Nunca había visto la ciudad tan grafiteada como en estos días. Al recorrer las calles y percatarme de que bardas, aparadores y otras fachadas presentan marcas de autor autor al más burdo estilo grafitero, pensé que los reyes magos y Santa Claus se habían encargado de complacer las cartas de los aspirantes a artistas del arte urbano.
Signos y letras de gran formato cubren de piso a techo casas habitación, locales comerciales, escuelas y otras edificaciones ya sea en calles de un solo sentido o grandes avenidas.
Al mirar esto uno se cuenta historias o las imagina: teorizo sobre el horario el que perpetran tales acciones, me pregunto si es un grupo o si es alguien en solitario, elaboro posibles motivos para tal atrevimiento y considero la cantidad de adrenalina necesaria para jugársela ya sea en medio de la noche o a plena luz del día. Que por cierto nunca he visto a nadie en flagrancia ya que hasta donde sé, se considera un acto de vandalismo.
La verdad es que estéticamente “se ve gacho”. La otra verdad es que es evidente que quien tiene que evitar que esto suceda no parece estar muy al pendiente y para rematar este párrafo, ya todos sabemos o suponemos que no es más que la firma y la constancia de una presencia vandálica que reafirma su autoridad en el territorio en el que deja su marca.
A ojo de buen cubero se distingue un estilo definido: grandes letras, pero a la velocidad en que uno recorre las calles no es fácil tener una lectura -si es que la hay- de alguna frase legible o bien un nombre, una firma o un seudónimo que le diga al peatón o al chofer del auto, a quien hay que darle el crédito.
Como me llama mucho la atención este fenómeno, en alguna ocasión he hecho pequeñas investigaciones sobre el mismo y sé que este grafiti es una de las tantas actividades de delincuentes que se inician o bien, obra de una mezcla de artista y vándalo que al no tener una forma de expresión aceptada, plasma su malestar en propiedad ajena sin importarle las consecuencias o el daño que infringe ya sea a los propietarios o al equipamiento urbano de la ciudad.
Para ser sinceros por muy buenos que sean con sus diseños, el uso del color y de la proporción, no se vale. No se vale que vayan y rayen una casa o una escuela que ha decidido pintar para tener un espacio digno donde vivir o en donde se acuda a aprender. No se vale que les valga madre lo que le cuesta al otro limpiar o volver a pintar.
Creo que siempre podemos encontrar una forma de hacernos oír o de que nos volteen a ver. Y si hay con que comprar spray y válvulas, seguro hay lana para inscribirse en un taller de pintura o en una clase de dibujo. Y casi todas las colonias tienen salones de usos comunitarios o espacios en donde es posible volcar todas las inquietudes artísticas que tienen jóvenes y niños hoy en día. Pero si tentar a la suerte y producir adrenalina se trata, entonces es otro tipo de asunto.
Si eres un chico de banda o chico banda acércate, a estas agrupaciones o a la Junta de Mejoras de tu comunidad o bien a alguno de tus maestros de la escuela. Seguro podrá canalizarte para que despliegues tus aires de artista y dejes las calles y la propiedad privada en santa paz.
Como diría BJ “el respeto al derecho ajeno es la paz”.
PD: 2019 Año del centenario del natalicio de Rafael Montejano y Aguiñaga.

