Familia y escuela Capítulo 121: El fin último: la felicidad

Resulta muy interesante que en pleno siglo XXI, regresemos a hablar de un tema que ha estado presente desde el principio de los tiempos; todas las acciones de hombres y mujeres, siempre han sido encaminadas hacia un bienestar y búsqueda de mejores condiciones de existencia.

Desde luego que, desde tiempos remotos el hablar de la felicidad ha estado presente en las discusiones y reflexiones de múltiples filósofos y pensadores, concordando que todos los actos humanos deben o deberían estar encaminados precisamente hacia su logro.

Sin embargo, ahora es necesario regresar a ello, al menos así lo considero pertinente, sobre todo ante el embate de la educación y formación que en lo general, hemos estado recibiendo e impartiendo, la cual está enfilada hacia el logro y práctica de competencias que, fundamentadas en lógicas utilitaristas y medidas por estándares económicos y administrativos, dejan de lado "lo humano del ser humano".

Se obtienen calificaciones, aprobaciones o reprobaciones, pruebas y certificaciones que "aseguran" que somos hábiles, idóneos y confiables para ingresar o desempeñar un puesto en una institución escolar o laboral, constatando que con la obtención de esos resultados tendremos lo suficiente para reflejar toda la complejidad e integralidad que tiene la persona, la cual es, a su vez, diferente a todos los millones de personas más.

El comprobar mediante un filtro, examen o verificación las competencias que podemos demostrar en un tiempo, espacio y circunstancia específica; lo que es más, el educar y formar únicamente para ello, resulta en una estandarización y creación de un molde único por el cual se hace pasar a cada individuo, dejando fuera su enorme riqueza individual, aquella que no se mide con una calificación.

En este sentido, se está formando a seres – robots, los cuales son programados y alimentados con un software, el cual espera una revisión de calidad la que asegura que determinará de manera precisa y científica la reproducción de todos los actos de ese "ser metálico".

Ante esto, los resultados y productos que se verifican y se busca que se desarrollen y demuestren en los actos de las personas como proceso de su formación y educación, son aquellos que pueden ser demostrables, mediane una boleta de calificaciones, un título profesional o un diploma o certificado que alguien externo emite.

Durante este proceso de verificación, difícilmente y solo en muy escasas ocasiones se exploran otras dimensiones de la persona; es decir, que se usan datos objetivables que reflejan solamente una parte de ella.

Durante una entrevista de trabajo se evalúan las competencias laborales necesarias para su desempeño en el puesto, en algunas ocasiones se indaga tímidamente algunos elementos transversales, como la disposición para la empatía o el trabajo en equipo, pero raramente se le pregunta si es feliz en su vida o si el trabajo que desempeñará le causará felicidad.

Durante el desarrollo o al término de una etapa escolar, en cualquier nivel educativo, lo que habla y representa socialmente a cada alumno o alumna, es ni más ni menos que un número, un promedio, un diploma o título; jamás se emite un certificado o evidencia que refleje si para su obtención fue un proceso agradable o si convivió en un ambiente de hostigamiento o violento; es decir, el recuperar y demostrar no solo números sino experiencias tendientes hacia la felicidad.

En muchas de las familias, se contempla como "misión cumplida" si se le brindó a los hijos la educación escolarizada, la obtención de un trabajo y el verlos conformar una familia, tal como las reglas sociales establecen; caso contrario, se etiqueta de "fracaso". Paralelamente, casi nunca se les consulta sobre si durante el proceso, exitoso o no, están logrando o buscando su felicidad.

En efecto, se están estableciendo indicadores sobre la búsqueda u obtención de la felicidad, todos ellos externos a la persona, que satisfacen más a un conglomerado que a sí mismo.

Debemos tener claro que la felicidad y su búsqueda no está preestablecida ni estandarizada por niveles, ni líneas externas de satisfacción; ésta se encuentra en cada persona y en cada una de ellas se establece el horizonte, el "hacia dónde, desde dónde y hasta dónde" llegar para obtenerla.

El tener la libertad para elegir el camino hacia el realmente sentirse bien, debe estar exento de prejuicios y de exclusiones, porque su logro solo compete a cada quien, y es así que el único capacitado para definir si se es o no feliz, es uno mismo.

Es por ello que debemos de entender y ampliar nuestro criterio al encontramos personas felices realizando labores de limpieza en espacios públicos, brindando servicios burocráticos de diferente clase, manejando un taxi o transporte público u observando cómo se deleitan los comensales ante la preparación y presentación de un platillo.

Aquellos que realmente sienten esa felicidad al propagar la fe, ante la población que por convencimiento, necesidad de alimento espiritual o por presiones sociales, manifiestan profesarla; o quienes propagan la seguridad y la justicia con el portar el dignísimo uniforme de militar, policía o guardia.

Otros más que logran su felicidad al mostrar con respeto y con orgullo su diversidad sexual; o quienes luchan incansablemente por los derechos de los desamparados; o aquellas que deciden enarbolar públicamente esa libertad feminista, lo mismo que aquellas que se sienten muy bien dentro de su hogar.

El bienestar que sienten maestros y padres de familia, que logran fomentar la libertad para ir en su búsqueda, sin que exista la duda que una persona, un hijo o un alumno feliz debe ser el fin último.

Es cierto, desde hace miles de años se habla de la felicidad en el ser humano y ahora que la civilización parece olvidarlo, no está de más que lo reflexionemos nuevamente.

Comentarios: gibarra@uaslp.mx