Familia y escuela Capítulo 124: Educar para la libertad
“La educación os hará libres”
Con esta frase que tiene diversos orígenes y formas de expresarla, se transfiere en diferentes sentidos y significados la manera en que al pasar por este proceso, bien sea escolarizado, en el hogar o en comunidad, se debiera mostrar el camino hacia la libertad en toda su extensión.
Liberar para crecer y desarrollarse física, mental, espiritual, social, cultural y en todas las dimensiones integrales del ser humano; brindando las herramientas y la base para que cada individuo logre comprenderse a sí mismo y a su contexto y, en consecuencia, actúe en concordancia.
Mucho se ha presentado la tendencia de encomendar esta labor únicamente a la escuela, delimitando todo un proceso mayúsculo y enormemente importante solo a esta institución, resultando a todas luces insuficiente e incompleto, sin el apoyo de todos los elementos y grupos que coexisten en sociedad.
Es muy probable que esta reducción conferida a la escuela haya surgido desde el siglo XIX y principios del siglo XX, cuando de acuerdo con el censo de 1910 arrojaba que se contaba en al país con una población estimada en 15.2 millones de habitantes, de los cuales el 70 % radicaba en zonas rurales con escaso acceso a la educación formal, situación que se agravó durante más de una década por el proceso revolucionario.
En cifras del censo poblacional referido, resulta muy interesante darnos cuenta que existía un 74 % de analfabetismo, razón por la cual el accedar al conocimiento, por muy elemental que fuera éste, con el simple hecho de aprender a leer y escribir o las operaciones matemáticas elementales, resultaba ya un gran avance hacia la libertad, que se veía reflejado en el no dejarse engañar “por lo que se decía” porque ahora se podía leer y comunicarse por escrito.
No cabe duda que la educación sigue teniendo la encomienda de impulsar hacia la libertad, pero ahora, en tiempos presentes, desde luego que no basta con los conocimientos elementales y mucho menos al coexistir mediados por la sociedad del conocimiento y el proceso educativo inmerso en planos y mundos paralelos virtuales.
Sin embargo, desde la carrera por obtener la tan preciada libertad mediante la educación iniciada en siglos anteriores, han pasado cientos de años y en ese gran recorrido algo hemos perdido en el camino, dado que el rumbo de la conformación del ser humano impulsando todas sus dimensiones, se ha extraviado y ha seguido hacia otros horizontes que no eran los previstos originalmente.
Este camino educacional se ha “mecanizado”, se ha convertido en una aspiración en transformarlo en algo tan instrumental y científicamente predecible, como si estuviésemos formando una pieza de computadora, un robot o una máquina que se comporte siempre de la misma forma, de acuerdo con el programa o chip (educación) que le fue insertado, para que todos los “educados” aprendan siempre los mismos contenidos, durante el mismo periodo de tiempo en la escuela o costumbres en sus casas y, respondan siempre de la misma forma, sin cometer errores.
¿Realmente estamos educando y formando para la libertad? Yo creo que no; sin embargo, pudiera aceptar que en algunos casos se quede conforme al tener este cúmulo de conocimientos y cultura, provocando el avance y seguridad al desarrollarse mecánica y predeciblemente dentro de la estructura social, con costos considerables al perder su identidad.
Nosotros o nuestros hijos ¿estuvimos o están siendo formados y educados para la libertad? es decir, ¿se nos fomentó o se les fomenta el libre albedrío permitiendo que se tomen decisiones desde pequeños? ¿se nos permitió o se les permite que emitan su opinión, o que realicen actividades o proyectos, no obstante, se equivoquen? o simplemente ¿se nos y se les impulsa para que sigan el “camino seguro” establecido socialmente?
Por otro lado, considero que por lo general la escuela, las aulas y los mismos directivos y docentes no estamos educando para la libertad, dado que una gran mayoría de profesionales que tienen a su cargo la educación en todos los niveles, se encuentran ensimismados, concentrados y hasta obligados a terminar de “vaciar” los contenidos de un programa en el tiempo indicado, so pena de ser supervisados y amonestados por no haber “insertado correctamente ese chip y programa cibernético en el pedazo de hojalata”.
Una calificación, un número o una letra es el resultado abstracto y generalizable de esta forma de educación, en donde a excepción del nivel preescolar, los demás niveles reducen drástica y dramáticamente a una persona, como un producto fabricado en serie.
En algunos espacios de formación superior, estas notas calificatorias representan competencias mayoritariamente teóricas y técnicas y que en algunos casos incluyen algunos elementos transversales como algunas habilidades y actitudes, pero que al final de cuentas son representadas con símbolos o mediciones que sintetizan y generalizan a quienes las cumplen; por cierto, ¿se toma en cuenta alguna competencia para ser libre?.
Maestro de educación superior: “…¿yo, dedicarme a enseñar valores? ¡Claro que no! yo llego y les enseño mi materia, para lo que soy y para lo que los hago expertos, ya que los valores los aprendan en la casa”
No estamos educando para la libertad, ya algunos lo habían denunciado: Gramsci, Althusser, Bourdieu, Galeano y muchos más, teniendo ahora otro tipo de grillete físico o mental, dado que estamos presos del territorio que habitamos o por el cual migramos, presos del celular, de las noticias falsas, de las redes sociales, de la violencia y de la corrupción, de la compulsión por consumir todo lo que se ofrece; presos de las modas y los estereotipos y un sinfín de prisiones más.
Algo perdimos en el camino, en algun lugar nos desviamos y seguimos otra ruta y ahora que nos encontramos extraviados, no nos atrevemos a regresar y reencontrarla; vamos ya con tal inercia que nos resulta ilógico y hasta poco productivo educar para el logro del derecho humano más elemental: la libertad.
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