Fanáticos
Detengámonos un momento y respiremos. Vale la pena pensar un poco en las palabras; quizá arrojen luz para entender esta mar de contradicciones que somos. El deporte no es malo, al contrario. Los beneficios que aportan a la salud son indiscutibles. Seguir un deporte y apasionarse por él tampoco es malo. No soy precisamente seguidora de ningún deporte, pero he de confesar que entre mis ocios favoritos, está escuchar programas de análisis deportivo. Me entretiene muchísimo atestiguar que cualquier cosa tiene que ver con estrategia y que el corazón de la humanidad puede latir con fuerza al rebote de cualquier pelota.
Ahora bien, hay de seguidores a seguidores y para entenderlos, están las etimologías. La palabra fanático tiene sus orígenes en el vocablo “fanaticum”, que a su vez deriva de la palabra “fanum”, que significa templo. Se le relaciona también con las palabras “for” y “fari”, que se refieren a una manera de hablar solemne y pública. Así, en sus orígenes, un fanaticum era quien custodiaba la entrada de un templo o un lugar de culto; porque hay que recordar que dentro de los templos no había celebración alguna, dado que era reservado para exclusivísimos miembros (sacerdotes o su equivalente) y los dioses. Hay que recordar también que por lo general en los grandes imperios como Roma o Grecia, el sincretismo era cosa natural, es decir, no había propiamente una religión imperante sobre otras e incluso era costumbre tener lugares de oración que ahora conoceríamos como macroecuménicos. Sin embargo, poco después, la complejidad religiosa comenzó a tornarse exclusivista y se comenzaron a pedir ritos de iniciación con los cuales los adeptos a cierto culto tenían el derecho de entrar (ahora sí) a los templos consagrados de su religión. Entonces, la palabra “fanum” mutó en un par de verbos, “fanor” o “fanari”, refiriéndose a acciones de fervor divino, delirante y frenético; es decir a aquellos actos aparentemente iluminados o de exaltación religiosa. Así tomó sentido la palabra fanático y fue mutando de ser un cuidador de las puertas del templo a alguien que actuaba fuera de la razón y que desplegaba acciones erráticas que pretendían ser justificadas bajo el misticismo de una creencia.
Lo visto el pasado fin de semana entre en el estado Corregidora durante el partido Atlas contra Querétaro, es una muestra de fanatismo: un acto irracional, errático, sinsentido. La violencia consecuencia de ese fanatismo es una muestra de todo aquello contrario a la nobleza deportiva. Los verdaderos aficionados lo entienden así. Un aficionado no es un fanático. Un hincha puede quedarse sin voz haciendo porras a favor de su equipo, puede llorar si pierde, puede incluso dejar en su testamento la playera autografiada durante el mundial de México 86; pero jamás incitará a la violencia porque se refleja en el aficionado del equipo contrario. Lo entiende porque ve su propia figura. Uno puede, qué se yo, ser americanista e inculcar la rivalidad acérrima con las Chivas, pero no por eso se va a dejar ir a golpes contra un chiva. De hecho, nadie puede entender mejor el amor hacia un equipo, que el seguidor de un equipo contrario. Nadie va a entender mejor qué se siente perder a un jugador, dar la bienvenida a un nuevo técnico, perder un campeonato o ganarlo.
Hay quien sigue justificando asesinatos bajo pretexto de la fe. Hay quienes siguen iniciando guerras por causas que creen son santas. Hasta ahora, afortunadamente, todavía no se ha escuchado a quien justifique la violencia en los estadios, porque desafortunadamente el Atlas-Querétaro tiene varios precedentes. Esto no fue un hecho aislado.
El problema no es el fútbol, el problema es el fanatismo, que gusta de ser versátil y afincarse en cualquier campo, ya sea deportivo, religioso o moral. La línea entre pasión y fanatismo está trazada en tierra y no cuenta con muros electrificados que anuncien nada. Queda entonces en cada seguidor entender dónde están las líneas divisorias entre el amor y la locura deportiva. Queda entonces la responsabilidad de conservarse seguidores y alejarse de ser fanáticos.




