logo pulso
PSL Logo

Malaleche

Por Yolanda Camacho Zapata / PULSO

Noviembre 02, 2021 03:00 a.m.

Me acordé de la Malaleche, una niña sin gracia que conocí en mi infancia. Quizá sea porque hace unos días vi a una chiquita que podría ser hija de la Malaleche: tenía el mismo tipo de cabello esponjado  y esa tez color verde aceituna difícil de empatar con cualquier tono registrado en el Pantone. Pregunté por el nombre de la chica para comprobar que no, ella no era la hija de aquella escuincla canija de la infancia. Se trataba nada más de una coincidencia o que cada generación debe de tener a su Malaleche. Vayan ustedes a saber.

La cosa es que en ese entonces los adultos se empeñaban en decirnos que los niños (en esas épocas era correcto usar el masculino para abarcar a las niñas) éramos inocentes por naturaleza. La maldad venía de las malas influencias, las cosas del diablo y por dejarnos llevar (nadie usaba la palabra “seducir” porque sonaba a pecado) por los malos caminos, que siempre se ven mucho mas atractivos que los buenos, pero que -nos decían- acababan en parajes áridos, rocosos y escalofriantes y por eso no había que dejarse llevar por las apariencias. Pagaríamos caro elegir el camino fácil, porque al final iba a ser el más difícil. A nadie se nos ocurría preguntar cómo demonios los adultos estaban tan seguros  de ese resultado, pero  supongo que eso era parte de la inocencia que efectivamente teníamos; de otra manera con atar cabos uno podría darse cuenta que el mal camino ya había sido muy paseadito por quienes  se empeñaban en cuidar nuestra rectitud. 

Sin embargo, la Malaleche era otra cosa. Sus travesuras no llegaban a niveles épicos, vaya, nunca desatornilló la puerta del salón para que le cayera al primer incauto que tratara de abrirla, sino que más bien agarraba las pequeñas cosas importantes y las desaparecía. Un día podía ser el estuche antes de examen, la libreta de la clase que seguía, o lentamente saboteaba el lunch de alguien. La Malaleche era una profesional: no dejaba rastro alguno. 

Una vez entré al salón en recreo  porque como de costumbre en diciembre, me dio una ataque de tos. En mi mochila  tenía guardado un caramelo que me había quedado y buscaba hacer algo de saliva extra para aliviar la resequedad. Ahí estaba la Malaleche, colocando estratégicamente una maqueta del sistema solar de una niña de manera que al entrar de recreo inevitablemente alguien apachurrara el trabajo. Yo me quedé en la puerta, paralizada sabiendo que algo estaba ocurriendo, pero sin estar muy segura de qué. Ella me volteó a ver, me guiñó el ojo e hizo con la mano un ademán para que me saliera. Yo no entendí bien que pasaba, pero supe que corría peligro o algo similar. Me fui sin el  caramelo y a toda velocidad.  Cuando entramos, alguien del desbocado grupo de niñas aplastó el sistema solar. La dueña del trabajo pegó el grito y entonces me di cuenta que era la misma chica que llevaba varios días  presumiendo al pueblo su viaje a Houston y una Barbie último modelo. No quise ni voltear a ver a la Malaleche. Sin embargo, a partir de entonces la observé: detecté la exactitud en sus comentarios, que nunca pasaban la línea del insulto pero que bien podían hacer llorar a cualquiera. Vi cómo hacía acciones aparentemente insignificantes pero que causaban estragos. Hizo sufrir a varias niñas y la mayoría ni cuenta se dio de quién era la responsable.

Malaleche nunca me hizo nada. Quizá porque en estos casos, es necesario un testigo silencioso.  Un par de veces vi en sus ojos eso que ahora puedo calificar como instinto primario de maldad.

Quisiera decir que fui valiente y acabé echando de cabeza a la Malaleche, pero no. Yo no pasaba de los once años, ella era astuta y sus acciones no podía ser del todo vinculadas al daño, porque aquello que atestigüé no eran mas que pedazos inconexos difíciles de comprobar. Pero en el fondo de todo, sé que no dije nada porque esa niña me daba miedo. 

Ahora que soy adulta me doy cuenta que las historias de terror pocas veces incluyen a fantasmas o demonios. La maldad vive sin problemas en lo ordinario. El miedo no está en el inframundo. El miedo lo causan aquellos como la Malaleche.