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Familia y escuela Capítulo 141: Ruffito: nos veremos “de aquel lado”

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Diciembre 21, 2022 03:00 a.m.

A

Se dice que a quien se le aplica la frase: “corazón de pollo” , es aquella persona muy sentimental y emocionalmente débil, incluso como un calificativo de falta de decisión y de carácter ante situaciones apenas difíciles.

Sin embargo, esta condición es una característica de los humanos en general y desde luego también del pueblo mexicano; que al estar en presencia de un evento dramático que genera tristeza, lástima y hasta remordimiento, nos provoca un estado sentimental y el compadecernos, “ablandarnos” y solidarizarnos, prestando apoyo de todo tipo, incluso desprendiéndonos de bienes o recursos económicos sin pensarlo dos veces.

Muestra de lo anterior, sin duda alguna la tenemos cuando pasan desastres naturales como inundaciones, terremotos, accidentes o con personas que están en situación de calle y falta de abrigo o alimentos, sufragando dichas necesidades en los comedores y estancias para pobres, a caravanas de migrantes o personas afuera de los hospitales, entre otros ejemplos.

En el ámbito personal y de los grupos sociales más cercanos como la escuela, amigos y sobre todo en las familias, entendidas éstas contemplando no solo a los humanos, sino también a todos sus integrantes; ese “corazón de pollo” se hace presente ante la partida de alguno de ellos. 

Parte del núcleo familiar, sin duda alguna son esos seres vivos que muchos nombramos de manera común como “mascotas”, manifestando con ello la soberbia de etiquetarlos cual si fueran una propiedad más o algún objeto que se adquiere únicamente para nuestro capricho, gusto o beneficio.

Ya para muchos de nosotros y eligiendo solamente como ejemplo el caso de los perritos, son tomados como seres vivos, animales no humanos; no son simples mascotas, son compañeros de vida y tienen la condición de estar ocupando un lugar de igualdad con los demás miembros; se les educa, se les da servicio médico, alimentación, vivienda y un lugar de estancia lo más cómodo posible, incluso, ya en algunas familias y contra muchos estigmas de higiene y salud, cohabitan dentro del mismo hogar; y, desde luego, que se les brinda el mismo afecto y cariño que a los demás.

Ellos se han encargado de ganarse ese lugar y, si mostráramos un poco de humildad y apertura hacia el conocimiento y enseñanzas que se generan en familia, nos daríamos cuenta que con su presencia aprendemos a brindar afecto hacia los demás, a ser empáticos y mejorar nuestro nivel de comunicación ante lenguajes diferentes al nuestro, a practicar la responsabilidad con su cuidado y muchos elementos más.

Además, nos brindan ese cariño y agradecimiento desinteresado, su esfuerzo por entender nuestras palabras y actitudes a grado tal que “tal pareciera que solo les falta hablar nuestro lenguaje”; nos dan también, su presencia necesaria y vital para personas que, al estar solas, se sienten verdadera y completamente acompañadas por ellos.

No es descabellado el afirmar que tenemos lecciones por aprender de nuestra relación con estos compañeritos, quienes muestran comportamientos que rebasan las conductas de nulo agradecimiento, agresividad y violencia desmedida de personas que distan mucho de considerarse como seres humanos.

Es por eso que cuando uno de estos integrantes de la familia se va y se nos adelanta en el camino, nos duele enormemente.

En memoria de todos esos perritos y perritas que han partido y que han dejado con su paso en nuestras familias valores, actitudes y constancia de aprendizajes que, de no haber estado ellos con nosotros, difícilmente los hubiéramos obtenido.

Con eterno cariño y agradecimiento por mi Ruffito.

Entonaba Alberto Cortez: “Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”.

Comentarios: gibarra@uaslp.mx