Generación

La adolescencia y la juventud son las etapas del desarrollo en que el ser humano conforma su identidad, afirma su carácter y marca la pauta de su futuro a partir de sus propias competencias, habilidades, vivencias y experiencias. Lo que se nos presenta en ese periodo, generalmente identificado entre los doce y aproximadamente los veintitrés o veinticuatro años se ancla en nuestros recuerdos como eso a lo que muchos llaman nostálgicamente "nuestros tiempos".

Al margen de lo anterior, en el proceso educativo podemos identificar, igualmente, límites afines en cuanto a esas épocas: la secundaria, la preparatoria y los estudios profesionales son, justamente, las etapas escolares que acompañan la adolescencia y la juventud.

Cuando se habla de estos temas siempre deriva la conversación, ya con los recuerdos desempolvados, a la afirmación de pertenencia que asumimos como propia en base a lo que fue nuestra vida adolescente-juvenil, tratando de engarzarla con el almanaque: soy noventero, soy setentero, soy ochentero. Son las etiquetas que ponemos a "nuestros tiempos".

La mía no es una generación ochentera, es "LA" generación ochentera. No obstante que esta franja temporal que va de mil novecientos ochenta a mil novecientos noventa goza de gran popularidad y agrupa a quienes hoy tenemos hijos, justamente y como regla general, en las mismas etapas que nos despiertan la nostalgia, la mía no se montó a caballo en dos décadas distintas; nosotros entramos a la secundaria en mil novecientos ochenta y terminamos la universidad en mil novecientos noventa (salvo algunas excepciones). Somos de esos que conocimos y usamos las máquinas de escribir mecánicas para hacer nuestras tareas y percibíamos los olores residuales del mimeógrafo con el que se imprimían los exámenes en la escuela, pero que hoy, usamos de manera cotidiana la computadora y las sofisticadas impresoras que sustituyeron a aquellos.

Somos la generación del videoclip, de cuando la música tuvo rostro identificable; somos sobrevivientes de aquellas funciones dobles de cine, con intermedio de quince minutos entre dos películas por el precio de una; conocimos teléfonos de disco y televisores de selector de canales redondo, con el que el zapping solo aguantaba una vuelta, entre muy pocos canales.

Lanzamos a la popularidad canciones únicas de grupos musicales que solo anotaron al pie de página en la historia lo que se conoce como "one hit wonder", para desaparecer, salvo en los recuerdos; somos la generación que hicimos  la reivindicación del idioma en el rock; la que aun hablaba de "discos" y "discotecas"; la que era y es optimista sobre el futuro, la que tuvimos y tenemos aun la capacidad de asombro, mezclada con un cierto ingenuo optimismo de que todo, al final, debe salir bien.

De esa generación, mi generación, nos sentamos a compartir una comida el pasado viernes. Con años (casi treinta y cinco) que nos vimos por última vez en los salones del Instituto Potosino, cruzar las miradas, estrechar las manos o dar un abrazo es tanto como hacerlo con nosotros mismos, por que ahí, con tantas vidas vividas de tantos modos, con tantas experiencias, con nostalgias y hasta sinsabores, por unas horas se paró el tiempo, dejaron de ser letras en mensajes de WhatsApp y fueron palabras dichas, cargadas de sentido y sentimiento, de identidad y personalidad.

Fue vernos para reconocernos, para recuperar de la memoria tantos recuerdos, para tener la certeza de que aquí estamos, que aquí estaremos.

Algunos han tenido que partir anticipadamente, pero a ellos tengo que decirles algo: también ustedes están y aquí estarán.

@jchessal