Familia y escuela Capítulo 127: ¡Soy único y diferente!
Queremos, en afán de buscar lo mejor para hijos y alumnos, formar personas bajo un mismo criterio y acorde al mismo modelo preestablecido, crearlos con un mismo molde y que resulten, cual si fuera una producción industrial en serie, como un producto cuya teminación muestre que todos son exactamente iguales.
Se decide a priori lo que es malo o lo que es más conveniente para ellos, cuándo deben de hablar y qué deben decir, incluso, en algunos casos, la ropa que deberán usar y hasta la carrera profesional que deben seguir.
Nos frustramos cuando no siguen las reglas ni los pasos “adecuados” marcados por la sociedad; queremos que todos sigan el camino que consideramos seguro, porque es el camino que nosotros ya transitamos, calificando de antemano como un error el que se vayan por la ruta de su elección.
Sin distinguir las diferencias personales, queremos que muestren de igual manera sus capacidades, sus aptitudes y comportamientos, los cuales son revisados y ponderados desde indicadores externos que, de acuerdo con medidas estandarizadas no hacen distinción entre las características de una persona u otra, mucho menos del contexto, favorable o no, que les rodea.
Muchos padres de familia exigen que todos sus hijos tengan los mismos resultados, comportamientos y formas de resolver las diversas situaciones, sin observar que cada uno es distinto; la sabiduría popular afirma: “Pos así mero son los hijos, como los dedos de las manos, todos diferentes, pero a todos se les quiere por igual”.
Si se volteara a ver a cada hijo así, como a los dedos de la mano, se entendería que dentro de la misma familia tenemos la riqueza de que cada uno de ellos es diferente, con distintas cualidades y características a potenciar.
Frecuentemente solo se hacen distinciones de género, al tratar y esperar resultados iguales para hombres y para mujeres, pero esto no hace más que diferenciar los alcances que para cada quien deben de lograr, incluso, reafirmando la actividades de cada sexo: los hombres como hombres y las mujeres “como les corresponde a ellas”.
De la misma forma, muchos de los docentes en afán de “cumplir cabalmente con su labor” no hacen distinción y dictan su clase enseñando y evaluando de la misma forma a todos sus alumnos, aplicando como resultado frío e insensible un simple y miserable número que representa nada más y nada menos que a una persona; número que habrá de ser como una etiqueta a lo largo de su vida.
Si se volteara a ver a ese alumno o a esa alumna que, dadas sus condiciones psicosociales y económicas familiares, así como el contexto cultural que le rodea, el interpretar que al obtener un 6 de calificación le representó un esfuerzo mayúsculo, entonces estaríamos hablando de humanizar el proceso educativo y lo que es más, el reconocer en cada uno sus logros y características individuales.
Atrás de todo esto, en la labor familiar o docente, está el temor al fracaso, a lo desconocido e inseguro sin ponernos a pensar que nosotros mismos, o nunca nos atrevimos a buscar nuestro propio camino, o transitamos precisamente por el camino que siempre nos indicaron nuestros padres o los mayores, sin permitirnos experimentar otras rutas, obteniendo probablemente el éxito a costa de perder entonces muchos de nuestros verdaderos intereses y alejados de las características que nos harían sentir acorde con lo que somos y hacemos.
No tratamos con robots, lo hacemos con seres humanos, así que el permitir que desde pequeños se asuman responsabilidades acordes con su edad que, además, al ir creciendo se otorguen las facilidades para la toma de decisiones y generación de proyectos, no obstante, se tengan equivocaciones, sería una buena forma de comenzar a reconocer en cada uno de ellos sus propias y muy específicas maneras en cómo podemos apoyarlos.
Nosotros los adultos, alguna vez fuimos alumnos e hijos, por lo que bien sabemos que cuando se voltea a ver de frente a padres y maestros, tal parece que estamos diciendo: compréndeme, ¡soy único y diferente!
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