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Familia y escuela Capítulo 94: ¿Para qué voy a la escuela?

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Enero 12, 2022 03:00 a.m.

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En cierta ocasión, un niño de educación primaria, seguramente ante la negativa y resistencia de asistir a sus clases, le preguntó a su padre: ¿para qué voy a la escuela?  Éste le contestó automáticamente: “para que aprendas y no te quedes igual de burro que tu abuelo…”

Pudiera parecer una pregunta obvia, “simplona” y hasta sin sentido, por haberla emitido con toda ingenuidad un menor; sin embargo, aún sin saberlo y proponérselo, este planteamiento encierra tal profundidad y, sobre todo, una adaptación al contexto que vivimos, en donde se tiene una circunstancia de pandemia, aislamiento social y alejamiento de las aulas escolares.

Además, de que la asistencia a los planteles escolares, en la gran mayoría de éstos, se han suscrito a un reduccionismo en lo referente a los objetivos que se buscan con la presencia de los alumnos, dado que se ha privilegiado la adquisición de contenidos “científicamente comprobados”, por encima de elementos integrales como los valores, actitudes y habilidades.

¿Para qué se asiste a una escuela? Seguramente no se necesita ser un erudito para comprender que, en todos los niveles educativos posteriores al preescolar, esta pregunta se contesta con todo lo que se aprende y que esto se debe de reflejar en un número que acredita los conocimientos adquiridos.

Pero, ¿Este será el único motivo y objetivo para asistir a los planteles escolares?

Ante esta cuestión, se procedió a preguntar a un grupo de 100 personas, integrado por profesores y profesoras, padres y madres de familia con hijos en los diferentes grados y niveles escolares, cuestionándoles acerca del para qué iban los chicos y chicas a las escuelas.

La gran mayoría de ellos respondió que lo hacían para “adquirir conocimientos”, además de “prepararse académicamente”, “tener estudios”, “obtener una carrera o profesión”, “para que tengan un trabajo con mayor seguridad”, “ya si no sacan buenas calificaciones, por lo menos seises y que pasen de panzazo”; incluso hubo quien ratificó lo de no quedarse como un “burro”.

Como se puede apreciar, existe una tendencia muy directa hacia reducir el asistir a una escuela, solamente hacia el aprendizaje de conocimientos, asociado a calificaciones y obtención de un grado, carrera 

o profesión.

Otro grupo de respuestas, aseguraba que era una obligación el asistir, les gustara o no a los alumnos, dado que era la forma de “crear personas educadas y con rectitud” y de “asegurar un porvenir para ellos y nuestra sociedad”.

Por otro lado, muy pocos afirmaron de manera indirecta, que era una necesidad social y de convivencia, necesaria para su desarrollo: “es importante que convivan con otros niños”, “…estando solamente en la casa, se aburren…”, “…les hace falta tener amigos y amigas”.

Definitivamente, si reducimos el asistir a una escuela solamente para la obtención de conocimientos, certificados por una calificación, ya podemos ir anticipando la pérdida del sentido y significado de educar y formar integralmente a una persona; dado que, aparte de conducir hacia un proceso que para muchos alumnos resulta tremendamente aburrido, se  vuelve un trayecto mecánico, frío y sobre todo, el forzar a alumnos, maestros y padres de familia a que por cualquier medio se obtenga una calificación aprobatoria.

Entonces ¿para qué se asiste a una escuela?

Aparte de adquirir conocimientos acordes con los diferentes grados educativos, se asiste a un proceso de interacción social y cultural, el cual resulta tanto o más importante que la obtención de un resultado numérico.

Es salir del núcleo familiar para interactuar con otras personas, otras costumbres, otras religiones, otros lenguajes, otras formas de ver la vida, de resolver problemas; de escuchar otras voces, vivir otras dinámicas y otros procesos de aprendizaje en grupo.

Es una prueba para el alumno mismo, acerca de su desarrollo y madurez, al experimentar nuevas formas, sensaciones, procesos y toma de decisiones, que ahora debe aprobar de manera individual sin el apoyo de sus familiares.

De igual forma se pone a prueba la formación y el apoyo familiar brindado, sobre todo en terrenos sociales, culturales y hasta psicológicos, entendiendo que al salir del núcleo e integrarse al escolar, suceden fenómenos de aceptación o rechazo social, incluido el bullying; influencias positivas y negativas, ventajas y apoyos, pero también el inevitable contacto con diferentes riesgos como son las situaciones de violencia, consumo de sustancias, etc.

Es encontrarse frente a frente con quienes colaborarán a afirmar nuestra personalidad, apreciando otros tonos de piel, otras miradas y formas de actuar; otras formas de peinarse y vestirse, de platicar y comunicarse con nuevos códigos; descubrir y practicar valores, actitudes y habilidades y hasta formas de expresar sentimientos.

Es en la asistencia a estos grupos en donde se conoce al o a los amigos que continuarán con nosotros toda la vida; en algunos casos se conocerá a la pareja que compartirá nuestro trayecto; los contactos que nos vincularán laboralmente hacia algún trabajo o actividad y mil cosas más.

Papá y mamá, maestro y maestra de cualquier nivel educativo, si te preguntara en este momento ¿para qué se asiste a la escuela?, ¿cuál sería tu respuesta?

Por cierto, de la consulta realizada, solamente un maestro contestó a la pregunta de esta manera: “… a la escuela se asiste para apoyarlos a ser felices…”

Comentarios: gibarra@uaslp.mx