Se me acabó el café. Si usted me conoce un poco, sabrá la gravedad del asunto. Yo no funciono sin café, así de simple. A toda velocidad corrí al Oxxo más cercano. Entre al lugar y había poca gente. Detrás de mi venía una pareja, chico y chica, ambos vestidos con los pantalones, zapatos y filipinas características de los chefs. Hay una escuela cercana que prepara jóvenes para tal cosa, por lo que no me extrañó el atuendo. De hecho, me dio envidia. En algún universo paralelo, soy chef y tengo un restaurante que prepara verdaderas explosiones de sabores para su boca. Así como también en otro universo, también paralelo, vivo en la biblioteca de mi tío Fausto y tengo cantidades infinitas de páginas por leer; y en otro tengo muchísimo dinero para pasármela todo el año viajando.
En fin, que la entrada de los aprendices de cocineros me llevó a realidades alternativas mientras buscaba mi café. Escuché que la chica decía que no había desayunado; se había levantado tarde y tuvo que correr a llegar a la práctica de ese día. El joven, solícito, sugirió un lonchibón para desayunar. Ella le dijo que no le gustaban los sándwiches fríos, le recordaban al único almuerzo que tuvo durante los seis años de primaria y no le causaba ninguna gracia. El chico le preguntó si por eso se había decidido a estudiar cocina, cosa que a mí me sonó bastante lógico. Generalmente si a uno le gusta cocinar es o porque comió muy mal en algún tiempo, o porque pasó precisamente lo contrario: comió muy bien y ahora busca replicar la experiencia. Ella, secamente, contestó que no. Él, sugirió entonces unas galletas o algún panecito con café. Ella dijo que estaba evitando las harinas. Él entonces propuso ir a algún puesto cercano para comprar tacos de canasta. Ella dijo que no, porque generalmente estaban mantecosos. Él, aún sereno, le dijo que caminaran un par de cuadras hasta un puesto de fruta. Ella rechazó de nuevo. Yo encontré mi café y me encaminé a la caja. Crucé la mirada con el chico de las mil sugerencias y le hice un gesto de solidaridad. Él sonrió. En eso, él se paró muy derecho y dijo “-Mira Martha, eres muy bonita y me gustas mucho. Lo sabes. Pero me pones muy difícil que me sigas gustando. Nada te complace. Y no estoy hablando de los sándwiches. -“ Ella se quedó paralizada, igual que yo y la señorita de la caja.
Lo decente de mi parte hubiera sido tomar mi frasco de café, hacerme la tonta (me sale re bien) y pasarle a la chica de la caja el producto, para que me lo cobrara e irme. Sin embargo, yo siempre ando cazando historias y esta se antojaba interesante. Omití la decencia. La chef se quedó con el ojo cuadrado y dijo: “-Es que, es que…” y ya. No acabó la oración. El chico, al cual sospecho le había caído la última gota de un vaso previamente llenado, le dijo: “-Te veo en el salón-“ y se salió con la dignidad con la que Maximiliano caminó hacia su fusilamiento en el Cerro de las Campanas. La chef agarró un paquete de cualquier cosa, me saltó en la fila (hizo bien, yo anduve de metiche en su historia), pagó y se salió. Me cobraron mi Nescafé (no me juzgue, no había de otro) y salí.
A lo lejos lo vi a él caminando muy derecho como soldadito, a paso firme, sin correr. Ella, atrás, hacía caminata para alcanzarlo. Vi que le tomaba el brazo y se detenían a hablar. Claramente, a ella le importaba.
Recodé todas esas veces que la juventud me hizo caer en esa vana tentación de hacerme la interesante. ¡Cuánto tiempo desperdiciado! Ahora que estoy a poco más de la mitad de lo que el Inegi dice que puede durar mi vida, creo que ya hice paz con conservar a quien quiero y dejar ir a quienes no quieren compartir su vida conmigo, sin drama de por medio. No he logrado aún entender, eso sí, el doble discurso. Creo que nunca lo voy a entender. Uno está o no está; pero decir una cosa y hacer lo contrario no me cabe en la cabeza y con el tiempo ya entendí que eso de hacerse el interesante resulta muy poco interesante.
