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Familia y escuela Capítulo 130: Inclusión: El adulto mayor

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Octubre 05, 2022 03:00 a.m.

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Tal parece que, al cumplir los sesenta años, ciertas reglas, normas y preceptos sociales y legales, excluyen a esta población de diversas actividades, las cuales bajo el argumento de que ya no se cuenta con las mismas facultades físicas y mentales, no es posible que se desarrollen al mismo ritmo y con la misma productividad que la gente joven.

Se entiende que al llegar a esa edad se cuenta también con ciertos beneficios, los cuales se aplican legalmente a nivel social y que van desde filas especiales en tiendas y comercios, tarjetas y credenciales de descuento para compras y pagos de servicios municipales hasta el aplicar, en algunos casos, la jubilación del trabajo en donde se desempeñaron, entre muchos otros efectos a los que se hacen acreedores.

Sin embargo, sin dejar de lado los múltiples beneficios que se obtienen, lo anterior no deja de ser una forma de exclusión, la cual opera de manera general y discriminatoria a priori y, sobre todo, hiriendo su autoestima, al desconocer las diversas particularidades que la gente que llega a esa edad tienen.

Arribar a los sesenta se convierte entonces en una gran etiqueta, la cual se le impone a quienes la cumplen, recibiendo el mensaje directo: “ya no eres útil, eres viejo, nadie te contratará si pierdes el trabajo, ya jubílate, estorbas, estás desfasado, eres un riesgo al manejar un vehículo, tu salud se deteriora y tu muerte está cercana, ya no puedes seguir el ritmo de los demás, te cansas demasiado…” y un sinfín de ideas excluyentes más que desde la sociedad se les “inyectan” en la mente de los sexagenarios en adelante.

Si nos basamos en las características de exclusión mencionadas, no podemos dejar de anotar que no son privativas de los adultos mayores, dado que en la parte laboral, ya difícilmente se contrata a alguien de cuarenta años; o el caso de las personas que al llevar una vida desordenada en alimentación, consumo de alcohol y sustancias aunado al escaso ejercicio, muestran una salud delicada y deteriorada incluso antes de los treinta años; o las personas que ante situaciones psicosociales se encuentran ante un panorama de baja estima, frustración ante la vida y sin capacidad de apreciar horizontes de crecimiento, convertidos desde edad temprana en ancianos.

Resulta muy probable que personas que han llegado a la sexta década todavía cuenten con el pleno uso de sus facultades físicas, sociales, mentales y en total auge de su productividad, alejándose de esa regla irrestricta de pertenecer por norma a los adultos mayores, además de que mucho depende también de la actividad que se encuentren desarrollando.

En efecto, para un futbolista o quien desarrolla una actividad mayoritariamente física, el llegar a los cuarenta años, está en su adultez mayor, lo mismo que quien depende de su fuerza para cargar, mover, escalar o desempeñar alguna labor que lo amerite.

Por otro lado, por lo general los que acumulan más edad, tienen características que todavía significan un potencial a explotar de múltiples formas: liderazgo democrático, resiliencia ante situaciones difíciles, presencia de credibilidad ante los demás y muchas áreas más de oportunidad.

No confundamos el solo cargar a los adultos mayores la ignorancia, la falta de actualización, las actitudes de necedad y capricho, las decisiones inadecuadas, la falta de acción y movilidad, el desfase con los tiempos actuales; porque, estas características son de todo ser humano, hombre o mujer en cualquier etapa y edad en que se desarrolle.

No todos los que llegan a los sesenta años están o se sienten ancianos; toda proporción guardada: “En el área de la salud, para medir el dolor y dado que, ante el mismo padecimiento o lesión, en cada persona se tiene una percepción distinta, no se impone un número predeterminado, sino que se utiliza una escala puntuable del 0 al 10 en donde el propio paciente ubica cuánto siente” si tienes sesenta años o más, en una escala del 0 al 10 ¿qué tan viejo te sientes?

Es cierto, el tiempo a nadie perdona, pero mientras el reloj biológico, o como se le ha dado en llamar últimamente: “el reloj de dios” siga funcionando en cada persona, debemos aprender y fomentar la enseñanza de que no es número el que decide si somos viejos o no; más bien, las actividades y funciones sociales que podemos y aquellas que gradualmente debemos dejar de desarrollar.

Comentarios: gibarra@uaslp.mx