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Familia y escuela Capítulo 122: ¿Calidad o cantidad?

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Agosto 10, 2022 03:00 a.m.

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Aunque existe una definición específica tanto para el concepto de “calidad” como para el de “cantidad”, desde luego que se da una confusión entre ambos, incluso, se han llegado a traslapar usurpando el significado de uno por el otro.

De acuerdo con diferentes fuentes por calidad se entiende a “...la propiedad inherente de cualquier cosa que permite que la misma sea valorada con respecto a cualquier otra de su misma especie …es la percepción que se tiene de un producto o servicio para satisfacer necesidades”.

Entonces hablamos de una forma subjetiva de ser percibida y valorada, lo que la convierte en algo que se aprecia de manera diferente en cada caso y por cada persona.

Por su parte, el concepto de cantidad es entendido como aquel que es “...la porción de una magnitud o un cierto número de unidades …el aspecto o característica de las cosas en virtud de la cual éstas son contables o medibles”.

Este último concepto, la cantidad, ha invadido de manera contundente a la calidad, sobre todo en algunos aspectos y situaciones en donde los conteos, los números, las acumulaciones y las magnitudes son objetivamente ostentables, arrastrando con ello a aquellos aspectos cualitativos que en muchas ocasiones son infravalorados o que definitivamente pasan desapercibidos.

Tenemos el caso de las grandes ciudades y concentraciones de población que hacen gala de su crecimiento y de todas las grandes comodidades y avances tecnológicos que, en apariencia, representan el desarrollo de sus habitantes como mejor característica de su nivel y calidad de vida; desde luego que se obvian aspectos como la contaminación de todo tipo, los riesgos, la violencia y delincuencia, hasta los niveles de estrés y enfermedades generadas por ese ritmo de vida.

Por su parte y corroborando lo anterior, los niveles de bienestar social en estas poblaciones están encabezados por mediciones económicas, como los ingresos, el acceso a servicios, bienes de consumo general y alimentarios, entre otros, que se conjugan para que los integrantes de una sociedad puedan satisfacer sus necesidades fundamentales y, en consecuencia, tener óptimos niveles de calidad de vida.

¿La cantidad primero que la calidad? ¿La cantidad impulsando la calidad? ¿Sin cantidad no hay posibilidad de calidad?

Como quiera que sea y se interprete, muchos aspectos de la vida en sociedad se han visto invadidos por la tendencia a cuantificar, como elemento primordial para la percepción y medición de la calidad de vida que como “sujetos sociales” experimentamos; es decir, un número identifica lo que sentimos y proyectamos de nuestros propósitos, proyectos, retrocesos y avances, incluso, lo felices o no, que somos.

Es como si fuéramos un producto que lleva una etiqueta a cuestas, la cual menciona todos nuestros atributos: “…¿cumpliste 60 años? eres aduto mayor, has dejado de ser productivo y comienzas a ser una carga para tu familia y para la sociedad… ¿tienes entre 12 y 18 años? eres adolescente, un incomprendido por la sociedad y nada te parece, por eso eres así de difícil… … ¿ya tienes un empleo? ¿cuánto percibes de sueldo?, esto definiría si eres un “NiNi”, alguien útil o hasta un fracasado… ¿qué edad tienes? ¿tienes pareja? apúrate o te quedarás de solterona…”

En aspectos de la salud de alguien que es diagnósticado con una enfermedad terminal, la primer pregunta que los familiares hacen al personal médico es: ¿cuánto tiempo le queda de vida?, a lo que éstos responden, no siempre con el temor a invadir terrenos divinos, aproximadamente un par de semanas y recomiendan: “…llévenlo a casa, denle calidad de vida”.

La educación y formación recibida desde familias y escuelas no está exenta de este fenómeno, dado que lo que representa su avance o retroceso, su éxito o fracaso, es precisamente una cantidad, una expresión numérica y no lo que sus integrantes sintieron o experimentaron durante su proceso.

Para las primeras, ya desde la década de los años 70´s en México, cuando se presentaron las grandes crisis caracterizadas por las impactantes devaluaciones y estrepitosas  caídas inflacionarias y el recurrir a “empeñar el alma al diablo” con los impagables préstamos solicitados a instituciones extranjeras, se comenzó con las políticas sociales de reducir la cantidad de hijos por familia, persuadiendo de que “La familia pequeña vive mejor” “ser menos para darles más”; en efecto, un número definiendo el tipo y hasta la dinámica familiar.

Esta evolución de la familia se ha venido reflejando hasta fechas recientes en diversas parejas, en aspectos en donde se privilegian las cantidades, sobre todo económicas: “…¿sabes cuánto se gasta en una boda formal? por eso mejor nos juntamos y lo usamos para comprar un carro o algo que nos haga falta… ¿sabes cuánto cuesta un parto y mantener a más de un hijo?”.

En los procesos escolares, junto con todos sus actores, es de lo más fácil encontrar aspectos en donde los números median el proceso educativo, confundiéndolo con la calidad, guiando las actividades hacia vivencias y experiencias en donde el objetivo es obtener una calificación a costa de lo que sea.

“...¿cuál fue tu calificación promedio en la escuela? de acuerdo con ese resultado eres “burro o aplicado”, “mediocre o brillante”, ¿respondiste o no a las expectativas y esfuerzos que tus padres hicieron por ti o los defraudaste?”

“…Él ha sido mi mejor maestro en la zona, cada vez que lo he ido a supervisar tiene a todos sus alumnos ordenados, callados, atentos y lo mejor, ha obtenido siempre las mejores calificaciones, puros dieces; él es un maestro de calidad…”

Nunca o pocas veces se nos ocurre preguntar a hijos y alumnos, si el proceso educativo que están viviendo es agradable, qué les gusta o no del lugar al que asisten, si lo hacen motivados; en fin, si son felices en la familia y en esa escuela a la que van, porque lo que importa a final de cuentas es que obtengan un número.

¿Calidad o cantidad? ¿cuál es tu directriz? ¿hacia dónde vas con tus hijos o alumnos?

Comentarios: gibarra@uaslp.mx