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Honor y dignidad

Por Jorge Chessal Palau / PULSO

Mayo 10, 2021 03:00 a.m.

El primero de diciembre de mil novecientos cincuenta y cinco, en la ciudad de Montgomery, Alabama, Rosa Parks, mujer afroamericana, se negó a pararse del asiento que ocupaba en el autobús y cederlo a un individuo blanco y pasar a la parte trasera; por esto, Rosa Parks fue arrestada, pero encendió el arduo camino por la defensa de los derechos civiles en los Estados Unidos de Martin Luther King. Antes de ella, vale la pena recordar los nombres de Claudette Colvin, Irene Morgan e Ida. B. Wells, que vivieron incidentes similares.

Durante la Primera Guerra Mundial el soldado británico Robert Campbell fue capturado por el ejército alemán en Francia y fue trasladado al campo de prisioneros de Magdeburg, en Alemania. Pasados casi dos años de su captura, recibió la noticia de que su madre, en Inglaterra, estaba al borde de la muerte.

Campbell, buscando una alternativa desesperada, escribió una carta al Kaiser Guillermo II, explicándole la situación, pidiendo se le permitiera ir a despedirse de su progenitora. Inesperadamente, recibió respuesta del gobernante, autorizando su petición, pero con una condición: debería regresar al campo de prisioneros luego de concluida la visita de una semana.

El siete de noviembre de mil novecientos dieciséis llegó a Inglaterra y estuvo al lado del lecho de su madre durante el plazo acordado, para finalmente regresar a Magdeburg y reintegrarse a su prisión.

El veinticuatro de febrero de mil quinientos veinticinco el rey de Francia, Francisco I fue capturado por un soldado español de origen guipuzcoano, Juan de Urbieta, al término de la batalla de Pavía. Al momento de su captura, el rey dijo que se rendía al emperador Carlos V, dirigiéndose a su captor.

Urbieta, estando frente al monarca francés, vio a un compañero de armas que requería ayuda y le pidió al rey que le permitiera dar su ayuda y jurase no escapar, a lo que Francisco asintió y permaneció en ese lugar. Tiempo después, cautivo en Madrid, envió una carta a su madre, diciéndole: “Todo de ha perdido, menos el honor”.

Los inicios del siglo XIV fueron testigos del conflicto entre Felipe IV El Hermoso, rey de Francia y Bonifacio VIII, pontífice de la iglesia de Roma. El primero sostenía que frente al poder real no se podía oponer nada ni nadie, en tanto que Bonifacio defendía el derecho divino sobre los hombres, incluidos los reyes.

En mil trescientos dos el Papa expidió la bula Unam Sancta, en la que condenaba la actitud del monarca francés, documento que fue refutado por un monje dominico al servicio del rey Felipe. Ante esto, Bonifacio VIII decidió excomulgar al gobernante, para lo cual convocó a una ceremonia en Anagni, a celebrarse el ocho de septiembre de mil trescientos tres, en la que daría a conocer la bula excomulgatoria. A la par, Felipe emprendió una campaña de desprestigio en contra del pontífice, exacerbando los ánimos de nobles y príncipes en su contra, tratando de que se le desconociera.

Un día antes, el siete de septiembre, el ejército francés encabezado por Guillermo de Nogaret y un distinguido miembro de una de las familias más importantes de la época en Italia, Sciarra Colonna, irrumpieron en la residencia papal, mataron a sus guardias y se dirigieron al Papa, sentado en su sitial.

Se cuenta que el anciano se dirigió a sus captores diciendo: “Podéis matarme, pero muero Papa”. Se dice que Sciarra Colonna tiró al suelo a Bonifacio de una bofetada y lo llevó a prisión, donde lo tuvieron a pan y agua, pidiendo su dimisión, a lo que se negó rotundamente. Ante esto, el pueblo de Anagni comenzó a sublevarse y, finalmente, los franceses se retiraron, falleciendo Bonifacio VIII un mes después del incidente, según se cuenta, por los ultrajes recibidos, sin renunciar a su cargo.

Esto, señor Arturo Zaldívar Lelo de Larrea, se llama honor y dignidad. Espero le resulten de interés estos ejemplos para reflexionar sobre cómo quiere anotar su paso en las páginas de la historia. 

@jchessal