Horripilante belleza
Las palabras son mágicas. Cada una tiene la precisión de la que a veces carecemos. Sentimientos, ideas, conceptos complejos, quedan encapsulados en una sola palabra, sin que tengamos que andar buscando de más.
El otro día vi a un niño pequeño salir de una alberca. Rondaba los cuatro o cinco años. Al verse libre del agua y expuesto al viento, comenzó a decirle a su mamá: “-¡Horripilante, mamá, esto es horripilante!-“. A mí me dio risa, en primer lugar, que el pequeño usara una palabra que se antoja arcaica, así como merienda, siesta o botica y, sin embargo, había en su tono de voz la emoción de quien descubre por primera vez que puede usar una palabra de manera correcta y en su caso, casi literal.
La palabra horripilante tiene su origen en unas fibras musculares que tenemos en los capilares de la piel y que se llaman horripiladores o arrectores. Generalmente no nos acordamos que los tenemos, pero cuando nos asustamos o sorprendemos, la piel reacciona a través de los horripiladores y se genera una respuesta física que hace que el vello de la piel se erice, cosa que coloquialmente llamamos “piel de gallina” o decimos que se nos pusieron los “pelos de punta”. Los horripiladores, a su vez, toman su nombre de dos vocablos latinos, horrere y piluls. Horrere significa ponerse rígido o erecto y pilus, que significa pelo. Entonces, los horripiladores tienen una función que se acopla literalmente a su significado, que es poner los pelos rígidos o erectos. El chico no pudo haber encontrado mejor palabra.
Las palabras no son inmutables, y así, gracias los horripiladores tenemos palabras como horror, horroroso u horrendo y más adelante otras que no suenan tan emparentadas, pero que etimológicamente lo están gracias a que tienen el mismo origen, la palabra horrere. Así, aborrecer, que es este sentimiento de animadversión hacia algo o alguien y que se compone con el prefijo ab, que indica separación, resulta ser apartarse de algo con horror. De la misma forma, aburrirse, que es, como sabemos, el estado de hastío que algo nos produce hasta sentirnos apáticos, se forma por el prefijo a, que indica una privación y horrere; por lo que etimológicamente aburrirse es aquello que no nos pone los pelos de punta, y que consecuentemente, no nos emociona ni nos excita.
No me parece extraño que aquello que nos horroriza esté emparentado con lo que aborrecemos o que finalmente nos aburre. Las tres palabras parecen parte de un ciclo natural que acaba desvaneciéndose.
La mamá del niño horrorizado acudió con una toalla de microfibra colorida a envolver el cuerpo de su hijo y este le dio un beso mojado. Inmediatamente comenzó a frotar la tela contra su cuerpo y luego a sacudir su cabellos para que quedaran rebeldemente despeinados y de punta. Aquella imagen era todo, menos horrible o aburrida. Era, eso sí, ordinaria, tremendamente ordinaria y a la vez, hermosa.
Vi cómo la familia del chico se alejaba cargando juguetes de alberca y comida sobrante, y entonces pensé que hasta lo horripilante puede convertirse en belleza, simplemente belleza.
El ciclo de las palabras tiene mucho que ver con el ciclo de las cosas, de los sentimientos o de lo que pensamos. Las palabras registran la vida, o quizá sea al revés.




