Familia y escuela Capítulo 102: En peligro de extinción: La risa y la sonrisa
Tanto la risa como la sonrisa son potentes generadores de estados de ánimo que favorecen el bienestar integral de las personas y para quiénes los rodean; no cabe duda de que su práctica constante provoca ambientes agradables y condiciones adecuadas para la interacción social.
Sin embargo, dentro de las bondades que aportan y en afán de establecer alguna diferencia entre ambas, ésta la encontramos en su origen e intencionalidad, porque mientras la risa obedece a un estímulo externo, es decir, es provocada; por su parte, la sonrisa se otorga, se da, se ofrece y nace de nosotros.
El reír es provocado por una broma, chiste u ocurrencia, bien sea por alguna situación de la vida cotidiana o su simulación en programas de televisión, películas o series cuyo objetivo es provocarlo en quienes las ven.
El practicar la risa, incluso hasta llegar a las carcajadas, resulta un ejercicio nutritivo para el alma, pero, además, trae beneficios para la salud física y psicológica, reduciendo el estrés, mejorando el estado de ánimo y generando un panorama benéfico en la presión arterial, sistema inmunológico y con propiedades analgésicas reduciendo la sensación de dolor, entre otros muchos aportes.
Para nada es una ocurrencia o broma el que exista la risoterapia como esa técnica o estrategia que busca provocar los efectos ya mencionados en la salud de los seres humanos.
Comienza siendo una característica nuestra sobre todo en la niñez, sin embargo y no obstante lo benéfico que puede resultar su práctica, tal parece que nos empeñamos en prescindir de ella conforme vamos creciendo; incluso es etiquetada como algo enteramente informal, poco seria y hasta en muchos casos y actividades prohibida para los adultos y durante mucho tiempo también lo fue en las mujeres.
La etiqueta de: “payaso”, usada como término peyorativo y ofensivo, denigra la noble profesión (así la catalogo y no como un oficio) de quienes tienen el reto de hacer reír a chicos y grandes, aunque estos últimos seamos serios y casi “de piedra”, ante el temor de que nos vean carcajearnos como niños.
Ya se tiene tiempo etiquetando y premiando a las acciones y conductas de seriedad y parsimonia como las más adecuadas; en algunas familias es un valor altamente apreciado el ser serio y formal, por lo que procuran que sus integrantes desde muy chicos lo aprendan; desde luego que no es una costumbre que se deba etiquetar como negativa, pero se está prescindiendo de un elemento totalmente humano.
En las escuelas y sus grupos, todavía existen autoridades y padres de familia que reconocen como excelente maestro o maestra a aquellos que tienen a su grupo en total silencio y orden, como si el enseñar y el aprender, fuera equiparable con el programar un robot “…cual piedras encima de los mesabancos…”. Claro está, que hay una diferencia entre un buen ambiente escolar y un ambiente totalmente desordenado.
Tal como está ocurriendo con la biodiversidad, su degradación y diversas especies en peligro de extinción; lo mismo está pasando con algunos usos y costumbres, elementos humanos, sociales y culturales que, como el caso del reír, resultan vitales para la coexistencia armoniosa y equilibrada.
Por su parte, el sonreír es el ofrecer el respeto, buen trato, amabilidad, cordialidad y el deseo de bienestar expresado facialmente hacia los demás.
Quien emite una sonrisa está reflejando, pero además mostrando un equilibrio y elementos que confirman su autoestima, teniendo como tarjeta de presentación la claridad, franqueza, honestidad y otros elementos que son parte de la seguridad consigo mismo.
Si trasladamos estos elementos a las actividades cotidianas, nos daremos cuenta de los beneficios para quien sonríe y para quien recibe una sonrisa como trato directo.
El médico o enfermero al tratar un paciente, el oficinista o burócrata al atender a un usuario, el vendedor hacia los compradores, los papás hacia los hijos y, desde luego, los maestros hacia sus alumnos. Todos ellos al realizarlo, crean inmediatamente un vínculo de comunicación efectiva.
Por otro lado, el ritmo y la celeridad con que se vive en las grandes ciudades, las condiciones de vivienda, aglomeraciones y desplazamiento a grandes distancias en transporte personal o púbico; las situaciones de inseguridad y violencia que se presentan; las presiones económicas y laborales de mayor exigencia y muchos aspectos más, han reducido drásticamente el trato amable hacia los otros, ni siquiera el saludo de cortesía.
Cómo sonreírle a cualquiera, si se tiene desconfianza del que sube a un transporte público, del que camina detrás de nosotros, del que maneja otro vehículo, del que se viste o peina de forma diferente, en fin, hasta del vecino; por ello entablar una conversación con alguien desconocido resulta inaceptable, mucho menos emitir una sonrisa, que bien pudiera ser interpretada de manera errónea.
Definitivamente, el sonreír también se debe incluir en la lista de los elementos que se encuentran en peligro de extinción y, por tanto, en la preocupación por evitarlo; desde cualquier espacio en que nos toque desenvolvernos socialmente, tenemos que ofrecer y promoverlo, para los demás y para nosotros mismos.
“… en esas estábamos, otorgando sonrisas, estimulando y provocando risas y carcajadas, pero entonces, que llega la pandemia y nos tapó la boca; ahora tenemos que aprender a sonreír con la mirada”
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