Fin del mundo

Pues eso, dice el reconocido escritor. Resulta que mi amigo leyó ayer que los príncipes de Disney, esos galanes que besaron a Blancanieves y la Bella Durmiente para despertarlas de sus sueños mágicos, eran unos auténticos agresores sexuales.
Porque, a ver, razonemos un poco. Como la joven está dormida, no hay manera de que dé su consentimiento. Y así se sitúan ante lo prohibido: sin anuencia previa, nadie puede besar (A. Pérez-Reverte, El País, 28/I/2018). Hoy, claro, serían acusados de acoso sexual, lo mismo que si al amanecer cualquiera de nosotros le quisiera dar un beso a su pareja cuando todavía no se despierta.
Bueno, eso sí, las violaciones y los feminicidios son crímenes graves e inaceptables. Pero, miren ustedes, es un exceso tratar de igualarlos con los simples piropos o coqueteos. Vienen a ser categorías muy distintas.
Tampoco es lo mismo soltar mentiras que ser corrupto, ni es suficiente decir la verdad para considerarnos honestos. Al igual que en los juegos de póker o las negociaciones, en política las simulaciones o falsedades son frecuentes… y a veces hasta necesarias.
La película ‘The Post’ de Steven Spielberg, en torno a la decisión de divulgar “los documentos del Pentágono” como antecedente de Watergate y la caída de Nixon, nos confirma que los presidentes Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson y Nixon mintieron en forma sucesiva sobre el involucramiento de Estados Unidos en la guerra de Vietnam y las posibilidades reales de ganarla.
Me queda claro que las mentiras presidenciales en ese país no empezaron con Trump o los Bush, ni en el nuestro con Peña, Fox o Calderón. Y acá ¿habrá hoy un precandidato que no mienta ni se guarde verdades que no le convienen? Nadie es perfecto, oigan, ni hay santos e incluso no es necesario que lo sean.
En cuanto a corrupción, fíjense, los candidatos no dejan de acusarse y eso contribuye al mito de que “todos los políticos son corruptos”, ya que existen marcadas diferencias entre individuos o grupos y hasta en los alcances de entendibles actos de engaño o simulación. Como todos se ven atacados con dureza, hay ciudadanos que no van a votar (ni a quién escoger, dicen) aunque los votos resultan decisivos para el país.
Además entre ellos se tachan de locos y tontos, con mayores o menores motivos. Pero, en todo caso, debe quedar bien claro que México necesita cambios de fondo que desarticulen la inseguridad, la corrupción y la impunidad. A la vez, tiene que haber continuidad en reformas cruciales como la energética y la educativa (con los ajustes pertinentes), al igual que en proyectos de infraestructura a mediano plazo como aeropuertos y zonas económicas.
De San Luis Potosí, la semana pasada destacábamos en este espacio los límites de los fiscales general y anticorrupción que han sido designados por la actual Legislatura a propuesta del Gobernador. Una lectora resaltaba que los escogidos son gente de gran valía y muchas cualidades, pero aquí los resultados no dependerán tanto de los individuos y su calidad personal o profesional, sino del carácter y la voluntad política que acrediten los liderazgos fundamentales.
Hay responsabilidades en las que, además de las aptitudes, no se requiere ser bueno ni dulce sino es más útil una combinación de malicia y artimañas con cierta dureza o reciedumbre. Los perfiles ideales no existen en la práctica, pero tenemos que ubicar a quienes puedan ser más confiables desde distintos ángulos.
En fin, ya sean la presidencia de la República o los alcaldes y diputados que sentimos más cercanos, las experiencias de casos anteriores nos sirven de guías sin caer en otros extremos.
Parecería, pues, el fin del mundo. Pero igual lo podemos librar y hasta salir fortalecidos.
* CÓMO MUEREN LAS DEMOCRACIAS es el título del reciente libro de S. Levitsky y D. Ziblatt de Harvard (recomendado por Luis Gutiérrez), que nos hace ver que las democracias se derrumban con funestas consecuencias a partir de cuatro señales de alerta en que su líder: 1) muestra un débil compromiso con las reglas democráticas, 2) niega a menudo la legitimidad de los oponentes, 3) tolera la violencia cuando le conviene, y 4) tiende a restringir las libertades democráticas o de expresión.
A México le resulta sombría la conclusión de que “si un político tiene por lo menos uno de estos rasgos, es motivo de preocupación”. Nuestro líder en las encuestas (aunque falta muchísimo para la elección) cumple con los 4 puntos y aquí sería identificado como autoritario y peligroso.
Veamos. Del (1) él insiste en que las instituciones están al servicio de la mafia del poder, y nunca ha aceptado que haya perdido una elección; del (2) dice que sus oponentes no son legítimos sino peleles de esa mafia, y ya se autodeclaró Presidente Legítimo con todo y Gabinete; del (3) ha defendido la violencia criminal de sus aliados de la CNTE contra policías o maestros que querían evaluarse, y del (4) ha restringido la vialidad y el tránsito en sus furias, o llama corruptos a los medios y periodistas que lo cuestionan.
Los golpes de Estado o las revoluciones ya no serían las mayores amenazas a las democracias, sino algunos de los líderes que llegan al poder mediante los propios mecanismos electorales. Antes Putin o Chávez, hoy Trump o “ya saben quién”… a menos de que deveras haya cambiado (sus asesores Mister Ackerman y Monsieur Ebrard o sus encabronamientos con Silva Herzog y Krauze, nos sugieren que no).
* A 101 AÑOS NUESTRA Constitución Federal ha sido objeto de 706 reformas que han llevado al triple las palabras que tenía originalmente: de 21,000 en 1917 a 67,568 en 2018. Con ello es una de las dos más extensas del mundo y “se ha convertido en un texto complejo y poco conocido, incluso para los legisladores” (Revista R, Reforma, 4/II). Veo que, de sus 136 artículos, 114 se han reformado (el 73, 79 veces).
También me llama la atención que es EPN el presidente que más cambios ha realizado (154), seguido por Felipe Calderón (110), en tanto que Adolfo Ruiz Cortines y Emilio Portes Gil hicieron sólo dos, o Venustiano Carranza y Adolfo de la Huerta ninguno. El artículo 41 es el más largo, pues con 11 modificaciones ha pasado de 63 palabras a 4,049.
Aunque haya sido “actualizada y complementada”, se ha vuelto más difícil cumplirla y mucho más fácil violarla.
* HAY QUE LEER EL estupendo libro de Gregorio Marín, ‘Periodismo y Política’, que fue presentado esta semana en la UASLP.

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