La primera
“-Navidad no será navidad sin regalos- murmuró Jo tendida sobre la alfombra. -¡Es tan triste ser pobre!- suspiró Meg mirando su vestido viejo.” Así empieza Mujercita, de Louisa May Alcott, y no podemos dejar de reconocer el realismo que los primeros renglones traen, porque la noción generalizada de la época hasta nuestros días es que los regalos son la clave de la época y la abundancia en banquetes corona todo ello.
En mayor o menor medida, asociamos esta época con los excesos y, en general, con cosas que quizá no tengan mucho que ver con nosotros, como la nieve, los pinos o abetos, el disfraz rojo de Santa Claus,-blanco, chapeado, gordito- y renos voladores. Esto, en gran parte, lo debemos a la literatura.
El podcast Grandes Infelices -que le recomiendo ampliamente- hizo a finales de año, un recuento que vale la pena revisar. Está por ejemplo, el caso de Washington Irving, quien escribió una irónica novela llamada “Historia de Nueva York desde el inicio del mundo hasta el fin de la dinastía holandesa” que, por el título se confundió con un libro de Historia; sin embargo, aunque sí utilizó datos fidedignos, lo cierto es que pretendía hacer una falsa historia llena de humor negro. Entre ellas, estaba la historia de un San Nicolás (muy apegado al culto holandés), volando en un carro sobre la copa de los árboles. Luego esa imagen se usó para inspirar a los renos voladores y el trineo que ahora nos es familiar y que después fue retomada en grandes campañas de ventas, como la de Coca Cola, que acabó de formar la imagen del volador que entrega regalos.
A esto, podemos sumar las clásicas historias de Charles Dickens, sobre todo Un Cuento de Navidad; que pretendió rescatar el espíritu de las fiestas a través de la historia del personaje principal, Ebenezer Scrooge y su mal carácter transformado por la aparición de tres espíritus que en la noche le hicieron recobrar el deseo de compartir y ser generoso con los demás.
Luego ayudó también Hans Christian Andersen, con la historia de El Abeto, que después se conoció como El árbol de Navidad, que es en realidad, un cuento muy triste sobre un arbolito joven que sueña con crecer para convertirse en un árbol de navidad, pero que llegado el momento, cuando lo estaban adornando, prendió fuego por error y acabó como leña en el cobertizo. El texto es una metáfora de las personas que se olvidan de disfrutar el presente por añorar un futuro que quién sabe si pasará y pierden su vida entera en sueños vanos. A éste, sumamos el también tristísimo cuento de La vendedora de fósforos, sobre esa niña que mueren en navidad por hipotermia y bajo una ventana donde adentro se celebraba el banquete nochebuena de una familia.
La popularidad de los textos trajo con ellos la adopción de costumbres y símbolos que hasta ahora conservamos, sin importar que vivamos en latitudes que nada tiene que ver con nada de lo que se escribió. Aún así, lectora, lector querido, abrazamos los símbolos porque de algo hay que agarrarse y aunque no todos son precisamente buenos, rescatemos aquello que quizá valga la pena, como disfrutar el presente, estar con quienes queremos y nos quieren y pensar que quizá, solo quizá, si nos portamos bien, nos será reconocido.
Yo le deseo, lectora, lector querido, que el 2025 tenga usted salud, paz y abundancia. Y que nos sigamos encontrando cada martes en estas páginas de Pulso.