecnología, empresas y zonas industriales, se ha generado una degradación de la dignidad de personas que se ven marginadas y obligadas a habitar zonas periféricas, transformadas en “cinturones de miseria” sin la disponibilidad de los servicios básicos indispensables; o en conjuntos habitacionales en donde el espacio de su vivienda resulta claustrofóbico.

El ritmo de vida en estos centros poblacionales, ha llevado a entablar una verdadera lucha por la obtención de los recursos suficientes para alcanzar los niveles de bienestar que se exigen para sobrevivir ahí, llevando a muchos de sus habitantes a extremos tan apremiantes que, se generan acciones en donde para obtener o mantener un trabajo o actividad laboral, se llega a perder la dignidad de la peor forma que se pueda imaginar, me refiero a quienes, aún contra su voluntad, aceptan y están conscientes de perderla.

Como consecuencia de lo anterior, se observan entonces, experiencias de abuso y prepotencia, imposición, inequidad y desigualdad; esclavitud a labores comerciales, sexuales o ambas; aceptación casi forzosa o necesaria de trabajos en jornadas y condiciones ilegales, en situaciones infrahumanas, infravaloradas y mal pagados; por supuesto con la aparición de desempleo, subempleo y actividades laborales informales; ya ni hablar del fenómeno migratorio.

Atentan contra nuestra dignidad los medios de comunicación, incluidas las redes sociales, que transmiten programación de escaso valor cultural, que denigra y se burla de las personas obesas, “flacas”, calvas, que usan anteojos, o por el color negro de la piel de alguien y otras características; además de emitir “órdenes de compra” de productos chatarra, en ambos casos, nocivos para la salud mental y física.

La pérdida de la dignidad, de manera consciente y asumida intencionalmente, es la degradación de la propia persona y es la antesala de actos corruptos, desleales, de abuso y prepotencia, de sometimiento, de rebajarse a grado tal hacia otros intereses, actuando como “pelele” y “tapete” para ser pisoteado, aguantándolo todo.

Degrada y golpea nuestra dignidad personal y social, las prácticas de corrupción en todos los niveles, los episodios casi generalizados de violencia, las desapariciones forzadas y las múltiples fosas clandestinas localizadas en el país; indigna aún más, la indiferencia y el que se vuelvan cada vez más normales y cotidianos estos hechos, sin que nadie, aunque lo observe e identifique, haga algo por levantar la voz e inconformarse.

Definitivamente, la dignidad está en peligro de extinción y ya es tiempo de realizar una cruzada para su preservación; el eje para ello, es la educación integral diversificada, correspondiendo a familias, escuelas, comunicadores y en general a todos aquellos que estamos inmersos con el trato interpersonal, fomentar este valor para conservarlo.

La dignidad personal, de los pueblos y de las culturas, no tiene precio, ni debe estar sujeta a otros intereses que no sean los derechos inalienables de todo ser humano.

Comentarios: gibarra@uaslp.mx