Familia y escuela Capítulo 90: La fábrica de figurillas en serie
En la sociedad, en todo acto de humanos, nunca nada se queda fijo; no somos el producto lineal y de material metálico y frío que emergió de alguna fábrica, con los más altos estándares de calidad y de durabilidad, que va a permanecer durante muchos años, con la misma forma y características con las que fue creado.
En estas industrias, se selecciona el material, se procesa y prepara, pasa por las diferentes líneas de producción; durante su trayecto, va siendo sometido a varios exámenes y control de calidad, para asegurar que va a egresar en la forma en que, en los planos y bocetos iniciales, fue programado; una vez afuera, se verifica que mida, pese y funcione de acuerdo con el diseño al que pertenece y para lo que fue creado; ya para entonces está listo para salir al mercado y ser adquirido y usado por los consumidores.
Toda proporción guardada, ocurre algo muy similar al proceso fabril, con la educación escolarizada: De inicio, existe una selección, en ocasiones muy rigurosa de “la materia prima” con la que se va a trabajar, mediante los exámenes de admisión a los diversos niveles educativos y diversos planteles, de forma tal que, solo se deja ingresar a los individuos “idóneos” para su “moldeado”.
Cabe destacar que el carácter de “idóneo”, se adquiere de aquellos individuos capaces de tener un alto nivel de atención y retención de datos, cifras y elementos que pudieron “vaciarlos o regurgitarlos” en un examen de ingreso a un nivel educativo; que, además, supieron autorregular sus niveles de estrés y presión social, traducidos en el nerviosismo y temor de fallar y quedar fuera del proceso de selección; por supuesto que se incluyen también aquellos que fueron beneficiados con el conocer las respuestas correctas previo al examen o, incluso, algunos casos de personas que fueron incluidos en la lista definitiva de ingreso aún sin aprobarlo o sin presentarlo.
Por su parte, se habla de: “moldeado”, al referirse al proceso educativo en donde las características de la enseñanza y de la forma de aprender, son determinadas por personas que, suponen o, después de hacer consultas y estudios exploratorios, ubican de manera estandarizada los conocimientos clave que todo alumno de un país debe poseer; todo ello, sin importar si pertenece a una determinada región geográfica o cultura específica y mucho menos sin tomar en cuenta sus características psicosociales personales.
Posteriormente, una vez ingresada la “materia prima”, se procede a conducirlos por las diferentes líneas de producción, representadas para este caso, por los distintos programas obligatorios acordes con los diferentes niveles educativos; desde luego que, para obtener la mayor fidelidad en este “moldeado”, se recurre a un riguroso y científico “control de calidad” de eficiencia y eficacia, realizado a través de supervisores y directores del proceso, además de la aplicación de diferentes exámenes locales y hasta internacionales, que demuestran, en el mejor de los casos, que lo generado está acorde con las diversas necesidades de un grupo de consumidores, para el que fueron programados.
Como en todo proceso industrial, existen mermas, desechos, reciclaje y reutilización de materiales, incluso en condiciones anteriores al inicio de la producción; para todo ello, se implementan estrategias con las que se calculan los riesgos, daños y pérdidas en la producción, de forma tal que aún de éstas, se generen ganancias o por lo menos estabilidad, equilibrio y en último caso, las mínimas pérdidas cuantificables.
Cuando una gran parte de la población en edad escolar no logra insertarse en “la cadena final de producción educativa”, se tienen al menos presupuestadas las capacitaciones, en algunos casos desde el nivel de primaria, en algún idioma, oficio o actividad productiva, que les permita sobrevivir, sin hacer ni emprender acciones antisociales; dentro de todo este cálculo, se intenta tener las menores pérdidas.
Esta comparación entre una empresa y una escuela no es para nada ingenua, mucho menos es improvisada, dado que ya tiene un buen tiempo que se habla del “capital humano”, como esa inversión pública o privada que se realiza para educar personas con determinado perfil de egreso, acorde con las necesidades imperantes del mercado.
En este sentido, ya se materializan algunos vocablos como: “empresa” en lugar de “escuela”; “cliente” en lugar de alumno o padre de familia; “inversión” a todos los gastos generados en infraestructura, mobiliario, sueldos, etcétera; y pérdida de esa inversión a los fenómenos de rezago, deserción y abandono escolar.
Obvio resulta adivinar el nombre que, en este enfoque, se les otorga a todos los trabajadores de la educación.
Gran parte del sistema educativo, actúa “linealmente”; es decir, como una “gran cadena de producción en serie de figurillas de plástico o metal”, en la cual se puede planear con una fórmula o un algoritmo, su fabricación masiva, esperando científica y técnicamente siempre el mismo resultado.
Resulta evidente que, en esta “gran fábrica” lo mismo que para este “gran mercado”, poco o nada importa si “esas figurillas” tienen sentimientos, problemas personales, aficiones, metas y perspectivas diferentes, incluso, cualidades únicas o intereses propios de toda persona; Sí, de esa persona que desde hace mucho tiempo la educación y sus principios filosóficos prometieron crear y desarrollar integralmente.
Una vez egresado el producto, se convierte en esa mercancía que se oferta a los consumidores y que se encuentra ahora a su merced, sola, fría, inerme y expuesta al desgaste natural de todo lo que se fabrica, hasta que deja de ser útil y se arrumba o se desecha, para adquirir otro producto nuevo y con mejores condiciones.
No podemos seguir educando ni ser educados industrialmente, como si fuéramos figurillas de plástico o metal…
Comentarios: gibarra@uaslp.mx
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