Funcional
“-Y es que en realidad, lo ven a uno así, bien, funcionando, hasta sonriendo, pero nunca sabemos qué es lo que hay adentro de cada persona, y por eso quiero que les cuente, para que de una vez sepan.-” Así acabó la plática con una chica a la que llamaremos Reyna, con la cual me topé gracias a una de las múltiples actividades que me invento para no aburrirme cuando descanso.
La cosa comenzó como suele empezar cualquier plática con desconocidos: con puras generalidades y hablando del clima. Ella me preguntó a qué me dedicaba y yo le conté. Luego me preguntó que qué me gustaba y le respondí que escribir. Así, me preguntó mi nombre, me dijo que le sonaba y resultó que de vez en cuándo leía en Pulso algo de lo que yo escribo: “-La imaginaba más alta-“, me dijo. “-Bueno-“ le respondí, “-No es difícil, cualquiera es más alto que yo.-“ Y entonces me dijo que ella quería contarme algo para que lo escribiera. En este oficio, uno siempre escucha lo que le tengan que decir, y ya luego decidimos.
Reyna vivía con sus papás antes de la pandemia. Tenían una relación cercana. Como cualquier familia, no necesariamente estaban de acuerdo en todo, pero había en ellos una convivencia armónica. Según sus palabras, el pilar de todos era su mamá, una mujer trabajadora y comprensiva que los impulsaba a buscar aquello que les hiciera felices. En el 2018 su mamá comenzó a sentirse constantemente fatigada. Al principio no se dieron cuenta dado que la mujer se empeñó en ocultar a su familia que algo no andaba bien, para no preocuparlos. Sin embargo, un día, en plena comida, la madre se desvaneció. La llevaron al hospital y a partir de ahí comenzó una peregrinación de seis meses con varios doctores que la trataron del cáncer que le fue diagnosticado. La mujer murió en paz justo dentro del período que le habían pronosticado. La familia pudo entender la pérdida y comenzar su luto. En esas estaban cuando comenzó la pandemia.
Reyna trabaja en una línea de servicios no esenciales, por lo que fueron de los primeros en cerrar. Gracias a ciertos ahorros no la pasaron tan mal, al menos no en ese aspecto. “-Con la muerte de mi mamá yo estaba triste, no quería ver a nadie; así que para mi la pandemia me vino bien. No tenía que salir, no tenía que explicar nada. Fue incluso hasta un alivio poder estar en mi casa, sin ver a nadie.-“ Ella nunca se sintió mal, nada fuera de lo normal. Simplemente estaba ahí, con su papá, en casa, ambos viendo pasar de frente la pandemia. Se despertaba, se bañaba, limpiaban, cocinaban. Todo muy funcional.
Unos meses después, el negocio donde trabaja Reyna abrió con las medidas restrictivas correspondientes. Ahí tuvo el primer ataque de ansiedad. Comenzó cuando estaba atendiendo a un cliente. Empezó a sentir que el corazón se aceleraba, luego notó que estaba sudando. Bajo cualquier pretexto se fue al baño. Pensó que a lo mejor los meses de soledad le habían hecho perder la práctica con la gente, no era nada… pero le costó recuperarse, tenía miedo de abrir la puerta del baño y salir. Lo hizo y siguió como si nada, sonriendo aunque no se le notara por el cubrebocas. A partir de ahí tuvo por lo menos seis ataques en su trabajo y otros cinco en el camión. Decidió no salir mas que a trabajar. La ansiedad que sufría comenzó a mutar hasta: convertirse en pánico. Llegó un punto donde ya no pudo ir a trabajar. Comenzó a pretextar que se sentía mal, que quizá tenía Covid, o que había comido unos tacos que le habían caído mal: “-Todo con tal que no supieran que era psicológico, porque luego iban a pensar que estaba yo loca.-“. Así se la fue llevando, trabajando la mayor parte del tiempo, pero faltando días porque de plano abrir la puerta de su casa le resultaba imposible. En su famili, nadie se dio cuenta. Aparentaba bien.
Cuando la vida social comenzó tímidamente a reactivarse, las amigas de Reyna comenzaron a reunirse. Ellas fueron las que se dieron cuenta que la chica que no se perdía una fiesta, una reunión o un baile, se había diluido entre el alcohol de la pandemia. La buscaron y ella finalmente se abrió. Les contó sus ataques, su ansiedad extrema al tener contacto con la gente, las ganas de no salir de su casa, los pensamientos obscuros que comenzaban a acecharla. Encontraron a una psicóloga y Reyna lleva ya casi diez meses en terapia. En su trabajo siguen sin saber lo que ella ha pasado, su trato con clientes y compañeros ha sido siempre el mismo: cordial, amable, siempre sonriente. Nunca nadie pudiera imaginar que detrás de esa chica, había una mujer deprimida.
“-Y es que así es esta enfermedad, porque ahora entiendo que es una enfermedad: es solitaria, no deja y cuando se manifiesta, tiene muchas caras, ya ahora lo se. Una incluso puede ser funcional y a la vez estar extremadamente triste. No se sale sola ¿eh? Aquí se necesita ayuda-“
Reyna ahora está mucho mejor. Los ataques han ido espaciándose, aunque sabe que la depresión necesita más tiempo para sanar. “-Cuénteles, para que vean que no hay de qué avergonzarse, y que si yo pude, cualquiera puede salir de esto tan feo._”
En este oficio, uno siempre escucha lo que le tengan que decir y a veces, se entregan mensajes que quizá alguien necesite leer.
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