Vi que tras unos minutos, ella se le colgó en un abrazo que él respondió después de unos segundos y se fueron caminando juntos. Yo, café en mano, pensé que a ese guiso que estaban cocinando los dos aprendices de chefs todavía le faltaba mucho para cocinarse.
En fin, que la entrada de los aprendices de cocineros me llevó a realidades alternativas mientras buscaba mi café. Escuché que la chica decía que no había desayunado; se había levantado tarde y tuvo que correr a llegar a la práctica de ese día. El joven, solícito, sugirió un lonchibón para desayunar. Ella le dijo que no le gustaban los sándwiches fríos, le recordaban al único almuerzo que tuvo durante los seis años de primaria y no le causaba ninguna gracia. El chico le preguntó si por eso se había decidido a estudiar cocina, cosa que a mí me sonó bastante lógico. Generalmente si a uno le gusta cocinar es o porque comió muy mal en algún tiempo, o porque pasó precisamente lo contrario: comió muy bien y ahora busca replicar la experiencia. Ella, secamente, contestó que no. Él, sugirió entonces unas galletas o algún panecito con café. Ella dijo que estaba evitando las harinas. Él entonces propuso ir a algún puesto cercano para comprar tacos de canasta. Ella dijo que no, porque generalmente estaban mantecosos. Él, aún sereno, le dijo que caminaran un par de cuadras hasta un puesto de fruta. Ella rechazó de nuevo. Yo encontré mi café y me encaminé a la caja. Crucé la mirada con el chico de las mil sugerencias y le hice un gesto de solidaridad. Él sonrió. En eso, él se paró muy derecho y dijo “-Mira Martha, eres muy bonita y me gustas mucho. Lo sabes. Pero me pones muy difícil que me sigas gustando. Nada te complace. Y no estoy hablando de los sándwiches. -“ Ella se quedó paralizada, igual que yo y la señorita de la caja.
Lo decente de mi parte hubiera sido tomar mi frasco de café, hacerme la tonta (me sale re bien) y pasarle a la chica de la caja el producto, para que me lo cobrara e irme. Sin embargo, yo siempre ando cazando historias y esta se antojaba interesante. Omití la decencia. La chef se quedó con el ojo cuadrado y dijo: “-Es que, es que…” y ya. No acabó la oración. El chico, al cual sospecho le había caído la última gota de un vaso previamente llenado, le dijo: “-Te veo en el salón-“ y se salió con la dignidad con la que Maximiliano caminó hacia su fusilamiento en el Cerro de las Campanas. La chef agarró un paquete de cualquier cosa, me saltó en la fila (hizo bien, yo anduve de metiche en su historia), pagó y se salió. Me cobraron mi Nescafé (no me juzgue, no había de otro) y salí.
A lo lejos lo vi a él caminando muy derecho como soldadito, a paso firme, sin correr. Ella, atrás, hacía caminata para alcanzarlo. Vi que le tomaba el brazo y se detenían a hablar. Claramente, a ella le importaba.
Recodé todas esas veces que la juventud me hizo caer en esa vana tentación de hacerme la interesante. ¡Cuánto tiempo desperdiciado! Ahora que estoy a poco más de la mitad de lo que el Inegi dice que puede durar mi vida, creo que ya hice paz con conservar a quien quiero y dejar ir a quienes no quieren compartir su vida conmigo, sin drama de por medio. No he logrado aún entender, eso sí, el doble discurso. Creo que nunca lo voy a entender. Uno está o no está; pero decir una cosa y hacer lo contrario no me cabe en la cabeza y con el tiempo ya entendí que eso de hacerse el interesante resulta muy poco interesante.
Vi que tras unos minutos, ella se le colgó en un abrazo que él respondió después de unos segundos y se fueron caminando juntos. Yo, café en mano, pensé que a ese guiso que estaban cocinando los dos aprendices de chefs todavía le faltaba mucho para cocinarse.

